El retorno de Mariano y el ocaso de Aznar


Tras el batacazo de abril, Pablo Casado ha hecho propósito de enmienda a la totalidad. Empezó por dejarse barba a lo Mariano Rajoy y ha acabado por contratar incluso a los expertos amigos de Obama que condujeron al pontevedrés a su victoria en la repetición electoral del 2016.

El marianismo parece estar más fuerte que nunca. Rajoy salió del ostracismo y ya no es el culpable oficial de la derrota del 28A por su inacción. Ahora, su estilo y hasta sus chistes marcan la hoja de ruta del PP, que seis meses antes eligió la contundencia verbal de Aznar y sus exabruptos para intentar movilizar a la «derechita cobarde» ante el empuje de Vox -autor del mote- y la ola socialista impulsada por las promesas de Pedro Sánchez desde la Moncloa.

El retorno de Mariano al primer plano estuvo precedido por el rescate de Ana Pastor como número dos de Casado en Madrid, por delante del fallido fichaje estelar de los populares en la anterior campaña (Adolfo Suárez hijo) y por el intento de congraciarse con destacados elementos del Gobierno anterior, como Fátima Báñez. «Lo importante es no equivocarse», solía repetir Mariano a sus más cercanos para minimizar riesgos.

Pero el expresidente se ha quitado ya el peso de la púrpura de encima y está en fase de reivindicación propia. A modo de spoiler del libro que lanzará en diciembre para contar su versión de los hechos del Gobierno del PP y la moción de censura, Rajoy predicó en Antequera, en el corazón del socialismo andaluz, parte de sus recetas ante un auditorio entregado: «Hay que decir que los del PSOE aún no han roto nada porque no han sido capaces ni de aprobar unos Presupuestos ni de derogar la reforma laboral, que ahí siguen funcionando. Y menos mal», dijo tras uno de sus trabalenguas habituales.

Rajoy pasará este domingo por Toledo y el martes por Pontevedra para abanderar el sentido común y el pragmatismo como herramientas para combatir el incierto futuro que se avecina. Su pátina de moderación asoma justo cuando en las encuestas más empuja Vox.

Cada escaño que los de Abascal suben en los sondeos altera la hoja de ruta de ese Casado silencioso y prudente que intenta deslizar una imagen presidenciable en campaña. Vox es la última bandera a la que el PSOE -y la izquierda en general- se aferra para intentar movilizar a un aletargado electorado que disfruta del puente de Todos los Santos más preocupado de esquivar los chaparrones que de seguir los discursos de unos políticos que apenas hacen propuestas mientras se intercambian reproches y descalificaciones. Abascal ya es un activo más valioso para la izquierda de lo que fue José María Aznar hace seis meses.

La batalla está en la movilización. Repetir el 75,75 % de participación del 28 de abril suena a utopía. ¿A quién beneficiará?

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