Érase una vez un constructor arribista y con contactos que llegó a una ciudad decidido a hacer dinero fácil.
Audaz y carismático, hizo las llamadas adecuadas y visitó a la gente conveniente. Se le abrieron las puertas de los círculos locales de poder, llegó a trabar relación con un montón de políticos y consiguió las primeras adjudicaciones de la mano de peces gordos vinculados al partido.
Lleno de disposición y recursos, empezó a solucionar problemas de los administradores de la ciudad. Y decidió volar un poco por su cuenta de la mano de un joven político también audaz y carismático al que muchos veían como futuro alcalde.
Conseguidor y concejal amañaron un concurso para proporcionar material a la urbe. Lo hicieron con buena intención, para ahorrarle dinero a los administrados. Que el conseguidor se enriqueciese era un detalle menor. Que al político le apareciera encima de su mesa un sobre con una buena cantidad de billetes, un efecto colateral.
El cuento de hadas terminó cuando el prometedor político fue detenido por corrupción. Y el parecido de la ficción con la realidad galaica se esfumó cuando confesó, dimitió, fue a la cárcel, se arrepintió y se interpretó a sí mismo en la serie Tremé de David Simon. Se llama Oliver Thomas, fue un personaje televisivo, es una persona real. Tanto como las investigaciones y los apodos de la operación Pokémon.