Que tres oscurecimientos se puedan ver en pocos años desde un mismo país es algo extraordinario. Como hace cien años, volverá a ocurrir en la península ibérica en el 2026, el 2027 y el 2028
04 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Nosotros lo tenemos claro. El eclipse total de Sol que se verá desde Galicia el próximo 12 de agosto es el evento astronómico, científico y social de la década. Por eso, en esta serie de reportajes de La Voz de la Escuela intentamos trasladarte la importancia de un fenómeno como este y lo afortunados que somos los gallegos de que una cita de este calibre se pueda ver prácticamente desde las puertas de nuestras casas.
Pero, como seguro que habrás oído, el eclipse de este 2026 no viene solo. Lo seguirán otros dos eclipses totales, uno en el 2027 y otro en el 2028, que se podrán ver desde distintos puntos de la Península. El del año que viene recorrerá la zona sur de Andalucía y se verá especialmente bien desde las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. El del 2028 será visible desde un territorio más amplio porque atravesará España en diagonal desde Huelva hasta Valencia, pero sucederá el 26 enero (es decir, en invierno), así que la visibilidad será, previsiblemente, más reducida que en los otros dos.
Estos tres eclipses del 2026, el 2027 y el 2028 convertirán a nuestro país en un foco de atracción para los aficionados a este tipo de fenómenos que acuden a las ciudades desde donde la totalidad del fenómeno es del 100 % para poder vivir la experiencia completa.
Que se puedan ver tres eclipses en un período de apenas unos años es algo extraordinario que pocos países tienen la suerte de disfrutar. Pero, a decir verdad, no es la primera vez que algo así sucede en España. Hace algo más de un siglo nuestro país ya vivió una experiencia similar por la concurrencia de varios fenómenos como este en pocos años. En concreto, fue entre 1900 y 1912 cuando se sucedieron tres eclipses de enorme relevancia. A continuación te contamos la historia, la importancia y algunas anécdotas de cada uno de ellos.
28 de mayo de 1900
Este eclipse comenzó a verse en Estados Unidos y después de cruzar el Atlántico recorrió la península ibérica en una franja que iba desde el sur de Oporto hasta Alicante, con una duración que en ningún caso superó el minuto y medio. En Galicia, por tanto, se vio como un eclipse parcial, es decir, que la Luna no llegó a cubrir por completo el Sol.
A finales del siglo XIX los eclipses totales ya se habían convertido en un fenómeno científico y social que convocaban a decenas de astrónomos y a miles de curiosos que se desplazaron hacia la zona de totalidad. Solo a Navalmoral de la Mata (Cáceres) llegaron ese mismo día más de 4.000 viajeros procedentes de Madrid a bordo de trenes especialmente fletados para la ocasión.
A España se desplazaron, entre otros, los astrónomos Norman Lockyer (coautor del descubrimiento de un nuevo elemento químico en el Sol, bautizado con el nombre de helio) y Camille Flammarion, sin duda el astrónomo más popular del momento, cuya obra de divulgación se había editado también en castellano. Como anécdota, las únicas astrónomas profesionales de cuya visita tenemos constancia fueron las británicas Jessie McRae y Lady McClure.
De esta ocasión nos ha quedado también la primera grabación cinematográfica de un eclipse, registrada por el mago británico y pionero del cine Nevil Maskelyne a su paso por Estados Unidos. Es un vídeo de poco más de un minuto en el que se aprecia perfectamente (pese a la calidad de imagen de la época) cómo, cuando el Sol y la Luna se alinean, se crea un anillo de luz perfecto en torno al satélite.
30 de agosto de 1905
A finales del verano de 1905 un nuevo eclipse volvió a cruzar España, en este caso con una trayectoria muy parecida a la del que tendremos en el 2026, aunque un poco desplazada hacia el norte. Las ciudades de A Coruña y Lugo quedaron dentro de la franja de totalidad y pudieron disfrutar de más de un minuto de ocultación del Sol.
En otros lugares la duración de la totalidad casi alcanzó los cuatro minutos, lo que lo convirtió en un eclipse espectacular. Al día siguiente, la crónica de La Voz de Galicia dejaba constancia de que en la ciudad herculina los aficionados que se habían desplazado para verlo habían celebrado la fase de totalidad con aplausos. Además, se relataba que búhos y otras aves revolotearon en el instante en que el cielo se oscureció por completo.
Tras su paso por Galicia, la sombra de la Luna se desplazó a gran velocidad en dirección al este, cruzando buena parte de la península ibérica. A su recorrido se habían acercado numerosos curiosos y no pocas expediciones científicas procedentes de Europa y de América. Un buen número de estos expertos se congregaron en Burgos, donde, además, se hizo la primera observación de un eclipse desde globos aerostáticos. Fueron nada menos que seis aeronautas a bordo de tres globos, bautizados Júpiter, Marte y Urano, los que se elevaron a unos cuatro kilómetros de altura para estudiar el fenómeno desde el aire. El evento quedó retratado en una fotografía que puedes ver en el cuadro morado de estas páginas.
