Setenta años de sufragio femenino

SOLEDAD MICHELENA CRÓNICA Gran parte de la izquierda republicana votó en contra


través de esa placa la diputada del Partido Radical tendrá lo que no obtuvo en vida: el reconocimiento de los españoles porque en el largo camino de apertura iniciado la primera década de 1900, a ella se le debe la plena defensa de la igualdad de la mujer. Sin embargo, en su época soportó la incomprensión, no sólo de sus oponentes, sino de sus compañeros de partido, incapaces de asumir la independencia política y social del sexo femenino.Cuando al término de la primera Guerra Mundial varios países concedieron el voto a las mujeres, los políticos españoles debatían si les dejarían ejercer el sufragio en las elecciones municipales, siempre que no estuviesen sujetas a la «autoridad marital». El primer régimen que incorporó ese derecho fue la Dictadura de Primo de Rivera (1923), pero limitado a los comicios locales.Dos oponentesNo fue hasta la Segunda República cuando se concedió sin trabas. Dos mujeres fueron las protagonistas, las abogadas y diputadas Clara Campoamor y Victoria Kent (Izquierda Republicana). Ambas apoyaron posturas opuestas en el debate, que el 1 de octubre de 1931 acabó con la aprobación del sufragio femenino por 161 votos a favor y 121 en contra. Lo apoyaron el Partido Socialista, con señaladas excepciones, como la de Indalecio Prieto; la derecha y pequeños núcleos republicanos. Votaron en contra el propio grupo de Campoamor, los radicales socialistas y Acción Republicana.La victoria de la diputada causó un gran revuelo y la airada protesta de Indalecio Prieto, que la calificó de «puñalada trapera a la República». Los argumentos de rechazo que enarbolaba aquella izquierda pueden parecer risibles hoy, pero no queda muy lejos la controvertida implantación del 25% de cuota de participación femenina en las listas electorales del PSOE, un partido que proclama la igualdad.Los izquierdistas coetáneos de Campoamor aducían la supuesta dependencia de las españolas de la Iglesia y temían que eso hiciese que su voto se decantase a la derecha. En su alegato daban por sentado que las mujeres se dejaban llevar por la emoción y carecían de «reflexión y espíritu crítico».«Maduras» a los 45Acción Republicana, uno de los partidos que votó en contra, proponía el sufragio para los hombres a partir de los 23 años. En cambio, fijaba el límite de edad para las mujeres en 45 años, en base a su supuesta inmadurez anterior en «voluntad e inteligencia».Al fin, en las elecciones de 1933 las ciudadanas españolas pudieron acogerse al artículo 34 de la Constitución que equiparaba los derechos electorales de los ciudadanos de ambos sexos, mayores de 23 años, y ejercer el sufragio.La izquierda atribuyó la victoria derechista de la Ceda al voto femenino y culpó por ello a Campoamor, que no consiguió renovar su escaño. Al año siguiente abandonó el Partido Radical y pidió ingresar en Izquierda Republicana, pero le abrieron un expediente y votaron en público su solicitud, que fue denegada.Cuando, también con el voto femenino, ganó el Frente Popular, escribió el libro Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, pero su carrera ya estaba destrozada. Huyó del país al estallar la guerra civil y murió, olvidada, en Suiza en 1972.Ahora, es curiosamente el PP quien dedica un recordatorio en el Congreso a esta republicana que en su defensa del sufragio femenino insistía en que «sólo aquellos que creen que las mujeres no son seres humanos podrían negarles la igualdad de derechos».

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