Las cinco claves del debate a cuatro del 13J

Picos de tensión en un larguísimo duelo dialéctico en el que los líderes del cuatripartidismo se atrincheraron en sus posiciones y dibujaron un difícil escenario para pactos tras el 26J


Redacción

Llegó el día del debate entre los líderes del cuatripartidismo. En la campaña del 26J sí se pudo vivir el duelo dialéctico que hurtó Mariano Rajoy en la carrera hacia las urnas del 20D. Durante dos horas y media el líder del PP y los candidatos de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos a la presidencia dibujaron, en un programa muy encorsetado, lleno de tacticismo, un difícil escenario para los posibles pactos que deben evitar una nueva repetición de las elecciones generales en España. Están son las cinco claves:

El ritmo de Rajoy

La campaña del 26J no es igual a la del 20D. Los seis meses en los que no se pudo alcanzar un pacto para formar Gobierno pesan como una losa. Se notó en los días previos, donde solo algunas polémicas y anécdotas saltaban a los titulares, y se hizo muy evidente en el debate. Los cuatro candidatos llegaban atrincherados. Y no se movieron de sus posiciones. Nadie quería perder. Nadie esperaba ganar. Por eso pasó lo que pasó. Y el debate fue aburrido.

Rajoy pintó una España en positivo y por momentos intentó pintar a sus jóvenes rivales como inexpertos. Usó hasta la extenuación su promesa de crear dos millones de puestos de trabajo, llevó la pelota a su terreno e intentó dormir el debate. Atacó sobre todo a Pedro Sánchez -«sería usted un pésimo presidente»- y a Rivera -rival directo en su búsqueda de un mismo electorado-, pero no se cebó con Iglesias, aunque Grecia y Tsipras pudieron haber sido trending topic por la cantidad de menciones acumuladas.

El líder del PP sufrió cuando el debate alcanzó su clímax en el bloque dedicado a la corrupción. Los otros tres candidatos cuestionaron su permanencia en la presidencia del Gobierno. Aunque Iglesias proclamó que Rajoy era el enemigo, los más duros fueron los líderes de Ciudadanos y del PSOE. Nadie le llamó «indecente», pero por momentos soportó un duro asedio. Salieron a pasear los nombres de Bárcenas y el resto de grandes escándalos que afectan al PP, pero no se hundió. Sabe encajar. Y más en un debate de perfil bajo.

El tono institucional de Iglesias

No es casualidad. Las encuestas pronostican que Unidos Podemos puede ser la segunda fuerza política tras el 26J. Y Pablo Iglesias -sin corbata ni chaqueta- se vistió el traje de alternativa de Gobierno y mantuvo un tono moderado y constructivo, casi institucional. Es un clásico de las campañas, el politólogo madrileño, cuyos índices de rechazo son elevados en las encuestas, deja la soberbia en casa y esgrime una sonrisa permanente. El líder de Podemos atacó a Rajoy y tuvo alguna enganchada con Rivera, pero evitó la confrontación con Sánchez, a quién le dirigió en numerosas ocasiones este mensaje: «El adversario es Rajoy, Pedro, el adversario es Rajoy».

La amargura de Sánchez

El socialista, con los sondeos en contra y posible víctima propiciatoria de la polarización entre derecha e izquierda, sí buscó el cuerpo a cuerpo tanto con el líder del PP como con el de Unidos Podemos. Sánchez necesita movilizar a antiguas bolsas de votantes socialistas y a los indecisos. A ellos les dedicó su alocución final. Antes mostró su amargura por no haber sido investido presidente en su fallida investidura. Ese espíritu impregnó todas sus intervenciones dedicadas a Pablo Iglesias, a quién llamó «intransigente» y a quién intentó erosionar con los casos de la beca de Íñigo Errejón y el caso Monedero.

No atacó a su antiguo aliado, Ciudadanos, y fue muy duro con Rajoy. Tuvieron varios encontronazos. El socialista quiso diferenciarse de los populares y espantar el fantasma de una gran coalición con el PP. Precisamente la que propugna Rivera.

El veto de Rivera a Rajoy

El líder de Ciudadanos fue uno de los más activos sobre el atril. Tal vez porque las encuestas no le dan más apoyos que en el 20D, porque ocupa una posición central en el espectro político y porque su partido sufre en las campañas, Rivera buscó el protagonismo atacando a diestra y a siniestra. Dejó para el recuerdo varios rifirrafes con Rajoy  y agitó el fantasma de un posible veto al pontevedrés tras el 26J. Sacó un papel con el famoso «Luis, sé fuerte». Y reprochó a Rajoy que piense «que el sillón está por delante de España». Le dice «de corazón» que España necesita un nuevo Gobierno y que reflexione y se aparte tras el 26J.

También atacó con fuerza a Iglesias, al que acusó de querer «derogarlo todo» y a quién afeó sus supuestos lazos con Venezuela -el país americano no tuvo el protagonismo esperado-, sus políticas sobre la enseñanza concertada y sus propuestas de subida de impuestos y gasto público, entre otros asuntos. Rivera le hablaba a los indecisos del centro derecha. Necesita recuperar ese espacio si quiere incrementar la representación de Ciudadanos en el próximo Congreso y poder ser llave de Gobierno. Lo tiene difícil. La polarización puede perjudicar a los dos partidos que ocupan las posiciones centrales del espectro político.

El fantasma de las terceras elecciones y los pactos

Lo dijeron ayer todos los candidatos. Nadie quiere unas terceras elecciones. Dos de los aspirantes a presidir un futuro Gobierno, Iglesias y Sánchez, hablaron de Cambio. Con mayúsculas y en singular. Otro, Rivera, habló de cambios. El matiz es importante. Lo dijo Iglesias y lo dicen las encuestas. No habrá mayorías absolutas y para después del 26J parece que solo hay dos opciones: un gobierno liderado por el PP con el apoyo o el consentimiento del PSOE y tal vez Ciudadanos; y un ejecutivo de izquierdas encabezado o por el PSOE o por Unidos Podemos.

Este panorama condicionó el debate. Dictó las estrategias. Y dejó muchas incógnitas. Cuando fueron preguntados sobre los pactos, tanto Rajoy como Sánchez eludieron responder directamente. El pontevedrés lo tiene muy difícil si no mejora mucho el resultado del 20D. Sobre su figura planean dos vetos. El del PSOE y el de Ciudadanos. Rivera defendió una gran coalición con PP y PSOE, pero dejó entrever que no apoyarían a Rajoy. El socialista ha rechazado por activa y por pasiva que no le votaría nunca, pero no está muy claro que si el partido del puño y la rosa acaba tercero él siga al frente de la formación. Si son segundos, el panorama cambia. Tal vez Iglesias entonces repetiría una oferta de alianza muy difícil de encajar. En todos los escenarios, visto lo visto en el debate, parece claro que cualquier posible gobierno llegará con un cambio de liderazgo en alguno de los cuatro partidos. Eso tiene un precio. Veremos quién está dispuesto a pagar.

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