Es casi imposible abarcar el inmenso universo literario de este autor
04 mar 2026 . Actualizado a las 12:05 h.Escribir sobre Cela, tratando de abarcar su inmenso universo literario, es casi una tarea imposible. Y totalmente descartable si el espacio para hacerlo es el de unos cuantos cientos de palabras. Porque Cela cultivó la novela, el cuento, el ensayo, los libros de viajes, el teatro, la poesía, el ensayo, el periodismo… En total, la cantidad de libros que publicó ronda el centenar.
Se puede decir que Cela llevaba la literatura en las venas y que por eso tocó todos los géneros, y no satisfecho con eso experimentó y renovó cada uno de ellos. Además, ha estimulado la creación ajena y los estudios literarios al darles la oportunidad de publicar en su revista Papeles de Son Armadans, donde los colaboradores (muchos, escritores gallegos) encontraron siempre una acogida generosa y abierta, al margen de las coincidencias o discrepancias ideológicas con el creador de la publicación. Podríamos, pues, decir, que Cela no fue solo un gran escritor, sino también toda una institución literaria. Y por eso se convirtió en académico de la RAE y ganó los premios Nobel, Cervantes, Príncipe de Asturias o Nacional de Literatura, entre otros muchos que también recibió.
Iria Flavia, Padrón y Galicia
Cela nació en Iria Flavia (Padrón) en 1916, y allí, en su casa natal, vivió los primeros años. En 1921 su familia se trasladó a Vigo y en 1925 a Madrid. Su padre, natural de Tui, era un funcionario del Estado y su madre era hija del inglés John Trulock, gerente de la compañía que construyó el ferrocarril entre Santiago y Vilagarcía, y de la italiana Josefina Aida Bertorini. En su familia hay una curiosa preferencia por el nombre de Camilo: el padre del escritor se llamaba Camilo, su madre, Camila, su único hijo se llama Camilo y su única nieta, Camila. Fidelidad innegociable fue la que Cela guardó siempre a Iria Flavia, adonde volvía con mucha frecuencia y de la que mantuvo siempre un recuerdo imborrable, que elevó a literatura poética en un libro de memorias titulado La rosa (1959), de lectura más que recomendable para lectores de cualquier edad. Y en Iria dejó su gran legado personal, un valioso patrimonio cultural depositado en la Fundación Camilo José Cela, hoy regida por la Xunta de Galicia. Y no menos relevante en lo tocante a su amor por Iria Flavia es que quiso escoger su cementerio parroquial como última morada.
Renovación
Quizá la característica más constante y que más profundamente pueda marcar la trayectoria novelística de Cela sea su querencia por la renovación de formas narrativas y por la busca de nuevas técnicas formales. De hecho, empezó siendo un novelista realista para evolucionar hasta un vanguardismo no siempre bien entendido (San Camilo 1936, Oficio de tinieblas 5, Madera de boj, entre otras novelas). De entre todos los de su generación, la del 36, es el que hereda las inquietudes renovadoras de los escritores de la del 98, en especial de Valle-Inclán. La novela española de posguerra se inicia con La familia de Pascual Duarte (1942), que trata un tema muy escabroso, con un realismo desconocido en esos años, que Pío Baroja rehusó prologar por lo bronco del asunto que trata, pero que al año siguiente el gran novelista vasco reconoció en una entrevista que «sin ninguna duda» era muy buena.
Otra que sorprende por su planteamiento y estructura es La colmena (1951), que va a significar un punto de referencia inevitable en la posterior novelística española. Cela trató de hacer de lo insignificante un motivo de atención prioritario para el novelista, algo que solo muy tangencialmente se había intentado antes. La novela tuvo un gran éxito y, como ya vimos, una enorme trascendencia en el devenir de la narrativa española posterior. Sobre ella se hizo una no menos buena película, dirigida por Mario Camus (1982).
Mazurca para dos muertos (1983) es otra gran novela, y por ello muy recomendable. Transcurre en una Galicia rural, con personajes, ambiente y paisaje enraizados en esta tierra, en la que «llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas, pero con una infinita paciencia...». Cuenta la historia de un asesinato y una venganza en los tétricos años de la Guerra Civil. Sigue sin marchitarse su modernidad y su incuestionable calidad literaria. Dentro de su obra literaria, enorme, no se puede dejar de destacar dos de ellos catalogados como libros de viajes. Son Viaje a la Alcarria (1948) y Del Miño al Bidasoa (1952), en los que el autor va describiendo el paisaje y las gentes que se encuentra en su camino con la sobriedad de un fino observador y la elegancia de un gran escritor.