Agustín Zamarrón: «Siempre he sido un personaje pintoresco en mi ciudad»

El diputado de mayor edad del Congreso, que se hizo célebre por su parecido a Valle Inclán, vuelve a estar en las listas socialistas para las elecciones del 10N


Redacción / la voz

«Diga, diga,... diga lo de Valle-Inclán, que usted es gallego». Agustín Zamarrón pone las cosas fáciles. El diputado socialista que ejerció como presidente cuando se conformó el último parlamento por ser la persona de más edad (73 años), sabe perfectamente el interés que despertó su aspecto cuando presidió la última constitución del Congreso. Repite en estas elecciones en las listas del PSOE

-Lo llaman «el Valle-Inclán del Congreso» en lugar de por su nombre. ¿No le choca verse convertido en una especie de personaje mediático?

-No, la verdad. Siempre he sido un personaje pintoresco en mi ciudad. Cuando vine aquí los niños de las escuelas corrían detrás de mí llamándome «¡Valle Inclán, Valle Inclán!». Me tocaban en la espalda y se marchaban corriendo. Luego, ya pasó [risas]. Pero ya quisiera yo yo tener la altura de un ciudadano universal, altamente peculiar es cierto, pero implicado en el mundo ibérico. Es la persona que revolucionó el teatro con el esperpento. Un teatro plenamente español que representa lo mejor y peor de nosotros. Es la visión de lo peor para darnos cuenta de que debemos de cerrar ese camino.

-¿Le sorprendió su fama repentina?

-Sí, un poco, pero no le di mucha importancia. Pero también me dio la satisfacción, por ejemplo, de poder estar haciendo entrevistas como esta. Cada uno es como es. Aquí, en mi pueblo, soy uno más de los villanos que aquí viven. Todo el mundo me conoce y a nadie le sorprende como soy, ni a mí como son ellos. Lo importante es lograr un discurso que nos permita comunicarnos. Yo he sido médico y siempre lo he hecho. Lo que negocibámos eran asuntos tan serios como la enfermedad y la muerte. En un diálogo en el que yo respetaba la dignidad de su voluntad y ellos la dignidad de mi servicio. 

 -¿Preparado para repetir al mando del Congreso?

-Depende de los electores. En mi partido he sido designado como candidato, pero las cosas no son como en anteriores elecciones. Esto está sometido a la duda. Independientemente de que sea yo el que acuda al Congreso o no, lo deseable es que acudan los mejores ciudadanos que haya. Es lo que los políticos deberíamos ser y no somos. La duda de si voy a ser yo no tiene importancia. Lo que tiene importancia es la duda entera de las nuevas Cortes a constituir y el desarrollo de su actividad 

-¿Le frustró la repetición de las elecciones?

- Mucho. Siento una frustración grande que, como ciudadano, es dolor, tristeza y fracaso. Como político la sensación es de fracaso pleno, de algo que no debería haber sucedido. El mandato constitucional es clarísimo: la obligación de la Cortes es otorgar un gobierno a la nación. No hemos cumplido, como institución ni ninguno de nosotros. Todos tenemos algo que echarnos en cara.

-¿Qué falló?

-La generosidad, la inteligencia y el sentido de la política. No estamos para perder el tiempo. Tenemos problemas muy graves en nuestra propia patria, con quiebras muy profundas. Tenemos problemas muy serios en Europa, donde nos queremos integrar y donde no existe una constitución, porque fracasamos también. Y el mundo está peor. Todo porque no ocupan los puestos políticos más importantes, los mejores dentro de los humanos. Ni Trump ni Putin, ni por abajo. No digamos ya Inglaterra. Con todos esos problemas tenemos de tener un compromiso con nuestra propia nación, con Europa y el mundo entero. 

-¿Cómo ve el tono bronco que preside la política?

-He tenido la posibilidad de ver interiormente aquello. Cuando se ve en el hemiciclo esa actitud lamentable, esa mediocridad, esa listeza torpe del pícaro que apuñala un poco para molestar y destruir… ves mucha representación individual, de oropel, y poca voluntad política. Solo, de vez en cuando, se ven atisbos. Pero después, en los bastidores y en la mayoría de los que están sentados en las bancadas, he conocido lo mejor. En mi partido, pero también en otros. He conocido diputados jóvenes y también diputadas, que representan lo mejor de nuestra nación y luchan mucho por ella. Por ejemplo, la gente que está trabajando en la ley de la eutanasia. Esa gente es importantísima. Deberían tener más juego y más capacidad de representación. Así se haría que las construcción del futuro no sea por enfrentamientos dialécticos, sino racionales donde cada uno apunte lo mejor. Las ideas se enfrentan o, mejor dicho, se confrontan para elegir las mejores y convertirlas en ley común. Mire usted, tal y como corresponde a un médico, yo soy de los que piensa que si la razón de otro es mejor que la mía, me apeo de la mía y la cojo como propia. Ese es nuestro camino. 

-¿Habrá pacto esta vez?

-Si vuelve a haber nuevas elecciones aquí lo que está en quiebra, y esto es gravísimo, la democracia parlamentaria representativa y deliberativa a través de los partidos. Esto llama también a examinarse las entrañas de los partidos y cambiar lo que haya que cambiar, porque o nos salvamos todos o nos condenamos todos. Así que pactos habrá. Si no los hay será la quiebra y el triunfo de los populismos. Y los populismos ya están representados en el Congreso y se llaman Vox. No debía consentirse, en modo alguno, negociar con nadie de esa llamémosle ideología que es la ausencia de la ideología democrática, la destrucción de nuestra organización y estructura de estado. Eso es fundamental. ¿Cómo puede ser el pacto? ¿De gobierno? Bueno. ¿De dejar que haya gobierno? Bueno. Pero tiene que haber pacto. 

—¿Qué le pareció el debate del lunes?

—Pues que muestra nuestra situación. No es elegante que yo haga atesoramiento de lo propio y negación de lo ajeno. Todos pusieron de su parte. Lamento que se haga como una búsqueda de votos. Lo que se tiene que plantear es un proyecto que a todos nos ampare y nos ilusione, que constituya una verdadera patria. Un grandísimo problema es el catalán, pero el artículo 2 de la Constitución lo dice claramente: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Esto es un credo. Dejémos de usarlo para tirárnolos a cabeza, discutiendo la semántica de las palabras. Es tan claro como puede serlo. Tenemos que luchar porque desaparezcan naciones identitarias en sentido restrictivo. Hay que fomentar las naciones en el sentido universal, que permitan a todos acoger y acogernos.

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