EL MIRADOR
14 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.TODAVÍA NO se me ha ido el empacho informativo del 11-S, la fecha fatídica en la que el único Imperio en vigor se sintió vulnerado y vulnerable como jamás habían podido imaginar sus habitantes. Durante horas y horas, las televisiones y las radios de todo el mundo se llenaron de recuerdos de aquel día, de versiones de testigos y de familiares de las víctimas, de informaciones complementarias que contribuían a entender cómo ocurrió todo. Algún excelente programa mostraba el minuto a minuto de la tragedia, e inteligentes cronistas (Ricardo Ortega, entre ellos) lograban ilustrarnos sobre las consecuencias del suceso. Era difícil pedir más. Y si algo no resultaba satisfactorio, bastaba con cambiar de cadena para encontrarse con otra perspectiva del mismo acontecimiento. En todas las emisoras, las mismas torres se derrumbaban una y otra vez. Las filmaciones se sucedían para ofrecer todos los ángulos captados de los brutales impactos. Han pasado unos pocos días y aún tengo en la retina todas esas imágenes. Eché en falta, en cambio, nuestros propios testimonios. Me refiero a aquellos millones de ciudadanos de la Nueva York Global que también presenciamos el suceso por medio de la televisión. Yo almorzaba en un restaurante madrileño cuando alguien en la barra, ante un televisor, exclamó: «No puede ser. ¡Dios, no puede ser!». Y todos acudimos a contemplar aquel imposible. A partir de aquel momento nos convertimos en asombrados neoyorkinos. Y algunos empezamos a intercambiar recuerdos del siniestro: el restaurante del último piso, los rápidos ascensores... Todos nosotros también tenemos un testimonio directo y valioso, aunque no haya sido televisado.