El avance nacionalista pone fin a un ciclo de caída que arranca en 1990


Tradicionalmente, el voto en el País Vasco se ha dividido en dos bloques estancos con un estrecho vaso comunicante por el que circulan entre un 5 y un 10 % de los electores, según la coyuntura histórica. De una parte, el electorado nacionalista, que ha superado siempre la barrera del 50 %, con la excepción del 2009, derivada de la prohibición de las candidaturas herederas de la ilegalizada Batasuna. Enfrente, el votante constitucionalista, aproximadamente un tercio, con la salvedad, nuevamente, de las anteriores elecciones. En este contexto, cabe interpretar los resultados del domingo como la quiebra de una tendencia iniciada hace veinte años.

No es ninguna novedad que el terrorismo ha polarizado las tendencias electorales. El Acuerdo de Ajuria Enea, firmado en enero de 1998, marcó el inicio de una nueva etapa en la lucha contra ETA marcada, entre otros aspectos, por una creciente concienciación social del problema. El agregado de voto nacionalista fue creciendo convocatoria a convocatoria hasta las elecciones de 1990, en que fueron respaldadas por un 57, 78 % de los electores, que se elevaría al 65,5 % si se incluye en este grupo a Euskadiko Ezkerra, una formación fronteriza entre el nacionalismo y el autonomismo. Fue su techo histórico. A partir de ese año, las candidaturas nacionalistas fueron perdiendo peso hasta un mínimo del 48,28 % en el 2009. Exceptuado este proceso electoral, su suelo hay que situarlo en el 2001. Entonces lograron un 52,42 % de los votos, coincidiendo con el momento más bajo de HB, que entonces solo obtuvo un 10,04 %. Las elecciones coincidieron con el punto álgido del rebrote terrorista tras la ruptura de la tregua trampa de 1998.

Los dos polos dentro del bloque nacionalista han sido el PNV y HB, con EA de bisagra. El crecimiento del primero ha ido en detrimento del segundo. La batalla por la hegemonía en este bando la ha ganado el partido de Urkullu, aunque ha perdido siete puntos y retrocedido casi al nivel de 1998. Bildu, por su parte, ha obtenido los mejores resultados de su historia, beneficiado por el fin de la violencia etarra. No obstante, queda por debajo del 29,5 % de los votos que sumaron en 1990 HB y EA. La explicación hay que buscarla en el batacazo que se ha llevado en Guipúzcoa, donde su criticada gestión le ha hecho perder 13 puntos respecto a los comicios forales del 2011.

El bloque constitucionalista, dominado por PSE y PP, fue aumentando su peso electoral desde el 29,36 % de 1990 hasta un máximo del 40,69 % en el 2001. A excepción, claro, del 2009, cuando la ausencia de la plataforma abertzale colocó a los autonomistas 1,33 puntos por debajo de los nacionalistas. Esa circunstancia propició la única experiencia de Gobierno no nacionalista. Los dos partidos que lo apoyaron han perdido 125.000 votos, 14 puntos y 12 escaños. Un desastre que se explica no solo por la gestión, sino también como el pago de la factura por la excepcionalidad del 2009. Los socialistas repiten, en porcentaje de voto, los resultados de 1990, aunque su mínimo histórico, tras la integración de EE, corresponde a 1994. El PP no tenía unos resultados tan negativos desde 1990. El ciclo ha durado 22 años.

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