Artur Mas, el mesías que se quitó la máscara

Su apuesta soberanista supone un punto de no retorno en su vida política


redacción / la voz

El pasado 11 de septiembre marcó un punto de inflexión y de no retorno en su vida política. La gigantesca manifestación proindependentista de la Diada lo convenció de que era el momento de subirse a la ola. La negativa frontal de Mariano Rajoy a negociar el concierto fiscal para Cataluña hizo el resto. Artur Mas encontró la justificación para convocar unas elecciones anticipadas a mitad de mandato, que planteó como un plebiscito sobre su plan soberanista. Y su apuesta le ha salido fatal.

Hace dos años no ocultó que votaría sí en un referendo por la independencia, pero decía que entonces no tocaba. Tras la demostración de fuerza de la Diada, creyó que era el momento. Y él se ofreció a ser el mesías que condujera al pueblo catalán a la tierra prometida del Estado propio, que -predica- resolverá los gravísimos problemas económicos de su nación.

No esperaba que diez días antes de la cita histórica con las urnas un diario lanzara un torpedo en su línea de flotación que amenazaba con arruinar sus expectativas al asegurar que poseía cuentas en paraísos fiscales ligadas a la corrupción. Su reacción fue identificar las acusaciones a su persona con ataques a Cataluña, echar mano del victimismo y acusar a Rajoy de dirigir una conspiración para alterar la voluntad popular.

Travesía en el desierto

Después de dos victorias en las urnas (2003 y 2006) que se convirtieron en amargas derrotas en los despachos por los pactos que dieron lugar al tripartito, este barcelonés curtido en la larga travesía del desierto de la oposición venció claramente en el 2010 y vio al fin cumplido su sueño de ser presidente de la Generalitat. Todavía era un «enigma por descifrar», como se titulaba el perfil que le dedicó este diario, y que poco a poco se ha ido desvelando. Parafraseando el título del libro de Pilar Rahola La máscara del rey Arturo, Mas se la quitó en solo dos años. Desde el primer momento demostró que no le iba a temblar la mano para reducir el elevado déficit que le dejó el tripartito y se transformó en una especie de Artur Manostijeras para acometer draconianos recortes sociales. Pero su política económica fracasó hasta el punto de verse obligado a pedir un rescate de más de 5.400 millones al Gobierno. Su reacción fue acusar a Madrid del desastre por expoliar a los catalanes y lanzar su órdago soberanista, aunque sin hablar a las claras de independencia. De esta forma ha logrado no dar cuentas en la campaña de su gestión.

El político que pasaba por ser una especie de Kennedy catalán de maneras británicas, tranquilo, enigmático y con seny, se transformó en un separatista peligroso a ojos de muchos españoles. La bestia negra del Gobierno, aunque el PP fue el colaborador necesario e imprescindible para que pudiera gobernar.

Artur Mas ha luchado durante mucho tiempo contra la imagen de pijo, vanidoso y prepotente que le habían colgado. Él se considera estoico, luchador, trabajador y sacrificado. Ahora se había asignado el papel histórico de guiar a Cataluña hacia lo desconocido, con los enormes riesgos que ello comporta. Él se veía como un héroe. Así, en el mitin de cierre de campaña trazó un paralelismo con los que defendieron a Cataluña en la guerra de secesión de 1714. «Unos fueron héroes de la resistencia, nosotros seremos constructores de la libertad», proclamó. Él también ha perdido.

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