En la hermosa y señorial Jerez de la Frontera siempre es fiesta, vertebrada en torno al santoral, el caballo, el toro, el motociclismo, el flamenco, el vino... y de vino iba en esta ocasión, con motivo de la ya quinta convocatoria de Vinoble, feria y mercado de los Vinos Generosos, Licorosos, y Dulces Especiales, celebrada entre los días 28 y 31 de mayo y que tampoco esta vez, para mayor gloria de mi ánima, me perdí. ¿Conclusiones? Totalmente positivas, como siempre: sigue siendo el Salón del Vino más elegante, nada que ver con FITUR y otros horrores de la masificación: se aloja en el Alcázar moruno, rodeado de murallas y jacarandas, las catas -algunas, tan nobles como la del Château d¿Yquem- tienen lugar en la Vieja Mezquita, las degustaciones se hacen en el Alcázar y en carpas desperdigadas por el risueño jardín circundante, no hay prisas, ni muchedumbres, aquí se redescubre la calidad de vida, no obstante el hecho de que la participación aumenta. Este año reincidí en los húngaros tocáis, con Rafael Alonso como anfitrión, y deambulé con el alma y el paladar por Samos y Patras, inéditos en la Feria: ascendí al Olimpo con los dioses griegos. Inf. 618 117 312.