Disfrutar de un eclipse como el del próximo 12 de agosto en la puerta de casa es un privilegio que muy pocos experimentan en su vida. A lo largo de la historia, la mayoría de científicos se han visto obligados a hacer largos viajes para vivir la experiencia
15 abr 2026 . Actualizado a las 09:27 h.Los eclipses totales de Sol ocurren aproximadamente una vez cada año y medio. Aunque son relativamente frecuentes, lo cierto es que, cada vez que sucede, la sombra de la Luna recorre una franja de apenas unos pocos cientos de kilómetros de ancho. Por eso es tan difícil que se repitan dos eclipses totales en un mismo lugar. Por término medio, en un lugar cualquiera pasarán 375 años antes de que se pueda volver a observar un evento como este. En A Coruña o Ferrol el último eclipse total tuvo lugar en 1905, y después del que veremos este verano habrá que esperar más de seis siglos para disfrutar del de 2627. Por eso este 12 de agosto es una fecha tan especial, porque tenemos la oportunidad de disfrutar de un eclipse total de Sol en el lugar donde vivimos.

Se entiende así que a lo largo de la historia se hayan organizado viajes para observar estos fenómenos, ya fuera por curiosidad, por interés científico o por el simple deseo de gozar de uno de los espectáculos más fascinantes que nos ofrece la naturaleza. Hoy vamos a repasar algunas de las expediciones más relevantes de la historia. Algunas nos permitieron entender mejor el comportamiento de los astros, otras consiguieron demostrar grandes teorías científicas y otras pasaron a la historia por ser tremendamente curiosas.
Primeros mapas detallados
Algunas civilizaciones antiguas, como los babilonios, los mayas o los chinos, elaboraron durante siglos cuidadosos registros astronómicos que incluían la observación de eclipses de Sol y de Luna. Todos ellos descubrieron patrones en la sucesión de los eclipses y aprendieron a predecirlos, aunque sus herramientas matemáticas no les permitían calcular con precisión el momento exacto en el que iban a suceder y tampoco su trayectoria.
A comienzos del siglo XVII la ley de la gravedad universal de Isaac Newton proporcionó a los astrónomos las ecuaciones necesarias para calcular con detalle dónde y cuándo podrían verse los próximos eclipses. Edmund Halley [sí, el mismo que predijo la aparición del cometa Halley] aprovechó este nuevo conocimiento y se puso a estudiar el eclipse que sucedería en Reino Unido en 1715. Antes del evento publicó el primer mapa detallado de la trayectoria de la totalidad y pidió a la ciudadanía que compartiera con él sus observaciones para poder refinar sus cálculos.
Astronomía en la guerra de independencia americana
En 1780 estaba previsto que un eclipse total de Sol cruzara la costa este de Norteamérica. Sin embargo, buena parte de la región se encontraba sumida en una guerra entre el imperio británico y un grupo de colonias que había proclamado su independencia. Samuel Williams, astrónomo de Harvard y una de las principales figuras científicas del campo de los revolucionarios, consiguió el apoyo de su gobierno para financiar una expedición en barco a la bahía de Penobscot, desde donde se podría observar el eclipse. El problema es que ese lugar estaba bajo dominio de los británicos, que apenas unos meses antes habían derrotado allí mismo a la flota estadounidense. La ciencia debía ser uno de los pocos temas en las que los enemigos podían ponerse de acuerdo, porque Williams consiguió la autorización, siempre y cuando no se acercara a la costa. La expedición cruzó sin problema ante los barcos ingleses y desembarcó en un pequeño islote desde el que, entre otras cosas, pudieron hacer una de las primeras descripciones detalladas de un conjunto de «estrellas brillantes» que aparecen en el borde de la Luna justo antes de la totalidad. Hizo también el siguiente dibujo para representar lo que había observado.
Hoy sabemos que eso que vio y describió Williams son las famosas perlas de Baily... y lo hizo antes de que el propio Baily explicara que en realidad se trata de la luz del Sol colándose por los accidentes geográficos del borde de la Luna.