Lo cierto es que los globos aerostáticos y los eclipses ya habían aparecido juntos en los titulares de la prensa internacional con anterioridad. Fue en 1870, cuando el astrónomo francés Jules Janssen se encontraba atrapado en París porque las tropas alemanas estaban rodeando la ciudad durante la guerra entre Francia y Prusia. Janssen logró burlar el asedio alemán a bordo de un aerostato. Su objetivo podría haber sido escapar de la hambruna y los bombardeos que estaba sufriendo en la ciudad. Pero no. Lo que quería era, precisamente, poder observar el eclipse total que iba a poder contemplarse a los pocos días en Argelia (norte de África). Lamentablemente, Jenssen se encontró con que el día del fenómeno el cielo estaba encapotado y no disponía de otro globo con el que poder elevarse sobre las nubes.
17 de abril de 1912
En 1912 tuvo lugar el tercero de los eclipses visibles desde España en pocos años. En esta ocasión fue un eclipse de tipo híbrido, que se ve como anular durante casi todo su recorrido, pero en la parte central se aprecia como total. Los eclipses híbridos se producen cuando las distancias relativas entre la Luna, el Sol y la Tierra hacen que el disco lunar aparezca solo un poco más pequeño que el solar. En esas condiciones tenemos un eclipse anular justísimo, pero en el centro de la trayectoria de la sombra el abombamiento de nuestro planeta hace que la superficie terrestre se acerque un poco más a la Luna y que, durante unos segundos, nuestro satélite llegue a cubrir por completo el Sol. Podríamos decir que los eclipses híbridos son una consecuencia de la curvatura de planeta, y por sí mismos bastarían para descartar la posibilidad de una Tierra plana. Son bastante raros, y de media hay uno cada dos siglos.
En este caso, el eclipse comenzó siendo anular en Venezuela, se convirtió en total frente a la costa de Lisboa y se mantuvo así a lo largo de una estrecha franja de apenas un kilómetro de ancho que cruzaba el norte de Portugal, Galicia y Asturias. Luego volvió a convertirse en anular al atravesar Francia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania y Rusia.
Este eclipse también fue observado desde el aire por Victor Hess, un físico austríaco que estudiaba el origen de una misteriosa radiación que se podía registrar en cualquier lugar del planeta. Hess había encontrado durante varias ascensiones en globo que la radiación aumentaba con la altura, pero necesitaba repetir sus experimentos durante un eclipse para descartar que tuviera su origen en el Sol. La ocultación de abril de 1912 le proporcionó la oportunidad que necesitaba, y sus resultados demostraron la existencia de lo que hoy conocemos como rayos cósmicos, un fenómeno que procede de fuentes dispersas por todo el firmamento.
De la observación de este eclipse también nos ha quedado uno de los tópicos (memes, que diríamos hoy) que suelen acompañar a estos eventos. En París, un reportero de Le Figaro recogió la exclamación de una mujer que comparaba el último destello del borde del Sol con el brillo de un anillo de compromiso. Años después, otro periodista en Nueva York volvió a utilizar esta metáfora, y desde entonces no se describe un eclipse de Sol sin hacer referencia al anillo de diamante que aparecería justo antes o después de la fase de totalidad.
Las observaciones de Josep Comas Solá
El catalán Josep Comas fue el astrónomo y divulgador más reconocido en España en la primera mitad del siglo XX. Durante el eclipse de 1905 se desplazó desde Barcelona a Castellón para hacer varias observaciones, entre ellas la grabación en película cinematográfica de la fase de totalidad. Varias de las medidas que tomó supusieron un éxito y aportaron conocimiento a la historia de la astronomía. Sin embargo, los 25 metros de película que había preparado para registrar la fase de totalidad no fueron suficientes. Se agotaron justo un minuto antes de que la Luna ocultase por completo al Sol.
Comas comenzó entonces a planear la observación del eclipse de 1912, aunque este resultaba mucho más complejo de contemplar por tratarse de un eclipse híbrido con una duración máxima estimada de tres segundos y visible solo desde una franja estrechísima, de apenas unos cientos de metros. Durante los años previos dedicó innumerables esfuerzos a calcular el lugar y momento más adecuados para la observación. Finalmente, determinó que el mejor punto de España para estudiar el eclipse era O Barco de Valdeorras, en Ourense. Comas presupuestó la expedición en 3.000 pesetas, pero los responsables del observatorio solo le concedieron la mitad. Aun así, el catalán siguió adelante con el plan y viajó a Galicia.
El día del eclipse casi todo salió como se esperaba. Desde «un punto situado en la orilla derecha del Sil, en medio de un paisaje soberbio, limitado al sudeste por los montes Cantábricos, cuyas cimas aparecían cubiertas de níveos mantos», escribió el científico, la totalidad apenas pareció durar un instante.
El propio astrónomo reconoció en su informe posterior que el punto de observación escogido se encontraba un poco al norte del lugar ideal. Hoy sabemos que perdió la oportunidad de observar la totalidad de aquel eclipse por tan solo unos centenares de metros.