¿Memorias políticas o ajuste de cuentas?

La proliferación de libros de ex presidentes del gobierno y ex dirigentes de partidos políticos satura las librerías de obras en las que abunda el ajuste de cuentas con ex compañeros y rivales políticos, el rencor por las afrentas recibidas y también la autocomplacencia, exenta de cualquier tipo de autocrítica


Ajustar cuentas con excompañeros y enemigos políticos, justificar errores del pasado, dar consejos a sus sucesores y hacer caja. Esas parecen ser, no necesariamente por ese orden, las motivaciones principales que han llevado a los ex presidentes del Gobierno y a otros destacados dirigentes de distintos partidos a protagonizar el actual bum de memorias políticas. Obras en las que casi siempre hay escasas novedades históricas, ninguna autocrítica, cierta autocomplacencia y bastante rencor. Y también mucho de «si me hubieran hecho caso, no habría sucedido esto». Todo ello envuelto, eso sí, en profundas disquisiciones políticas.

José María Aznar, por ejemplo, no deja pasar en su libro El compromiso del poder (Planeta) la oportunidad de clavar algún rejón a Mariano Rajoy, con el que prácticamente ha roto relaciones. Algunas de esas pullas son sutiles, pero dolorosas. Véase esta anotación en su diario. «He asistido al funeral por el GEO muerto [en la explosión de la casa de Leganés en la que se escondían los terroristas del 11-M], acompañado por Acebes. Rajoy no quiere ir, pero al final va». Con menos acritud, Felipe González envía también recados a Rubalcaba en su libro En busca de respuestas (Debate). Algunos parecen premonitorios de lo que acaba de ocurrir en la conferencia del PSOE. «Cada vez que los socialistas hemos de afrontar una travesía en el desierto como esta, la tentación es siempre decir que hemos perdido las esencias, que hay que volver a la ideología y que hay que hacer un debate para recuperar lo que somos; es decir, que hay que desplazarse más a la izquierda, sea esto lo que sea. Pero sobre la mesa no se ponen las ideas que fundamenten ese desplazamiento», señala. Y poco después añade que «un buen líder debe saber irse» y ser consciente de «cuándo se ha convertido en una rémora para la solución de los problemas y, en consecuencia, debe marcharse».

El ex vicepresidente del Gobierno Pedro Solbes ajusta cuentas con Zapatero en su libro Recuerdos (Ediciones Deusto), que se publicará el 19 de noviembre. «Le expliqué [a Zapatero] mi visión con enorme preocupación. Le señalé que un país como España no podía permitirse ir más lejos en términos de déficit o deuda pública», señala. Y, a pesar de eso, el entonces presidente decidió «orillar definitivamente mis advertencias», con el resultado ya conocido.

Y otro que reparte estopa en su libro Contra la ceguera (Esfera de los libros) es el ex coordinador general de IU y ex secretario general del PCE Julio Anguita. De Santiago Carrillo dice que «trampeó» en la transición. Al rey lo acusa de haber aprobado el golpe del 23-F. Habla de la «ratonería» de Suárez como un pretendido elogio y reduce el papel histórico del expresidente del Gobierno al de un «fontanero de buena calidad». El éxito político de Felipe González se debe exclusivamente a la «potra» y Aznar es un «coadyuvante con crímenes de guerra». Todo ello, en solo 11 páginas.

Un ego a prueba de bombas

Algunos pasajes de estos libros demuestran que el ego de nuestros políticos no tiene límite. Aznar, por ejemplo, apunta lo siguiente en lo que él llama sus Diarios del 11-M. «4 de marzo. Cena en La Zarzuela con todos los presidentes centroamericanos que habían venido a Madrid a despedirme. El rey me dice que el Príncipe tiene algún compromiso y no puede asistir. Algo muy importante debe ser para estar ausente». Y González cuenta que en un foro en el que participaban el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton, el checo Václav Havel, el brasileño Fernando Henrique Cardoso y él mismo, les preguntaron qué era el liderazgo. Todos, según González, contestaron con anécdotas tópicas. Pero él prefirió dar «una respuesta más conceptual?. Y su exposición fue tan brillante que, cuando acabó, Clinton hizo ese gesto tan norteamericano de palmearme las rodillas en señal de aprobación».

