¿Tienes mil cosas que hacer y no acabas ninguna?
15 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Tienes que ponerte a estudiar, ¿verdad? Pero siempre acabas encontrando algo mejor que hacer.
Además, tienes deberes, te pones a ello… y sin darte cuenta llevas media hora mirando el móvil.
Estamos siempre a mil cosas a la vez, pasamos de una a otra sin terminar nada, nos distraemos constantemente y todo nos da pereza. Y encima, te sientes cansado y sobrepasado. ¿Cómo de agobiante es esta sensación?
Vivimos a un ritmo muy rápido, con prisa siempre, y con demasiadas cosas a la vez, demasiada información y demasiados estímulos. El día ya no empieza y acaba en lo que hacemos en el colegio, en el trabajo o en casa, sino
que sigue en el móvil, en los mensajes, en las redes sociales, en todo lo que vemos y consumimos casi sin darnos cuenta.
Aunque aparentemente no estemos haciendo «nada importante», nuestra mente sigue recibiendo información de forma continua: vídeos, notificaciones, conversaciones, pensamientos. Uno detrás de otro, sin descanso.
Nuestra cabeza no para. Y llega un momento en el que todo eso se acumula y la mente se satura. No es porque no puedas, ni porque no quieras; sino porque simplemente es demasiado. A esto se le suma la sensación de que todo parece urgente, que hay que contestar al momento, estar pendiente, no perderte nada y hacerlo todo. Sin darnos cuenta, vamos acumulando una sensación de fondo. Como si siempre hubiera algo pendiente, como si nunca termináramos al 100 %. Y es
ahí cuando empiezas a notar que te cuesta centrarte, que saltas de una cosa a otra, y que te distraes con facilidad. No es falta de capacidad, es falta de espacio mental.
Siempre conectados
La sensación de «tener que estar siempre conectado» influye mucho más de lo que parece en todo esto. El móvil se ha convertido en una presencia constante que interrumpe sin hacer ruido, casi sin que lo notes, y que te lleva a parar «un solo segundo».
No es solo el tiempo que nos quita, sino la forma en la que fragmenta nuestra atención.
Empiezas algo, lo dejas a medias, vuelves, te llaman, te distraes otra vez. Al final, aunque
todo esto parezca pequeño, cansa. Cuando no hay pausas, la mente tampoco descansa, y con este ritmo, es normal que empiecen a aparecer ciertas dificultades de atención. Pero no siempre es pereza, es saturación. Es tener la cabeza tan llena que no sabes por dónde empezar, es querer hacer las cosas pero no encontrar el foco ni la energía para sostenerlas en el tiempo. Y es ahí donde aparecen el bloqueo, el cansancio o la frustración.
Más que exigirte todavía más, puede ayudarte hacer lo contrario: bajar un poco el ritmo. No se trata de hacerlo todo perfecto ni de llegar a todo, sino de ir poco a poco, centrarte en una cosa cada vez y permitirte terminarla sin estar saltando constantemente a otra, porque hacer las cosas con calma te permite hacerlas mejor. También es importante recuperar pequeños espacios de desconexión real. Descansar no es perder el tiempo, es lo que te permite volver a conectar después. Y sobre todo, ajustar la exigencia. No todo es urgente, no todo tiene que hacerse ya, y no pasa nada por no llegar a todo en el momento que te gustaría.
Ir más despacio también es avanzar.Nos estamos acostumbrando a funcionar a un ritmo que, muchas veces, es demasiado alto. Así que te invito a parar, a priorizar, a salir a la calle sin móvil y mirar a tu alrededor; a pasar tiempo de calidad, disfrutar de los tuyos y darte tu propio espacio, porque esto también forma parte de crecer.
Blanca del Olmo Belascoaín es colaboradora de CATEMO Educación