Gallegos frente a la consulta

Muchos de los más veteranos no irán a votar; los recién llegados, tampoco


BARCELONA / LA VOZ

«Que hagan lo que quieran, pero dentro de cuatro años», dice Alejandra González. «Eso, eso» corroboran sus compañeros Anxo González Manso y Jorge Cordero. Los tres tienen 18 años y hace un par de meses que aterrizaron desde A Coruña y Ourense en la Universidad Autónoma de Barcelona para estudiar Bioquímica, Medicina y Nanociencia-Nanotecnología, respectivamente. Hablamos en una cafetería universitaria sobre el proceso soberanista catalán y la consulta del domingo que les preocupa menos que su futuro, obviamente: «A ver si luego no me nos va a servir el título», expone uno. «O no nos podemos ir de Erasmus», completa otro. Los tres expresan la sorpresa que les produjo la presencia de un fenómeno que, mientras estaban en Galicia, les sonaba ligeramente del tostón de las noticias, pero que aquí, en Barcelona, tiene una presencia permanente.

Charo Alonso, dependienta de una tienda gourmet de productos gallegos, tiene una opinión más sólida. Es de Mondoñedo y lleva cuarenta de sus 52 años en Barcelona: «La independencia es un atraso», opina mientras hornea un pan de centeno: «Y económicamente retrocederíamos». Leopoldo Clavería, propietario de Casa Darío, una de las referencias gastronómicas de la ciudad condal opina de forma parecida: «Todo este proceso no genera ninguna confianza. Hay gente que podría haber instalado empresas en Cataluña y se lo está pensando porque aquí empieza a haber demasiada crispación». Leopoldo, que dice que Galicia es su madre y Cataluña su mujer, es nativo de Viana do Bolo aunque lleva casi medio siglo instalado en Barcelona. El domingo, considera, tal vez no abra el restaurante. No está seguro de que la jornada vaya a ser totalmente tranquila.

Punto de encuentro

¿En qué punto confluyen las miradas de estos cinco gallegos? En uno: la negativa del Gobierno central a la celebración de la consulta ha estimulado el fervor independentista. Hasta los chavales lo ven así: «A mí en realidad, ni me va ni me viene -reflexiona Anxo-, pero creo que si quisiera votar y no me lo permitieran, me sentaría muy mal. Me parece que desde Madrid solo dicen que no». «Si les hubieran dejado votar, creo que el no habría ganado por diferencia», apostilla Alejandra. «El no habría sido masivo en una consulta legal -afirma Leopoldo en su restaurante-. De esta manera, yo veo que ha crecido el victimismo». Este empresario asegura que en el negocio hay que ser cauto y que, aunque el tema no es la estrella en las conversaciones del comedor, él prefiere no intervenir. Casi ni en las de su casa: «Hemos prohibido hablar de política». Su hija, cuenta, aunque nació en Cataluña, se siente gallega; pero sus sobrinos defienden la vía de la independencia. Es una postura común entre catalanes de primera generación, hijos de gallegos, educados en la inmersión lingüística y que se han visto castigados por la crisis económica.

Ninguno de estos cinco gallegos votará el domingo. Los dos más mayores son abiertamente contrarios al proceso y creen que acudir a las urnas en una convocatoria sin marchamo legal no les conviene. Los tres más jóvenes siguen empadronados en sus domicilios de Galicia y, francamente, no muestran gran interés por el proceso en medio de los primeros exámenes de su vida universitaria. Los tres reciben prácticamente el 100% de sus clases en catalán. Dicen que ya no les supone problema alguno, que en menos de dos meses ya se han acostumbrado. Son chicos listos y opinan que, más allá de cualquier consulta: «Lo más seguro es que tengamos que emigrar».

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