Madrid / La Voz

Dos años después de su espectacular eclosión callejera, el movimiento 15-M ha perdido visibilidad y poder de convocatoria, como se vio en las concentraciones del domingo, pero su influencia en la sociedad sigue siendo indiscutible. Su reto ahora es reinventarse para ser más eficaz y logras objetivos concretos.

Uno de sus grandes logros ha sido «canalizar el malestar social para convertirlo en protesta colectiva y en la repolitización de la sociedad», señala el profesor de Ciencia Política Jaime Pastor, experto en movimientos sociales. Para Salvador Martí i Puig, profesor de Sociología en la Universidad de Salamanca, el 15-M fue «un síntoma del malestar, la convergencia de muchas luchas y marcó un cambio de ciclo en España, el fin de 40 años de estabilidad institucional, que aún nadie sabe qué nos va a deparar». El politólogo Ignacio Urquizu destaca como gran aportación «haber colocado en la agenda temas relevantes de reforma democrática». Hace dos años casi nadie hablaba de transparencia, la ley hipotecaria o la ley electoral, y ahora están en el centro del debate. Los escraches, las diferentes mareas de colectivos afectados por los recortes o las acciones contra los desahucios llevan su sello.

Más predisposición a protestar

Ramón Adell Argilés, profesor titular de Sociología en la UNED, señala que su mayor logro ha sido «despertar las conciencias de la ciudadanía». Para Kerman Calvo, doctor en Sociología por la Universidad de Essex, gracias al 15-M «existe ahora una mayor y mejor predisposición para protestar contra los abusos del sistema político y económico». Entre sus deficiencias, Urquizu apunta que «algunas de sus propuestas no estaban suficientemente reflexionadas» y Adell anota que «su cuenta pendiente es definirse programáticamente y buscar alguna forma de interlocución o representación».

El catedrático de Sociología Félix Ortega afirma que «sigue siendo un referente de la sociedad en cuanto concierne a suscitar ilusiones», aunque, admite, «ha proporcionado a la sociedad un horizonte innovador cuya consecución parece estar fuera del movimiento mismo: es como si el 15-M consistiera en una suerte de ilusión colectiva, pero transitoria, a la espera de lograr una fórmula, no necesariamente surgida dentro de él, capaz de transformar la realidad». «Se pasó de la indignación al hartazgo y el cabreo, y ahora llega la fase de la rebelión», señala Adell, que destaca que «siguen vivas las causas que lo generaron».

El movimiento ha sufrido una gran metamorfosis, se ha dividido y una parte, radicalizado. Como señala Fermín Bouza, catedrático de Opinión Pública, «ha calado y se ha disuelto en la sociedad». Pero de sus entrañas surgen iniciativas que buscan objetivos determinados: Toque a Bankia, 15MpaRato, Auditoría de la Deuda y, por encima de todas, la PAH, que ha supuesto su mayor éxito. «El 15-M ha demostrado la utilidad y eficacia de distintas formas de acción colectiva basadas en la desobediencia no violenta», afirma Pastor. «Ha perdido capacidad de protesta pero avanza en capacidad de propuesta», señala Adell.

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El 15-M trata de reinventarse