España, tan fuerte que no se autodestruye

Otto von Bismarck hizo la siguiente afirmación: «España es una nación tan fuerte que lleva siglos tratando de autodestruirse y no lo consigue. Si acabaran esos intentos de autodestrucción, volvería a ser la más importante del mundo»


Otto von Bismarck hizo la siguiente afirmación: «España es una nación tan fuerte que lleva siglos tratando de autodestruirse y no lo consigue. Si acabaran esos intentos de autodestrucción, volvería a ser la más importante del mundo». La perla la regaló Alfonso Guerra en el acto conmemorativo de los 40 años de Suresnes. El público se puso en pie a mitad de la cita y casi no la pudo acabar por la ovación.

Casi siglo y medio después de ese diagnóstico, tenemos las mismas aficiones perversas y caminamos por la cuerda floja desafiando el destino. La amenaza llega desde el independentismo catalán, con el vasco agazapado esperando acontecimientos, pero también desde dentro. La metástasis de la corrupción puede implosionar el sistema. Las tarjetas B de Caja Madrid -B de dinero negro, o B de Blesa- han colmado el vaso. En los periódicos ya no hay espacio disponible. En esta catarsis -«tangentópolis», se llamó en Italia a un proceso similar- hay materia delictiva y amoral para deprimirse todos los días. Pero, además, algunos jueces que juegan a estrellas mediáticas rivalizan para encabezar la denuncia. Llaman aparatosamente a declarar a los hijos de Pujol con registro domiciliario incluido, pero todos abandonan el juzgado sin cargos. La jueza Alaya llevaba varios días desaparecida en la prensa a cuenta de la indignación popular por lo sucedido en Caja Madrid, pero ha contraatacado relacionando a la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, con los ERE fraudulentos. Parece que tiene poco sentido, porque acaba de llegar al cargo, pero la jueza ya ha recuperado los titulares y el hit-parade del azote de los corruptos.

Parece, pues, que tenemos varios problemas concatenados: el primero, el principal sin duda, intolerable, la corrupción. También el estrellato judicial de mucho ruido con pocos resultados y, desde luego, la ineficiencia del procedimiento judicial. Sobre la corrupción preguntamos al profesor Manuel Castells y nos responde desde California: «Hay mucha corrupción en todos los países, tanto da que sea Brasil como Francia, Italia o España. También en Estados Unidos, pero aquí se ha legalizado a través de los lobbies. Una empresa quiere una ley favorable y paga en Washington a los partidos. Es igual de amoral, pero la corrupción en Estados Unidos se gestiona legalmente y en el resto del mundo, corruptamente». Rotundo. Pero que la generalización mundial del problema no disimule la gravedad de los hechos en España.

Sobre el procedimiento judicial, la voz autorizada de Carlos Lesmes ha sido implacable: «Está pensado para los robagallinas, con perdón, y no para los grandes corruptos». Y se retrasa hasta el desespero. Fíjense: acaba de ingresar en prisión el exalcalde de Jerez, Pedro Pacheco, por enchufismo -quien sabe si con el agravante en su condena de haber dicho en su día que «la Justicia en España es un cachondeo»- y ningún periódico nacional, o regional fuera de Andalucía, lo ha publicado en portada. Hace tanto tiempo de aquellos hechos que se pierde el efecto de ejemplaridad y, quizás, ni siquiera los jóvenes redactores saben quién es Pedro Pacheco, lo que no deja de ser grave.

Así que padecemos corrupción inadmisible, estrellato judicial discutible y procedimiento caduco. Las nuevas fuerzas políticas que crecen al arrullo de esa perversa coalición de problemas tienen la campaña hecha. Se pueden permitir hasta graves discrepancias internas, que nada frenará su avance. Los dos grandes partidos -cada vez menos grandes- negocian un pacto contra la corrupción que el PP ha publicitado unilateralmente, quizás ahogado por la multiplicación de casos en su filas y por el impacto de Rato. «Le pedimos al PP que el pacto no sirva para tapar sus vergüenzas», ha exigido Antonio Hernando, número dos de Pedro Sánchez. El pacto es imprescindible, pero acaso llegue tarde. El hastío general está demasiado generalizado. Menos mal que España aguanta y el prusiano Bismarck nos da moral, aunque muriera a finales del XIX.

crónica política

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