Hoy hablamos del biometano, una fuente de calor que proviene de los restos de comida que desechamos en nuestras casas
22 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.¿Alguna vez te has preguntado a dónde van los restos de comida que tiramos en los contenedores marrones? ¿O qué se hace con los desechos que producen las granjas y las fábricas de alimentos? Son muchos los caminos que pueden recorrer estos residuos, pero hoy vamos a hablar de uno de ellos. Uno que es circular, sostenible y que puede hacer que estés más a gusto en tu casa este invierno.
Y es que seguro que no sabías que los residuos urbanos e industriales también pueden ser una fuente de energía. En concreto, pueden servir para generar biometano, que es un gas prácticamente igual que el gas natural (ese que sirve para encender las cocinas y la calefacción de los hogares), pero renovable.
Entenderás mejor este proceso en el siguiente gráfico, donde se puede ver por qué decimos que este camino es circular: empieza y acaba en tu casa.

Un ciclo sin fin
El primer paso es recolectar los residuos orgánicos que generamos todos los días y transportarlos a la planta de tratamiento. Allí, en muchas ocasiones, deben procesarse y triturarse para obtener trozos más pequeños y manejables.
Ignacio Cabané, el responsable de la actividad de conexiones para inyectar gases renovables de Nedgia (la distribuidora de gas natural de Naturgy) lo explica con una metáfora muy fácil de entender: «Hay que pensar que en la planta hay un digestor, que es como un estómago. E igual que nuestra boca tritura los alimentos antes de tragarlos, muchas plantas también tienen que hacer un tratamiento de los residuos antes».
Así que una vez preparados todos esos restos de comida, residuos agroalimentarios y purines (excrementos de animales), la materia orgánica ya está lista para entrar al digestor, donde permanecerá durante días. «Dependiendo de lo que se introduzca puede estar entre 15 y 60 días, porque hay algunos residuos que son más difíciles de digerir que otros. Lo más normal es que esté entre tres y cuatro semanas», nos cuenta el experto.
Dentro de ese gran estómago hay, igual que en el nuestro, bacterias que se encargan de transformar los residuos. Una vez han hecho su trabajo, el resultado son dos productos: el digestato y el biogás. El primero son, básicamente, los excrementos que se producen en este sistema digestivo. Sin embargo, estos no son nada desechables. «Son ricos en nitratos, pueden tener fósforo, potasio... Es decir, son una materia que se puede utilizar como producto fertilizante en el campo», explica el experto. El segundo, el biogás, es lo que se convertirá en fuente de energía.
Pero, si se llama biogás, ¿por qué no se puede usar directamente como si fuera gas natural? «El biogás está compuesto por metano (CH4) y dióxido de carbono (CO2). Así, tal cual, es un producto más sucio y con menos poder calorífico. Por eso es mejor limpiarlo y quedarnos solo con el biometano», responde Ignacio.
El biometano es «exactamente igual que el gas natural», afirma. Es más, circula por los mismos conductos para llegar a nuestros hogares. «Esto es muy importante porque estamos sustituyendo un gas de origen fósil por uno renovable sin tener que cambiar infraestructuras, es decir, sin tener que invertir», añade.
Restando CO2
En el proceso de limpieza del biogás entra en juego el CO2, que seguro que te suena porque es uno de los gases que más se relacionan con el cambio climático. «El CO2 en sí no es malo. El problema es el que se genera cuando usamos combustibles fósiles, que son los que provienen de materia orgánica que lleva millones de años enterrada bajo tierra. Ese CO2 no está en la atmósfera actual, se lo estamos añadiendo al extraer y quemar esos residuos».
El CO2 que se extrae del biogás proviene, sin embargo, de la materia orgánica que estamos consumiendo a día de hoy. «Es el de las plantas, animales y alimentos que nos rodean. Por eso cuando producimos biometano, el dióxido que hay en el biogás podemos liberarlo a la atmósfera sin problema. Porque es el mismo que ya existía antes», explica Cabané.
«De hecho —añade el experto— hay fábricas que en vez de liberarlo lo capturan para que después pueda ser utilizado en la industria. Es útil, por ejemplo, en hospitales, para producir medicamentos, para producir bebidas... Es decir, que al extraer y capturarlo, este proceso tiene un impacto positivo en nuestro entorno porque estamos reduciendo CO2 de la atmósfera», concluye.