Un presidente «suarista» para Costa Rica

Luis Guillermo Solís coincide con el centro del presidente de España durante la Transición, aunque más a la izquierda


Lo que es la vida. Como si se tratara de un inesperado homenaje póstumo a Adolfo Suárez, Costa Rica será gobernada los próximos cuatro años por Luis Guillermo Solís, un profesor de Historia que sintoniza con quien gobernó España durante la Transición. «La Transición que encabezó Suárez fue mas difícil que esta -admite el presidente electo-, pero aquí también hay que hacer una compleja transición desde el desencanto y el hartazgo de la corrupción hacia la ilusión y la esperanza».

Solís, como Suárez, es un presidente inesperado. El 3 de enero, el canal Teletica no lo incluyó entre los candidatos a entrevistar por considerarlo irrelevante. Quince días después estuvo en ese canal en un debate, casi de relleno, y empezó a despuntar. Habló poco, pero cautivó. Mes y medio más tarde ganó la primera vuelta, y el 5 de abril alcanzó en la segunda el mayor número de votos que jamás tuvo un presidente costarricense, 1.327.000, más del 70 %. Solo con alguien que es capaz de tornar en ilusión y esperanza una marea de desencanto profundo, se podría explicar

este fenómeno, aplicable, cabe suponer en otras latitudes.

A San José acuden periodistas y analistas de todo el mundo interesados en su receta para dar la vuelta en pocas semanas a las encuestas y batir el bipartidismo anquilosado en el país. Conversamos con él en un hotel en el que desayunó y pagó la cuenta él mismo, mientras Al Yazira en la puerta esperaba su turno. Su alianza con los jóvenes desencantados y con la ciudadanía harta de políticos tradicionales inoperantes, cuando no corruptos, fue decisiva. Su lenguaje llano rompió esquemas. Sus clases en la Universidad, ininterrumpidas durante la campaña, se interpretaron como prueba de que vivía de su trabajo y no era una político profesional. La foto mientras se lustraba sus zapatos, tomada por su hijo y difundida en redes sociales, confirmó que es un personaje sencillo. Recuerda la foto de Suárez y el rey en el jardín, captada y difundida por su hijo. «Usted huele a persona normal», le espeta un hombre. «Rezamos mucho a Dios para que lo bendiga», le dice una señora en la cola para fotografiase con él. «Ya programamos en la agenda media hora para llegar y otra media para salir de allí donde vamos, o si no llegamos tarde», dice, consciente de que la votación emocional puede evaporarse tan rápido como llegó.

Le gusta definirse con relación a otros líderes latinoamericanos y, aunque es un «integracionista centroamericano», evita citar a Simón Bolívar para que no lo confundan con un populista. «Me identifico con el centro de Suárez, pero yo más a la izquierda, aunque coincido con Felipe González en que el centro, en realidad, no existe», comenta. En una vuelta de tuerca da su receta: escuchar, estudiar, cercanía, seriedad, debates y redes sociales.

Algo profundo ha cambiado en la relación entre políticos y ciudadanos en todo el mundo y Solís ha sabido interpretar esa sensibilidad y protagonizar una revolución silenciosa para liderar el cambio. Si tiene éxito, si culmina la transición costarricense como Suárez hizo con la española, dejará el país en cuatro años, a decir de Alfonso Guerra, que «no lo conocerá ni la madre que lo parió».

¿Y España, más allá de Suárez? «Me duermo con España cerca de mi corazón y cuando me despierto lo primero que veo es España, créame». No puede ser de otro modo. Su mujer es la profesora madrileña Mercedes Peñas, que discrepa un tanto de la afirmación, quejosa de que con el trajín electoral duerma fuera demasiados días. Atención a esa fuerza tranquila de cambio que ha probado en un laboratorio como Costa Rica que existen antídotos contra el desencanto. La transición en Costa Rica está en marcha con todos los focos encima. Solís puede prometer y promete transparencia y voluntad de cambio. Atentos a lo que sucede y, a quien le suene la música, que tome nota. La afirmación del «no pasa nada», proteste quien proteste, que manejaron los socialistas españoles en su día y ahora los populares, quizás tenga fecha de caducidad. En Costa Rica, el bipartidismo se desplomó en tres meses.

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