El efecto electoral de la crisis sanitaria, un misterio para la ciencia política

Sus consecuencias sí podrían generar desgaste a medio plazo, pero en pleno desarrollo podría afianzar a los líderes consolidados en el poder

Las municipales francesas reforzaron a líderes consolidados como Anne Hidalgo con una bajísima participación
Las municipales francesas reforzaron a líderes consolidados como Anne Hidalgo con una bajísima participación

redacción

La fórmula de Michael Lewis-Beck y Mary Stegmaier no siempre se cumple. Esa ecuación que dice que los buenos tiempos mantienen a los partidos en el Gobierno, y que los malos tiempos los echan fuera. Se cumplió en las elecciones generales del 2011, en la que el crack del 2008 echó a los socialistas del poder y dio al PP de Mariano Rajoy su mejor resultado histórico en número de escaños. Pero en una crisis compleja como la del coronavirus, donde no solo hay víctimas de la economía, sino víctimas mortales, en la que los ciudadanos renuncian a su libertad para salvar vidas, el efecto sobre las elecciones es en cierta medida una incógnita. No existen precedentes para intuir por qué camino discurrirán los comportamientos electorales.

Ernesto Pascual, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Barcelona, incide en un aspecto crucial, que convierte a las elecciones gallegas y vascas en pequeños laboratorios de investigación política. Salvo por las municipales francesas, donde líderes consolidados o favoritos en las encuestas como Anne Hidalgo revalidaron el poder, «vivimos una situación que no está aún en los parámetros de la ciencia política». «Lo que sí sabemos es que ante una situación de incertidumbre la gente busca la seguridad, y esa seguridad la puede otorgar el Partido Popular, que ya estaba gobernando». Pascual matiza que, si hay gente descontenta con la gestión de la pandemia, «las previsiones podrían variar».

A esta lógica incertidumbre hay que añadir el efecto que tendrá en los resultados una abstención más alta «por el miedo al contagio», comprobada en la segunda vuelta de las municipales francesas, donde alcanzó la cifra récord del 55 %, aunque no sucedió lo mismo en países como Polonia. «La gente ha vuelto a los restaurantes, a los hoteles, pero también hay mucha gente con cierta reticencia a ir, y en las elecciones puede pasar tres cuartos de lo mismo», afirma. «Lo normal sería que viéramos una reelección de Feijoo con una baja participación y con una movilización del voto clientelar de cada uno de los partidos, con la posibilidad de que un movimiento transversal pudiera variar las circunstancias».

Exceso de confianza

El exceso de confianza no parece una buena fórmula en casi ningún caso. Winston Churchill perdió las primeras elecciones después de haber sido clave en la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Su estrategia de ningunear a su contrincante laborista, Clement Attlee, se volvió en su contra, con frases que evidenciaban una cierta soberbia, como aquella vez que dijo que había visto pasar un taxi vacío y que de él había surgido Attlee, que con el tiempo fue el constructor del estado del bienestar británico. El sufrimiento de la guerra había acabado y los británicos querían una administración que se preocupara por su vida corriente.

En el inédito contexto actual, la calidad de la gestión de los gobernantes sería obviamente decisiva, pero el Gobierno de la Xunta no podía tocar todas las teclas, pues el Estado se convirtió en autoridad prácticamente única. Y quizás solo una acción política catastrófica podría tener efectos electorales claros, aunque las mayorías absolutas ya solo sean una característica endémica de la política gallega. Miguel Anxo Bastos, doctor en Ciencias Económicas y profesor de Ciencia Política de la USC, describe esos dos momentos tan diferentes que se viven durante una crisis. «Normalmente las crisis refuerzan al que gobierna. Pero en sus momentos más duros». «Ese estado de gracia puede acabarse cuando la situación excepcional termina y se tienen que afrontar las consecuencias». Es decir, durante el proceso crítico se reforzarían los gobiernos del momento, que después pagarían en diferido las consecuencias de la crisis. Esto es algo que se vivió en las elecciones del 2005, en las que Fraga perdió por las consecuencias retardadas de la gestión del Prestige a partir de noviembre del 2002. En las municipales del 2003 no hubo movimientos relevantes en el comportamiento electoral, ni siquiera en los concellos de la Costa da Morte, la zona más afectada por el vertido. El desgaste se evidenciaría en las autonómicas que se celebrarían dos años después.

Imprevisibilidad

Bastos resalta el factor de imprevisibilidad que siempre acompaña a cualquier proceso electoral. «Unas elecciones siempre están de algún modo abiertas. Puede pasar cualquiera cosa que las altere. Un escándalo, un accidente, un atentado, un rebrote... Nada impide que muchos votantes puedan cambiar su voto en cualquier momento incluyendo el mismo día de la votación y por cualquier causa».

Esta prevención debería estar siempre en la mente de los que ganan en las encuestas. Como sabe muy bien Rajoy, los atentados del 11-M en el 2004 cambiaron radicalmente las perspectivas que ofrecían las encuestas. Tuvo lugar uno de los mayores vuelcos electorales que se recuerdan en un período de tiempo tan reducido.

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