La guerra política empieza tras el verano

Los bancos y cajas acaban de pasar con éxito, salvo algunos distraídos, sus pruebas europeas de estrés, pero la ciudadanía está sometida al de las pruebas diarias de supervivencia psicológica.


Los bancos y cajas acaban de pasar con éxito, salvo algunos distraídos, sus pruebas europeas de estrés, pero la ciudadanía está sometida al de las pruebas diarias de supervivencia psicológica. Hay conversaciones en bares y gimnasios sobre la prima de riesgo, filípicas monetaristas en cualquier taxi, abundantes blasfemias de impotencia y un señor de Zaragoza, y como él un millar, que nos persigue airado asegurando que ha descubierto la solución para lo de Grecia y nadie le hace caso.

¡Cómo no van a suspender pagos las pymes españolas si están a punto de hacerlo, el 2 de agosto, EE. UU.! Hay crisis financiera, propia de nuestro decadente modelo productivo y una psicológica alimentada por irresponsables al micrófono que anuncian cada media hora el fin del mundo, con nosotros por delante, ayudados por declaraciones tóxicas de responsables políticos sin estima alguna por su país aunque pregonen lo contrario. Así de amarga está la situación y, sin embargo, estamos en los entremeses de la madre de todas las batallas que comienza de verdad después del verano con la convocatoria de elecciones. El problema es llegar ahí.

Lenta marcha

Zapatero se va marchando lentamente por el fondo del pasillo, y Rajoy y Rubalcaba se quedan en primer plano con el pastel. El futuro se escribe con dos erres, una de Rajoy o Rubalcaba, y la segunda de reformas. En este país que se creía rico, como lo ha descrito el ingeniero José Luis Manzanares, sobra de todo: funcionarios, lujo, aeropuertos, palabrería, impresos, liturgia, demagogia... Se puede vivir mejor con menos, sin que eso suponga adscribirse a la teoría del decrecimiento que predica el profesor Carlos Taibo.

Lo malo es que para hacer reformas serias es necesario un sacrificio enorme de la ciudadanía, que solo lo aceptará si se le explica bien desde la solvencia política y la credibilidad. Y erosiona su credibilidad el Gobierno cuando toma una medida y después otra que la contradice.

Y Rajoy cuando ni se inmuta al saber que Camps es procesado, sobre todo por mentir a todos, empezando por el propio Mariano, ante quien afirmó solemnemente: «Mis trajes me los pago yo». O cuando un sector del PP se empeña en proponer al alcalde de Valladolid, el de los morritos de Pajín, como presidente de la FEMP, sin que las mujeres de su partido se rebelen. O cuando el acta filtrada del atestado contra el senador socialista descubre un lenguaje soez, indigno de un representante público. Y se erosiona la Generalitat al proponer que si los funcionarios trabajan quince minutos más al día con el mismo sueldo, la cosas se encarrilarán. En eficacia, salvo excepciones, suspendemos, y en credibilidad, no llegamos.

El error es pensar que las reformas deben afectar solo a los bancos y a los políticos. «No podemos hacer reformas en el siglo XXI con unos sindicatos del siglo XX», clamaba José Antonio Segurado en una reunión de la CEOE. Razón tiene, pero uno de los participantes confiesa que se contuvo para no replicar «unos sindicatos del siglo XX y una patronal del XIX».

El verano, si los mercados no lo impiden, servirá para que acaben de aterrizar los nuevos líderes autonómicos, como De Cospedal y Monago, más los nuevos líderes bancarios que se la juegan en Bolsa, Rodrigo Rato y Antonio Pulido. En septiembre, o sucede un milagro, o se convocan elecciones para el 27 de noviembre. Solo Zapatero y Griñán quieren llegar hasta el final de la legislatura, para ellos con alta probabilidad, final de trayecto.

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