El presidente, bajo la presión de Cataluña y la de su propio partido


Madrid / La Voz

Por más que Mariano Rajoy insista en que no le preocupa el inédito motín de la mayoría de las comunidades gobernadas por el PP contra su decisión de fijar unos objetivos de déficit asimétricos, el asunto es grave para el presidente del Gobierno. No solo por el peligro de un enfrentamiento entre autonomías de consecuencias imprevisibles, sino también porque los desplantes de sus barones minan su autoridad.

Rajoy tiene ya decidido conceder a Cataluña hasta un 2 % de déficit para impedir que Artur Mas quede en manos de ERC y tratar de frenar así el ímpetu independentista del presidente catalán. Pero eso le obligará a abrir la mano con otras autonomías en apuros, como la Comunidad Valenciana o Murcia, para evitar una imagen de claro agravio comparativo.

Y, por eso, el problema para Rajoy no es ya solo, aunque se esté presentado así, una rebelión de los barones populares para impedir que se den privilegios a una Cataluña insolidaria e independentista, como podría ser el caso del extremeño José Antonio Monago, sino un enfrentamiento entre quienes han hecho un gran esfuerzo para ajustarse al objetivo de déficit y quienes se lo han saltado. Y, ahí, hay de todo en el PP. Feijoo, por ejemplo, rechaza por igual que se premie a Cataluña que a la Comunidad Valenciana en base a unos criterios que no sean estrictamente técnicos y económicos. Y exige que se compense económicamente a quienes han hecho sacrificios.

Es seguro que el presidente del Gobierno acabará imponiendo su plan. Y hasta es posible que, como presumió el pasado jueves, todos acaben aplaudiendo públicamente. Pero Rajoy no saldrá de esta sin dejarse unas cuantas plumas en la batalla. El conflicto en el PP se enrarece todavía más por el hecho de que María Dolores de Cospedal actúa como juez y parte en su condición de secretaria general del partido y presidenta de Castilla-La Mancha. Por una parte, exige a todos lealtad a Rajoy. Por otra, su comunidad es la que mayor esfuerzo de reducción del déficit ha hecho y una de las que resultaría más agraviada en caso de que se diera mayor margen de déficit a las que no han cumplido.

La rebelión de los barones es en todo caso solo el preludio de lo que se le viene encima al Gobierno en el reparto de la financiación autonómica y en la todavía más compleja negociación del nuevo modelo que Rajoy ha prometido sacar adelante. El presidente del Gobierno se ha comprometido ya con Artur Mas a mejorar en el futuro la financiación de Cataluña. Considera que esa es la vía adecuada para resolver la controversia, y no la del soberanismo o la de un pacto fiscal catalán al estilo del vasco. El problema es que para mejorar la financiación de Cataluña será necesario recortar la del resto. Y si por una décima de déficit arriba o abajo se produce un motín en el PP, es fácil imaginar lo que puede suceder si la aportación del Estado a Cataluña se incrementa en cientos o miles de millones de euros.

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