Huir del asedio de París
A finales de 1870 París estaba en guerra. El ejército prusiano [Prusia era un estado situado en lo que hoy es Alemania y el norte de Polonia] había rodeado la ciudad y los parisinos estaban sitiados, sin poder salir de la ciudad.
Ante esa situación, el astrónomo francés Jules Janssen no veía la forma de escapar para llegar hasta el norte de África, donde tenía previsto observar un eclipse en pocas semanas. Janssen, junto al británico Norman Lockyer, había descubierto durante un eclipse reciente la presencia de un elemento químico desconocido en la atmósfera del Sol, el helio. A pesar de la competencia científica entre ambos, Lockyer hizo de intermediario con los prusianos para que permitieran a Janssen salir de París en aras del avance de la ciencia. Los sitiadores le concedieron la autorización, pero aún así Janssen prefirió arriesgar la vida en una peligrosa fuga a bordo de un globo aerostático. Janssen logró llegar a Argelia, pero el día del eclipse el cielo estaba cubierto por las nubes y se quedó sin vivir la experiencia.
Similar suerte tuvo el propio Lockyer, que pretendía observar el mismo eclipse desde Sicilia. El barco que transportaba su expedición embarrancó frente a las costas de la isla, y aunque no se perdieron vidas ni material, al final las nubes también impidieron la observación del Sol durante el eclipse.
El eclipse que dio la razón a Einstein
En 1915 Albert Einstein publicó un artículo en el que, utilizando su teoría de la relatividad general, predecía cómo se desviaría la trayectoria de la luz de las estrellas al pasar cerca del Sol. El problema es que un día cualquiera la luz del Sol nos impide observar las estrellas que se encuentran a su alrededor, así que si quería demostrar su teoría, solo podía hacerlo durante un eclipse total.
El astrónomo británico Arthur Eddington, uno de los pocos que en su época comprendía bien la teoría de Einstein, organizó junto a su colega Frank Dyson dos expediciones para fotografiar el eclipse de mayo de 1919 desde la isla africana de Príncipe y desde Sobral, en Brasil. Durante este eclipse, el Sol se encontraría frente a un grupo de estrellas brillantes conocidas como las Híades, lo que permitiría poner a prueba la teoría de Einstein.
Ambas expediciones llegaron a su destino sin mayor problema, aunque en la isla de Príncipe estuvo lloviendo hasta poco antes de que diera comienzo el fenómeno. En el momento de la totalidad una nube interfirió con la observación, pero en alguna de las quince fotografías que se tomaron había estrellas sobre las que se podían realizar las mediciones. La expedición brasileña contó con mejores condiciones meteorológicas, aunque las imágenes de su principal telescopio salieron un poco borrosas. Sin embargo, el telescopio secundario obtuvo unas fotografías magníficas que, al final, serían las que permitirían corroborar la predicción de Einstein. La expedición permaneció en Sobral varios meses a fin de fotografiar el mismo campo de estrellas sin la presencia del Sol y tener así mejores imágenes para comparar.
Persiguiendo la sombra de la Luna
Estas expediciones exigían meses o años de planificación. Todo para poder vivir los breves instantes que dura la totalidad de un eclipse, apenas 7 minutos en el mejor de los casos. La única forma de permanecer en la totalidad durante más tiempo consiste en viajar a gran velocidad en la dirección en la que avanza la sombra de la Luna.
Con esa idea, en 1973 un grupo de astrónomos logró el permiso para adaptar el primer prototipo del Concorde para realizar este curioso experimento, que les permitiría mantenerse durante una hora y cuarto en la zona de totalidad. El Concorde fue el primer [y único] avión supersónico de pasajeros, y podía cubrir la ruta entre París y Nueva York en menos de tres horas.
En esta ocasión, la aeronave despegó de Las Palmas de Gran Canaria y aterrizó en la capital de Chad, siguiendo la trayectoria del eclipse sobre el desierto del Sáhara. Pese a que se había adaptado el fuselaje para incorporar varios instrumentos de observación, la expedición no obtuvo grandes resultados científicos. Eso sí, quedó grabada en la historia.