Rajoy fuerza la salida de Camps y deja al alcalde de Castellón como sucesor

El líder del PP puso al presidente valenciano ante la disyuntiva de «o la deshonra o la dimisión». Alberto Fabra lo sustituirá en la presidencia de la Generalitat.


madrid / colpisa

Francisco Camps, con gesto compungido y rodeado de sus colaboradores, anunció ayer su dimisión como presidente de la Comunidad Valenciana y la renuncia al liderazgo del PPCV. «Es una decisión personal, a favor de mi partido, que pretende que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del Gobierno». Con esta frase, puso punto y final a 72 horas frenéticas en las que cambió hasta en tres ocasiones de opinión sobre cómo encarar su procesamiento por un supuesto delito de cohecho pasivo impropio. La presión de Rajoy y de su familia fueron determinantes. El alcalde de Castellón, Alberto Fabra, será su sustituto tras el pacto entre las direcciones nacional y regional (hasta que lo invistan las Cortes valencianas, la vicepresidenta de la Generalitat, Paula Sánchez de León, ejercerá de presidenta en funciones). La primera opción de Rajoy fue siempre Rita Barberá, pero la incombustible alcaldesa declinó la oferta, pese a la insistencia, por su íntima amistad con Camps.

Tras muchas idas y venidas, Camps rechazó declararse culpable, se negó a pagar la multa y asumió ir al juicio por la causa de los trajes. Lo contrario de lo pactado con Rajoy a finales de la semana pasada. De hecho, sus abogados llamaron en la mañana de ayer al Tribunal Superior para avisar de que el president acudiría para autoinculparse y pagar. A la una de la tarde, y cuando todo estaba preparado para que firmara la «sentencia de conformidad», volvieron a llamar para anularlo todo.

¿Qué ocurrió en esas dos horas? Camps, como reiteró hasta en tres ocasiones en su comparecencia, se siente «completamente inocente». Su plan original, una vez que el juez Flors ratificó su imputación como presunto autor de un delito de cohecho impropio por haber recibido regalos de la trama corrupta Gürtel, era defender su inocencia desde el banquillo, una estrategia que no entusiasmaba en Génova. La reticencia se tornó en negativa al conocerse que la vista podía coincidir con la campaña electoral si Zapatero adelantaba los comicios.

Camps jugó con la idea de que su marcha era un sacrificio a favor de España y su partido. «No puedo ser nunca ni el más mínimo obstáculo para que la voz clara y nítida de Mariano Rajoy llegue a los 42 millones de españoles», afirmó en su comparecencia. «Me voy con la conciencia tranquila, el deber cumplido y los proyectos hechos realidad».

Rechazada la opción de sentarse como presidente valenciano en el banquillo, surgió la posibilidad de declarase culpable para poner punto y final al tortuoso proceso, una salida que contaba también con el aval de su familia, en especial de su esposa, que no quería pasar por el calvario judicial. El giro de Camps, sin embargo, tuvo otros dos resortes. En una última conversación con Rajoy, al mediodía, el líder del PP le planteó una disyuntiva concluyente: «O tres años y medio de deshonra o la renuncia».

Rajoy, en un comunicado, ensalzó su «intachable labor al frente de la Generalitat» y alabó una «muy dura» decisión «en el beneficio de las instituciones» que «no empaña su honorabilidad». Camps, concluye, «ha sido, es y será un extraordinario militante del PP y un gran amigo».

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