Anguita tampoco ahorra en autoestima. Describe su elección como secretario general del PCE en tonos épicos y como un proceso en el que todo el mundo, excepto él, deseaba que asumiera el mando. Él respondía siempre que no, pero las presiones, dice, iban en aumento. «El partido te necesita». «No tienes derecho a desobedecer al partido». Y él, no y no. Pero cuando Ernesto Caballero le susurra que no tiene «más remedio que aceptar», Anguita claudica. «Acepto vencido. Derrotado», anota. Y acto seguido describe la euforia de sus compañeros por su gran sacrificio de aceptar el liderazgo. «!Al plenario, al plenario¡. Tenemos secretario general», gritaban. Y, en medio de esa «algarabía», dice, se pusieron a cantar La Internacional.

Solbes no solo se presenta a sí mismo como el único miembro del Gobierno que vio venir las gravísimas consecuencias de la crisis y al que Zapatero no escuchó, sino que da entender que ni el G-20 en la reunión que mantuvo en Washington el 15 de noviembre de 2008 ni el Fondo Monetario Internacional atendieron tampoco sus advertencias, lo que llevó a que Zapatero tomara el camino equivocado, en contra de su voluntad.

Casi cómicas descripciones personales

Las descripciones personales que hacen de sí mismos los líderes políticos rozan por momentos lo cómico, incluso en los pasajes más graves, por la falta de pudor al retratarse. Aznar describe la matanza de los atentados del 11-M, que califica como «un espanto». Pero no tiene empacho en anotar lo siguiente sobre aquel día: «Como me ocurre siempre en situaciones límite, me invade una gran serenidad: sé lo que hay que hacer». González opta por dejar las cosas claras desde el principio. Y, ya en el prólogo de su obra, enumera la retahíla de cargos de responsabilidad internacional que ha rechazado a lo largo de su vida. «Fui rechazando desde la [propuesta] de presidir la Comisión Europea -empeño especial de Helmut Kohl- en 1996, hasta la de presidir el Consejo Europeo en 2009. Lo mismo me ocurrió en el terreno partidario en el otoño de 1996, con la propuesta de presidir la Internacional Socialista o con la de presidir el PSOE, cuando fue elegido secretario general José Luis Rodríguez Zapatero», dice de un tirón.

El concepto que Julio Anguita tiene de sí mismo es también tan alto, que acepta encantado responder a la siguiente pregunta: «¿Qué es más apasionante: estudiar la historia o protagonizarla?» Y responde Anguita: «Estudiar la historia es apasionante. ¿Protagonizarla? Entiendo lo que dices. También es apasionante».

Pero los libros de memorias sirven también para que quienes los escriben encuentren justificación a algunas de sus decisiones más controvertidas. González, por ejemplo, muestra especial interés en explicar cómo pasó del «OTAN, de entrada no» a pedir el sí en el referendo de entrada en la Alianza Atlántica. La cosa es sencilla. Quien estaba en contra de la OTAN era «el ciudadano Felipe González». Pero, tras las elecciones, fue «el presidente Felipe González» quien pidió el voto favorable. Y eso, porque «cuando se tiene una gran responsabilidad política, no se hace lo que a uno le gustaría hacer, sino lo que cree -equivocadamente o no- que favorece a los intereses generales de su país». Aclarado queda.

Sobre la polémica cumbre de las Azores, en la que fue el único líder mundial que apoyó con su presencia la invasión de Irak por parte de Estados Unidos e Inglaterra, Aznar, afirma que tomó aquella decisión siendo perfectamente consciente del «coste político y personal» que estaba asumiendo. Pero la justificación final es la misma que la de González. La patria. «Apoyar a Estados Unidos en esta difícil encrucijada convenía a España», concluye.

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