La herencia de Florenci, el abuelo contrabandista

El padre de Pujol y un socio judío hicieron fortuna en la posguerra con el tráfico de divisas


Redacción / La Voz

El pasado 25 de julio, cuando un atribulado Jordi Pujol i Soley confesó públicamente, aunque sin dar la cara, que había sido un defraudador fiscal durante 34 años, no solo la opinión pública se enteró de que su padre Florenci había dejado en herencia en el extranjero unos ahorrillos a repartir entre su nuera Marta Ferrusola y los siete retoños de esta. Horas antes y en este caso de boca del penitente, se enteraron su hermana María ?«¿de que herencia me hablas, Jordi?», dice que le respondió esta? y el marido.

Nada dijo de la cuantía exacta de esos ahorrillos opacos, que parece que han sido regularizados en fechas recientes. Algún medio habitualmente bien informado en este tipo de cuestiones la cifró un unos cuatro millones de euros (664 millones de las pesetas de entonces), aunque se inclinan más por que la cantidad real supere los 10 millones de euros, basándose en las estimaciones de Hervé Falciani, un auténtico experto italo-monaguesco que lleva un tiempo colaborando con la justicia española en estos temas. En cualquier caso, la cuantía de los fondos que supuestamente han movido distintos miembros del clan Pujol y cuyo rastro sigue la Udef por distintos paraísos oscilaría entre los 137 los 600 millones de euros.

El Pujolet de la Borsa

Pero, ¿quién fue el abuelo Florenci? El tenedor de la fortuna en el extranjero que supuestamente dejó en exclusiva para una parte de su familia era un ampurdanés hecho a sí mismo que nació en la localidad de Darnius en el año 1906 y murió de repente en Barcelona 74 años más tarde. Florenci, como el protagonista de el Lobo de Wall Street, según cuenta Jordi en sus memorias, empezó su carrera como chico de los recados en la Banca Marsans, después de que su padre, fabricante de tapones para el champán francés, se arruinase por culpa de los bombardeos de la Primera Guerra Mundial que arrasaron la Champagne.

Florenci, consciente que el dinero se ganaba con la compra-venta de acciones, pero de que carecía de caché para operar en la Bolsa de Barcelona, se metió en el bolsín, un mercado de valores paralelo, donde poco a poco fue ganando dinero y contactos. Entonces ya era don Florenci y algunos le conocían por el apodo de Pujolet de la Borsa, por su baja estatura.

Allí se hizo amigo y luego socio de un judío originario de la Galitzia llamado David Moisés Tennembaum que hizo fortuna en Barcelona con negocios de joyería y especulando con productos de primera necesidad en la posguerra.

Cuentan ?no en las memorias de Jordi? que la pareja Pujol-Tennembaum montó una oficina de cambio de moneda cerca del puerto, donde hicieron suculentos negocios convirtiendo pesetas que se entregaban en Barcelona en billetes de 100 que luego se cambiaban en dólares a través de Tánger y luego llegaban a Suiza o Estados Unidos.

Se dice que movieron no menos de 400 millones de dólares de entonces. La Brigada de Delitos Monetarios los pilló en 1959 y Florenci fue multado con 10.000 pesetas. Nueve días después de aparecer sus nombres en el BOE compraron Banca Dorca, preludio de Banca Catalana, al frente de la cual estuvo Jordi hasta que entró en crisis en 1982.

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