Primeras citas, sin Carlos Sobera


Preparar un debate puede ser algo así como acercarse al folio en blanco de un examen. La jornada previa son necesariamente nervios, cafeína y comida basura. En este momento decisivo no ha lugar a pactos ni con el endocrino. Tres candidatos pasaron el domingo recogidos con sus asesores. Todos, menos Pablo Casado. Para él no hay voto que perder: «Estamos en plena remontada», se le escuchó ayer desde el Cigarral de las Mercedes, provincia de Toledo, exactamente en tierra de nadie. Mientras Casado casi enfermaba de optimismo, los otros se miraban unos cuantos cientos de veces al espejo-espejito. La víspera de estos eventos catódicos es de muecas y de resoplidos. Hay que liberar tensiones. Cuántas veces repetiría Pedro Sánchez ante sus asesores «no es no», «moderación, señores, ofrezco moderación», «jamás habrá un referendo en Cataluña». ¿Y Pablo Iglesias?, ¿andará de bajón por las encuestas?, ¿brotará el cerco de sudor en su camisa, como cuando lograba confundir al oponente con un discurso sobre la lucha de clases? Ay, los tiempos en los que iba a ser vicepresidente, ¿volverán? Albert Rivera merece capítulo aparte. De repente, el ciudadano deseado. Él no, sus presuntos escaños. Un Gobierno de España estará pendiente de sus gestos. Como para no andar gastando espejo. ¿Estrechará la mano a Sánchez, el felón de la derecha?, ¿o se limitará a hacerle ojitos a Pablo Casado? El debate de hoy será una especie de First Dates [primeras citas] pero sin Carlos Sobera. ¿Prenderá la llama del amor? Esperemos que del odio no. De eso, ya tenemos en abundancia.

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