Zapatero sufre la crisis del pato cojo

La creencia de que no será candidato envalentona a sus críticos y merma su autoridad en el partido, como les ocurre a los presidentes de Estados Unidos en su último mandato


En Estados Unidos se denomina «pato cojo» al presidente que afronta la última parte de su segundo mandato. La expresión alude a la pérdida de autoridad ante la sociedad y ante su propio partido que sufre un político del que se sabe que ya no podrá ser candidato de nuevo. Sigue ostentando el poder, pero el respeto y la disciplina de sus subordinados empiezan a flaquear. Los que antes le rendían pleitesía se preocupan más por tomar posiciones en su sucesión que por agradar al pato cojo.

En España no existe limitación constitucional de los mandatos. Solo Aznar anunció con cuatro años de antelación que no optaría a una tercera legislatura. Pero a pesar de que Zapatero no ha hecho pública todavía su decisión, nunca hasta ahora había existido en España un ejemplo tan claro de «pato cojo». Si el poszapaterismo, la palabra de moda, es el debate interno en el PSOE sobre la sucesión del líder, este no ha empezado, en contra de lo que se dice, con el batacazo de Zapatero en las primarias de Madrid. La idea viene de lejos. Pero la derrota de su candidata, Trinidad Jiménez, y el triunfo de Tomás Gómez, el hombre que le dijo no, han hecho público lo que hasta ahora los socialistas solo comentaban off the record.

Temor de los barones

La mayor evidencia del debate interno y de la pérdida de autoridad de Zapatero y todo su Gobierno en el PSOE es la forma en la que los dirigentes se han saltado la consigna de la Moncloa y Ferraz de cerrar filas tras la derrota. El más explícito a la hora de cuestionar públicamente al líder ha sido el presiente castellano-manchego, José María Barreda. «O cambiamos de rumbo o acabaremos llegando al lugar al que nos dirigimos, a una catástrofe electoral», aseguró. Al margen de venir ejerciendo desde hace tiempo de Pepito Grillo del PSOE, Barreda tiene alguna autoridad para cuestionar la continuidad de Zapatero, ya que Castilla-La Mancha ha impuesto por ley la limitación de dos mandatos presidenciales. Barreda, sin embargo, matizó ayer que quizá no estuvo acertado en sus palabras, «a la vista de la utilización que están haciendo los adversarios» de ellas.

Pero Barreda no ha sido el único. Una buena parte del PSOE da por amortizado a Zapatero. En especial, los barones regionales, que ven peligrar sus opciones en los comicios del 2011. De ahí que, como Barreda, traten de marcar distancias. En esa situación está el extremeño Guillermo Fernández Vara. «Si él está convencido de que puede y debe continuar, debe hacerlo, y si tiene dudas, a mi juicio, no debería hacerlo», señaló sobre la indecisión de Zapatero. O Patxi López, que admite que los barones regionales «están preocupados por una situación en la que el Gobierno y el PSOE pueden demostrar más fortaleza».

Pero hay otra parte de los críticos a la que no le preocupa su propio futuro electoral, sino el del partido. En este sector creciente existe el convencimiento de que Zapatero no va a repetir y de que su entorno más cercano lo sabe. Creen que lo que pretenden los más fieles al presidente es controlar el futuro del partido y del Gobierno. El poszapaterismo. En esa estrategia enmarcan los críticos lo ocurrido en las primarias. El intento de José Blanco, ayudado por Alfredo Pérez Rubalcaba, de imponer a su candidata en Madrid tenía dos objetivos: librarse de un político que va por libre y del que nunca se fiaron, como Tomás Gómez, pero también lanzar un mensaje claro de que pese a la debilidad de Zapatero son ellos quienes controlan el partido.

Pérdida de control del PSOE

Blanco ha asegurado muchas veces que no pretende ser el sucesor de Zapatero. Su objetivo es conducir el proceso de sucesión, si este se produce. El resultado de la operación ha sido justo el contario al deseado. No solo la autoridad de Zapatero ha quedado en entredicho, sino también la de Blanco. Uno de los dirigentes que más apoyaron a Gómez, el ex presidente del Congreso Gregorio Peces Barba, dejó clara antes de las primarias su desconfianza en Zapatero y su entorno. «El sí bwana ha predominado sobre todo», afirmó sobre la situación en el partido en una entrevista en La Voz.

Y ya con las primarias celebradas, otro histórico socialista se esforzó en desmontar el intento de la actual dirección del PSOE de reconducir el fracaso e integrar a Tomás Gómez en su proyecto. «Ganó el señor Gómez y los que lo apoyaban y no ganó la señorita Trini y los que la apoyaban. Todos los que apoyaron a la persona que ha perdido no pueden estar entre los ganadores», dijo Alfonso Guerra en referencia a Zapatero, Blanco y Rubalcaba.

En esa desconfianza hacia Zapatero y su entorno coincide también Felipe González, que ya hace tiempo advirtió de que «rectificar es de sabios, pero tener que hacerlo cada día es de necios», aludiendo así veladamente a los bandazos que ha dado el presidente del Gobierno en los últimos meses.

Desplantes a Zapatero como esos eran impensables hace no mucho, cuando su liderazgo era tan incuestionable como su pujanza en las encuestas. Ahora, un presidente autonómico como el andaluz José Antonio Griñán puede decir, sin que ocurra nada, una frase tan hiriente como esta dirigida al PP en el Parlamento andaluz: «El que Zapatero sea malo no los convierte a ustedes en buenos».

En ese ambiente de insurrección e indisciplina, en lo que empiezan a coincidir fieles y detractores es en la necesidad de que Zapatero anuncie cuanto antes su decisión. Sus críticos, porque necesitan tiempo para encauzar la alternativa. Y sus afines, porque temen que los ataques al pato cojo cobren más fuerza.

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