Casado organiza un referendo sobre Sánchez con un exhaustivo marcaje

Centró todos los ataques en el rival socialista para consolidar la idea de que él es la única alternativa


santiago / la voz

Tras escuchar las reglas del juego por parte de los moderadores, Pablo Casado intentó trasladar a las casas de los españoles las suyas propias. El líder del PP planteó el debate a cinco como un referendo sobre Pedro Sánchez, para asegurarse la posibilidad de salir beneficiado siempre que el vencedor no fuera el presidente en funciones al ser él la «única alternativa» con alguna posibilidad de relevarlo.

El palentino utilizó todas sus intervenciones de peso para atacar con aspereza al inquilino de la Moncloa, y solo empleó las colas de tiempo para las refriegas comunitarias, con unas pocas correcciones a Abascal y algunas disputas más intensas con Rivera en la primera parte que se fueron convirtiendo en un acoso coordinado en la segunda mitad del debate, casi a modo de pinza. Pero de salida fue precisamente su socio natural el que trató de erosionarlo con mayor insistencia por la corrupción del PP, un asunto que Casado despachó alegando que él lleva un año sin tacha en la presidencia del partido. Su problema fue que el episodio surgió en el bloque económico, que en teoría era su momento estelar, y solo le dejó tiempo para repetir el mantra de que la economía y el empleo crecen con los suyos en el poder y que se desploman cuando gobiernan los socialistas.

El todos contra Sánchez se daba por descontado, pero a diferencia de los dos debates de las pasadas elecciones esta vez fue Casado el que lideró el martilleo constante en cada intervención del líder del PSOE hasta hacer incomprensibles algunos de los mensajes que trataba de lanzar. Las interrupciones fueron efectivas, porque consiguió sacarle la palabra a su rival directo en un par de ocasiones, y cuando el barullo le afectó a él fue hábil al repetir las preguntas, que nunca encontraron respuesta de su único interlocutor. Así lo hizo al afear la idea de España de la «nación de naciones», un punto en el que necesitaba colocarle a Sánchez con claridad el sambenito de necesitar aritméticamente a los independentistas.

Formalmente se mostró serio y trató de controlar la sonrisa irónica que tanto daño le hizo en el primer debate de abril. Abusó de una coletilla altiva -«nadie nos va a dar a lecciones...»-, pero al margen de la objetividad del cronómetro fue ganador en número de planos e intervenciones espontáneas.

LO MEJOR

Estuvo muy vivo y replicó a todas y cada una de las alusiones al PP o a su persona para no dejar cabos sueltos. El marcaje a Sánchez fue exclusivo y exhaustivo. 

LO PEOR

Hablar de meter dinero en sobres refiriéndose a la subida de impuestos del PSOE parecía una buena idea como metáfora cercana al ciudadano. Iglesias vio el error y destapó el frasco del pasado corrupto del PP, con el que se relamió Rivera.

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