Ciudadanos y Vox, huérfanos de primos

Los primeros espadas de ambas formaciones no parecen interesados en visitar Galicia

 El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la candidata al Congreso por Pontevedra Beatriz Pino, en una visita a Galicia que el líder liberal hizo en marzo
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la candidata al Congreso por Pontevedra Beatriz Pino, en una visita a Galicia que el líder liberal hizo en marzo

santiago / la voz

Si los dirigentes de Ciudadanos y Vox se creyeron la encuesta de Sondaxe que pronosticó dos diputados en Galicia a los de Rivera y cero a los de Abascal, como al final sucedió, algún lumbreras tendría que estar encendiendo todas las luces de alarma en ambos cuarteles generales. Pero seguramente nadie escuchará la alerta en Madrid, porque están con el lío de las credenciales del Congreso y lo de Iceta, que es lo que de verdad les importa.

Las dos fuerzas sumaron en la comunidad 270.000 votos hace tres semanas, propiciando una victoria histórica de los socialistas gallegos, pero la diferencia entre los partidos sólidos y la espuma del mar es que el PSOE sigue surfeando la ola, mientras que sus insospechados aliados de la derecha están debajo de ella dándose un baño de realidad, ya que a día de hoy el arado demoscópico que está peinando las urbes solo les da siete concejales. Y todos de Ciudadanos.

El tiempo siempre es limitado y cada campaña encierra distintos intereses, pero para todos. Por eso resulta increíble que Albert Rivera, Inés Arrimadas o Santiago Abascal, por citar a tres referentes que no tienen otra cosa que hacer en estos momentos que intentar rascar votos e influir en unos cuantos gobiernos, no hayan pisado todavía Galicia y que su presencia siga siendo poco probable, por más que las agendas estén abiertas, como confirman en ambos partidos. La disculpa de que en otras doce comunidades también hay votaciones autonómicas tampoco vale, porque ese pretexto sirve igual para el PSOE y el PP, y sin embargo los equipos de Sánchez, Ábalos, Borrell, Casado o Pastor sí pusieron a Galicia en sus planes, y todos ellos tienen bastantes más ocupaciones.

El sol seguirá poniéndose por Fisterra aunque no vengan. Y a veces resulta forzado ver a líderes nacionales pasar el brazo por la espalda y tratar por el nombre de pila a alcaldables a los que no han visto en su vida, pero es más tremendo todavía que estos paracaidistas o «primos de Zumosol», como los acuñó esta semana un alcalde del cambio huérfano de siglas, se paseen tan solo por las ciudades que huelen a napalm y victoria. Es un problema de gestión de las expectativas, y en Galicia las han tirado por los suelos en solo una semana.

La leve línea ascendente del PPdeG, que con el cronómetro en la mano necesitaría dos meses más de campaña para cumplir objetivos, tiene que ver con esa dimisión anticipada de Vox y Ciudadanos, que deja dos conclusiones. La primera es que los recién llegados erraron en su estrategia de dilatar hasta el surrealismo el nombramiento de candidatos. Y la otra va en diferido, en clave autonómica: Feijoo, que es un primo cachas en sí mismo, ya intuye con buen criterio que va a tener dificultades en el 2020 para contener a la izquierda, con dos de los tres partidos al alza; pero ha conseguido esquivar la letal división del centroderecha, que es un asunto que puede enredar hasta la asfixia a Casado. Por eso el futuro candidato del PPdeG a la Xunta empieza a elegirse el domingo 26.

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