Corrupción y desigualdad voltean la política


Al paso que va esto, el interés por la Liga de la Corrupción superará a la pasión por el fútbol. Acabó el mes de octubre con 38 detenidos, el récord histórico, aunque algunos se fueron para su casa en libertad sin cargos. Igual que se discute el juego sucio y las decisiones arbitrales, el espectáculo, en este caso lamentable, genera un interés ciudadano preferente, antesala de la toma de decisiones.

En esa liga, según la estadística, el Partido Popular va en cabeza y algunos dirigentes, de momento en privado, advierten que si Mariano Rajoy no hace nada, acabará por perder el poder. A este asunto Rajoy también llegó tarde. Después de la redada de Madrid en la operación Púnica, contra la trama dirigida por el ex número dos del PP madrileño, Esperanza Aguirre corrió a pedir perdón a los ciudadanos, avergonzada por haber elegido en su día a Granados. Como antes confió en López Viejo, implicado en la trama Gürtel, se diría que Esperanza Aguirre elige mal al personal, aunque trabaje ahora en una empresa de caza talentos. Pero al menos salió a excusarse y le ganó la partida a Rajoy, que tardó un día más en pedir perdón en el Senado, a preguntas de la portavoz socialista María Chivite. Eso era el martes. El fin de semana anterior, ante el poder municipal del partido, en Murcia, Rajoy se refirió a la corrupción como «esas cosas que pasan». Por allí andaba el presidente de la Diputación de León, Martin Marcos, detenido horas después.

«Esas cosas que pasan» pueden darle la vuelta a la situación política de este país en menos de un año. Los sociólogos del Centro de Investigaciones Sociológicas están sudando tinta para que no salga Podemos como primer partido en intención de voto. Esta semana la marcará esa encuesta inminente con Podemos por delante del PSOE y, según el trabajo de campo, incluso por delante del PP, aunque luego la cocina lo disimule. «Las encuestas coincidieron con el escándalo de las tarjetas negras de Caja Madrid y el fiasco del tratamiento político del ébola por lo que la indignación popular era máxima», explica un técnico. Acabó la época del «no pasa nada», frase favorita de los detentadores de mayorías absolutas, desde Alfonso Guerra en su día, a Aznar más tarde y la abulia popular actual. Sí pasa y pasará. Despejando balones, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, autora en su día de la calculada frase, «a mí que me registren», dijo tras el Consejo de Ministros que «son los partidos y no el Gobierno quien debe hablar de estos asuntos». O sea, «habla tú, Cospedal, o tú Arenas, que a mi me da la risa».

«Esas cosas que pasan» son gravísimas, tanto, que al coincidir el nuevo escándalo de la semana con la publicación del informe Foessa sobre la desigualdad social en España, el panorama es desolador. Más allá de los millones de parados, sabemos ahora que el doce por ciento de los que tienen empleo son «trabajadores pobres». Participamos el miércoles pasado en las jornadas organizadas por Cáritas para debatir ese interesante trabajo y no apareció nadie relevante del Gobierno. El Gobierno vive en otra realidad.

Ante esta situación, el debate parlamentario sube de tono. Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, cruzaron serias acusaciones. Rosa Diez dijo que «la corrupción puede ser el ébola de la democracia» y Cayo Lara invitó al presidente a decir en su partido que «estamos hasta los c... de todos nosotros». Entretanto, la presidenta andaluza, Susana Díaz, habló con vehemencia en Madrid: «Creo que los ciudadanos ya no creen en la palabra de los políticos, así que no basta con pedir perdón, ni es hora de pactos o declaraciones, sino de acciones, caiga quien caiga». Al día siguiente reclamó a UGT quince millones de ayudas de la Junta entregados para Formación que, a su juicio, se dedicaron a otras cosas. Quizás ni siquiera eso baste para recuperar credibilidad, pero al menos será un intento de reconciliarse con la ciudadanía. De no ser así, prepárense para un terremoto político. Esas cosas también pasan: corrupción y desigualdad voltean bruscamente la política.

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