«La alternativa a saltar la verja de Melilla es la muerte»

Ballo, Yusuf y Kouly relatan cómo se jugaron la vida en el Gurugú


Redacción / La Voz

Trepan sin echar la vista atrás porque «no hay otra salida», porque «la alternativa a saltar la verja de Melilla es la muerte». Ballo, de 25 años, viene de Malí. Cruzó varias fronteras «a pie» antes de entrar en Marruecos. A la reja «de la libertad» se encaramó en la noche del 23 de septiembre «junto a otras quinientas personas». «Logramos cruzar unas 150», desafiando las concertinas y los «casi siete metros de caída» para entrar en España.

«Apenas sufrí heridas -dice aliviado- pero en mi grupo había gente que se dejó las orejas en las cuchillas o que se cortó las manos, las venas... No sé si habrá muerto alguno». Pero es una cuestión «de supervivencia», interrumpe Kouly, de 24 años y natural de Guinea Conakry, de donde tuvo que huir. «Soy cristiano y tenía problemas con un grupo musulmán. Asegura que su vida «corría peligro» y que la verja de Melilla y las pelotas de goma eran «un riesgo menor».

Para Kouly y Ballo, «la Guardia Civil» se emplea allí con contundencia: «No son balas, pero algo sí que disparan». Con todo, lo que de verdad temen los subsaharianos no es el recibimiento en España, sino «la brutalidad de la policía de Marruecos», confirma Yusuf, de 23 años, que procede también de Guinea Conakry. «En Marruecos -continúa- nos escondemos porque las palizas son terribles cuando nos pilla la policía». Los tres inmigrantes, que comparten piso en A Coruña, creen que podrían «haber muerto» en ese país.

Llegar a España es para ellos «cuestión de suerte». «Vas en grupo y los primeros que saltan son los que resultan heridos, pero luego cede la parte de arriba de la verja y pasas». Yusuf se escapó de su país para evitar un matrimonio de conveniencia. «Me querían casar con una mujer que no amaba y, sin el apoyo de mi familia, tuve que escaparme» por temor a represalias.

Libia lo recibió con una guerra civil, así que dibujó un nuevo horizonte, Melilla. Una vez que llegó a la frontera necesitó «cinco intentos para saltar» porque, tras los cuatro primeros, admite, la Guardia Civil lo devolvió a Marruecos. «Al final vas y vuelves muchas veces». El año pasado tuvo mejor fortuna: «Fuimos en dos grupos separados y, mientras la policía interceptaba al primero, los del segundo logramos cruzar».

En Malí, Ballo era soldador. Estudió mecánica, pero no podía vivir de su trabajo, sencillamente porque no había. «De ningún tipo», aclara, así que cuando llegó a la verja solo pensaba «en sobrevivir». Entrar en Melilla es para todos ellos una siniestra prueba de atletismo con tres vallas. La primera y la última, de «siete metros de altura», calcula Yusuf. En medio hay otra más pequeña, «de cuatro». Y en la línea de meta, España y su 26 % de paro. Les preocupa poco.

Las concertinas no son el único riesgo para su integridad física. Antes de buscar un acceso para trepar a lo largo de los 12,5 kilómetros de verja, les espera un escabroso paseo nocturno por los desfiladeros del monte Gurugú, a través del barranco del Lobo y el barranco del Infierno. Allí, Ballo ha visto «rodar ladera abajo a personas que acabaron con el cuello roto». Tampoco hay asistencia médica. «Una vez a la semana viene Médicos sin Fronteras, aunque en Marruecos les prohíben ayudarnos», detalla. «Por eso, al ver la reja -resume Kouly-, tienes que saltar. Es cuestión de corazón».

Y de suerte: alcanzar la Tierra Prometida consiste simplemente en que las fuerzas de seguridad los lleven al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, en vez de devolverlos a Marruecos. Y de ahí, a un Centro de Internamiento de Extranjeros en el que pueden permanecer hasta 45 días. Yusuf, por ejemplo, fue trasladado «al de Barcelona».

Tras ese plazo... a la calle sin papeles. El Programa de Atención Humanitaria a Inmigrantes, del Gobierno, les permite seguir en el país otros tres meses, vinculados a organizaciones humanitarias que los distribuyen por pisos de toda España. Ballo, Yusuf y Kouly entraron así en Galicia, pero saben que será seguramente un lugar de paso. La irregularidad es para ellos una nueva frontera. Sin concertinas, sí, pero de una altura muy superior a siete metros.

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