M. Ferreiro
Madrid / E. Especiales

Era una imagen esperada por todo lo que contenía. Con pasado, presente y, a expensas del Congreso, de futuro. El monarca y su hijo compartieron por primera vez un acto público después del anuncio de abdicación. El rey presidió ayer por la mañana una reunión del capítulo de la Orden de San Hermenegildo, que reconoce conductas militares ejemplares y que conmemora su bicentenario, ya que fue creada por Fernando VII al terminar la Guerra de la Independencia, en 1814. Y lo hicieron en un acto militar celebrado ayer por la mañana en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. El escenario es todo un símbolo de la monarquía. Allí, en el panteón real están enterrados todos los reyes de España desde Carlos V, excepto Felipe V y Fernando V. Doce monarcas. Siglos de historia. Y se sigue escribiendo estos días.

El rey llegó un poco después de las 12.30 horas en el asiento del copiloto de un flamante Mercedes con la enseña de la Casa Real a la lonja del monasterio, un gran patio en el que esperaban la autoridades, los invitados, los soldados, los guardias civiles y la prensa. Su hijo viajaba atrás. Ambos vestían uniforme del Ejército de Tierra. Don Juan Carlos, el de capitán general de las Fuerzas Armadas, y el príncipe Felipe, el de teniente coronel.

Cuando bajaron del coche, estalló una tormenta fotográfica. Unos cien medios fueron acreditados para la ceremonia. La Casa Real pidió expresamente al Ministerio de Defensa, que organizaba el acto, que alargaran el plazo de acreditación de periodistas. Los últimos, una televisión alemana cuando ya había pasado la medianoche.

El alemán se entremezclaba con el italiano y el francés en los directos televisivos que intentaban retransmitir aquel acto que parecía uno más, pero que era totalmente distinto. Porque, mientras tanto, el Consejo de Ministros aprobaba la ley de abdicación, el segundo paso para que el príncipe se convierta en Felipe VI. Por eso no se encontraba entre los presentes en la celebración de San Lorenzo de El Escorial el ministro de Defensa, Pedro Morenés.

La última vez que el monarca y su hijo estuvieron juntos en este acto fue en el año 2009. En la próxima ocasión en que se celebre, con toda probabilidad será el príncipe Felipe el que salude a los soldados, en su futura condición de mando supremo de las Fuerzas Armadas. Ayer, los dos fueron recibidos por el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el director general de la Guardia Civil, el ferrolano Arsenio Fernández de Mesa; y los jefes de Estado Mayor de los Ejércitos de Tierra y del Aire.

«La muerte no es el final»

La muerte no es el final, esa oración cantada en la que los militares homenajean a sus muertos, sonó mucho más melancólica que aguerrida cantada en este momento y, además, entonada por el rey y su hijo. Los aviones de la patrulla Águila sobrevolaron el monasterio en dos ocasiones para pintar la bandera de España en el cielo de El Escorial y, por un momento, le robaron protagonismo a las golondrinas sobre el lienzo azul. Juan Carlos I comentó con su hijo las dos maniobras de los cazas que dibujaron sobre el cielo la bandera rojigualda. Con una mano imitó el movimiento de los cazas al elevarse. Ambos sonrieron en un gesto cómplice. El público aplaudía la intervención de los aviones, que el año pasado no pudieron salir a escena debido a los recortes presupuestarios.

Corona de laurel

Desde la tribuna de honor, el rey y el príncipe observaron con atención el desplazamiento del estandarte de la Orden de San Hermenegildo. Incluso los rumores y comentarios exteriores al recinto del monasterio, los que provenían de la calle, parecieron suavizarse cuando se realizó la ofrenda de una corona de laurel ante el monumento en memoria de los que han dado su vida por España.

Entre tanta solemnidad se removía como un pequeño corazón que funcionaba por su cuenta el avispero de la zona de prensa, con sus particulares luchas por la pole position para lograr las mejores vistas a la tribuna de honor, con achiques de espacio por parte de responsables de la organización para dejar sitio libre para los desfiles y con un pequeño susto debido a una mochila olvidada, que seguridad localizó sin mayores consecuencias.

Al retirarse a la basílica, se ayudó de un bastón y también se apoyó en su hijo. Los dos hablaron durante un instante y don Juan Carlos entonces saludó con una mano al público que había seguido la celebración desde el exterior del recinto, más allá del muro. Los asistentes respondieron con nuevos saludos y un aplauso. A continuación lo hizo el príncipe Felipe, que en todo momento optó por mantenerse en un discreto segundo plano respetando el protagonismo de su padre. En ese momento finalizaron los actos públicos. Después se celebró un oficio religioso reservado solo a los invitados, que fueron deleitados con un breve concierto de órgano.

Finalmente, el monarca procedió a imponer las condecoraciones. La cruz de San Hermenegildo se entrega a los veinte años de servicio, la encomienda se otorga a los veinticinco y la placa a los treinta. La gran cruz está reservada únicamente a generales y oficiales.

Día de las Fuerzas Armadas

Aunque estuvo cargado de simbolismo, este acto no será la despedida de don Juan Carlos ante los militares después de 39 años de reinado. El próximo domingo se celebrarán en Madrid los actos centrales del Día de las Fuerzas Armadas, que estará presidido por el rey y al que acudirán también la reina Sofía y los todavía príncipes de Asturias. Después tendrá lugar una recepción en el palacio real. Posiblemente ese sí sea el adiós del actual monarca a los estamentos del Ejército. Para que la historia de los doce monarcas del panteón real no acabe ahí.

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Los dos «reyes» y los tres Ejércitos, en San Lorenzo de El Escorial