Las elecciones gallegas derriban la nueva política con una mayor concentración de voto

El Parlamento de Galicia se queda con tres fuerzas, la mitad que la media en otras comunidades


santiago / la voz

Galicia, además de señalar a Feijoo como el gran vencedor en las elecciones del domingo y a la nacionalista Ana Pontón como principal alternativa, le ha dado una radical marcha atrás al tablero político estatal y autonómico desmarcándose de la tendencia del multipartidismo que se abrió en España en el 2015, que se consolidó en los comicios catalanes del 2017 y en las andaluzas del 2018, y que se disparó definitivamente en las autonómicas del año pasado.

La nueva política, que medró en torno a un votante decepcionado por la corrupción y el enfado ciudadano por la crisis, ha fracasado estrepitosamente en Galicia, que ha confiado sus 75 escaños a dos partidos con liderazgos fuertes (PPdeG y BNG) y a una formación histórica como el PSdeG, barriendo del mapa a otras marcas que hace solo unos meses sumaban decenas de miles de votos en las diferentes convocatorias.

Esa nueva generación de dirigentes y formaciones tienen nombres propios y resultados para una tesis doctoral. El caso más impactante es el de Galicia en Común, heredera oficiosa del primer laboratorio rupturista que fue Alternativa Galega de Esquerda y que tanto llamó la atención de un desconocido politólogo y activista madrileño llamado Pablo Iglesias. Esquerda Unida, que era el ancla tradicional de esta formación que trató de tejer en Galicia los intereses de la extrema izquierda estatal, el nacionalismo escindido del Bloque e incipientes movimientos urbanos municipalistas naufragó con En Marea, que hace solo cuatro años se quedó a cuatro escaños de gobernar la Xunta, los que le sobraron a Feijoo. Hoy, Galicia en Común, con Podemos como cabeza tractora tras unas luchas internas sin cuartel, está a cero en el casillero de O Hórreo y la influencia municipal ha quedado diluida tras las elecciones del año pasado.

Los sobres de Albert Rivera

Ciudadanos es otro ejemplo. Hace cuatro años llamó a la puerta de los gallegos con sobres en los que aparecía el rostro de Albert Rivera, ignorando a su candidata, Cristina Losada. Con una gestión interna trufada de bandazos y destituciones, el fundador ya no está y a la formación gallega no se le espera, después de recibir 9.700 votos y reunir un 0,75 % de las papeletas. Su negativa a asumir una integración en el PP de Feijoo sin comprometer su mayoría ha dejado a la formación naranja desarmada. Tras el fiasco en Galicia no es descartable que vuelva a tener un revés en las autonómicas catalanas del último trimestre del año.

Vox, por su parte, que alcanzó su mayor éxito en Galicia en las generales de noviembre del 2019 —115.000 votos— sigue sin concejales ni diputados en Madrid o en Santiago, imposibles de conseguir con las 26.500 papeletas del domingo, que demuestran que tiene una base de votantes dispuesta a regresar al PP cuando huelen a victoria o está en juego una mayoría conservadora.

Y mientras Galicia concentra el voto en los tres partidos de siempre, el resto de parlamentos autonómicos tendrán tres años por delante de multipartidismo. La media de representación en las comunidades es de seis partidos, con casos extremos como los de Baleares, con nueve formaciones, o Asturias, con ocho, una división que contrasta con su peso demográfico. Solo Castilla-La Mancha tendrá una estructura similar a Galicia, con el PSOE gobernando con mayoría (19), y PP y Cs en la oposición (14).

La nueva Cámara, el 7 de agosto, y la investidura de Feijoo, a finales de ese mes

Feijoo y el portavoz del grupo parlamentario popular, Pedro Puy, tienen una conversación pendiente para fijar el calendario que servirá para activar la Cámara gallega, que tiene su propia dinámica, pero que está ligada inevitablemente a un nuevo Ejecutivo que debiera estar conformado a principios de septiembre, con el inicio del curso.

El propio decreto de convocatoria de elecciones fija el 7 de agosto como fecha de constitución del Parlamento, con la presentación de credenciales previa, la toma de posesión de los 75 diputados, el inicio de consultas, las primeras negociaciones informales para las comisiones que marcarán en adelante el ritmo de trabajo y, sobre todo, la propuesta de un candidato a la Presidencia de la que deberá informar el titular de la Cámara, también pendiente de nombramiento.

El presidente de la Xunta continuará en funciones hasta su toma de posesión, que suele celebrarse tras tres sesiones consecutivas que podrían encajarse en torno al 20 o al 27 de agosto, con más probabilidades para la segunda fecha para dejar cierto margen para las vacaciones y alejar así las jornadas previas de preparación del fin de semana con más fiestas de Galicia, el del 15 y 16 de agosto.

Atendiendo a la tradición, Feijoo podría señalar su toma de posesión para el 29 de agosto, siempre en sábado, lo que le dejaría esa tarde para hacer las llamadas definitivas y confirmar personalmente la configuración de su próximo gabinete, en el que no se esperan grandes cambios, ya que el líder popular diseña las listas situando a sus conselleiros en los primeros puestos para que los resultados sean un aval a su gestión. El anuncio se haría un domingo y la toma de posesión del nuevo Ejecutivo sería un lunes, el 31 de agosto o, como muy tarde, el 7 de septiembre, para no chocar con el inicio del curso académico y el período de sesiones en el Parlamento, que arranca el día 15.

La participación cae más de cuatro puntos, a la espera del voto exterior

La participación en Galicia la noche del 12J se quedó casi cinco puntos por debajo de la registrada en el 2016, cuando el 63,7 % de los residentes en la comunidad acudieron a votar. El domingo ejercieron su derecho al sufragio el 58,8 %, más de 1,3 millones de personas. La situación sanitaria apenas influyó en la asistencia a los colegios electorales, como sí lo hizo ese mismo día en el País Vasco, donde la caída fue de ocho puntos.

A partir del lunes comenzará el recuento de los votos emitidos desde el extranjero, que supondrán un incremento de la abstención debido al bajo número de papeletas enviadas. La participación total hace cuatro años se redujo en más de diez puntos tras contabilizarla, cayendo de ese 63,7 % al 53,6 final.

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