Rivera dimite como presidente de Cs,  renuncia a su acta y abandona la vida política

El 10N se cobra su primera pieza tras un desplome de 47 diputados en solo seis meses que solo tiene una explicación en sus desmedidas prisas por llegar a La Moncloa

En streaming: Albert Rivera comunica su dimisión

Madrid | La Voz

Albert Rivera presentó este lunes su dimisión como presidente de Ciudadanos, la renuncia al acta de diputado que le correspondería para la siguiente legislatura y su abandono de la vida política.

«Voy a ser mejor padre, mejor hijo y mejor pareja», comentó en su comparecencia en la sede del partido entre las lágrimas de Inés Arrimadas, Begoña Villacís y otros miembros de la ejecutiva. A ellos les adelantó unos instantes antes que «asumiría responsabilidades» por unos resultados nefastos imposibles de digerir de cualquier otra manera que no sea su salida, ya que la formación naranja se desplomó desde los 57 escaños a los 10, una caída del 82,5%. Para hacerse a la idea del despeñamiento, en Cataluña pasó de ser la fuerza más votada a la octava posición en menos de dos años.

El hasta ahora presidente de Ciudadanos trazó un paralelismo con los banquillos deportivos: «Los éxitos son de todos, pero los fracasos del líder. Sea justo o injusto, es lo responsable. En mi casa me enseñaron mis padres, en las aulas los profesores y en las aguas los entrenadores», dijo, recordando su pasado como jugador de waterpolo.

 

Casi de la noche al día, Rivera pasó de ser un abogado de una entidad financiera que en su tiempo libre jugaba al waterpolo a convertirse en uno de los principales líderes políticos del país gracias al éxito de su discurso contra el independentismo catalán. Pero si su ascenso fue meteórico, su desplome fue todavía más acusado. Una auténtica caída libre.

La primera, y salvo sorpresa única víctima que depararán las elecciones del 10N llega tras dos torpes errores estratégicos con la misma naturaleza: su excesiva prisa por llegar a la Moncloa.

«No podemos dividir a los españoles entre rojos y azules», aseguró en su comparecencia de ayer en la que anunció su salida. Sin embargo ha quedado constatado que los ciudadanos españoles le han hecho pagar el pato del bloqueo político. Con el cordón sanitario que levantó sobre el PSOE tras el 28A, Rivera, que presumió hasta los últimos días de liderar una fuerza de centro capaz de tender puentes a izquierda y derecha, en la práctica se estaba alineando con los azules. Todas las encuestas reflejaban que tanto sus votantes como la gran mayoría de españoles contemplaba un acuerdo de coalición entre el PSOE y Cs como la opción menos mala para el país. Rivera, movido por su ambición de destronar a Casado como líder en el centroderecha, lo descartó por completo. Hasta se negó en tres ocasiones a reunirse con el presidente del Gobierno para explorar un acuerdo. Además de laminar buena parte de su autoproclamada imagen de hombre de Estado, su tozudez generó la primera gran crisis dentro del partido que se saldó con la salida de los críticos. No había otra solución posible en una formación con un hiperliderazgo tan destacado. El error fue mayúsculo. En solo seis meses pasó de estar a 9 escaños del PP a los 78 actuales, unos pésimos resultados en los que también han influido una campaña a la desesperada, con su perrito y su trozo de adoquín en el debate.

Tampoco hace falta remontarse mucho en el tiempo para encontrar su otro gran error estratégico. En mayo del 2018 Rivera rozó la Moncloa con la yema de los dedos, pero solo en las encuestas. El momento político en el que se fraguó la moción de censura de Sánchez le otorgaba a Cs un grandísimo incremento en la intención de voto. De hecho, fue Rivera el que acabó con Rajoy al meter el miedo en el cuerpo a un decisivo PNV al asegurar que forzaría una moción instrumental para llamar a urnas. Pero acabando con Rajoy dio alas a Sánchez, que por entonces no tenía ni escaño en el Congreso. Otra vez las prisas. Lo cierto es que tampoco se dilató mucho en renunciar a sus cargos tras el 10N.

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