Pulso político, mediático y de orgullos heridos


Redacción

En una cosa tiene razón Pablo Iglesias: los debates electorales tendrían que ser obligatorios. Y al decir obligatorios entiendo que pide, como pedíamos ayer en esta crónica, que estén regulados por ley, con condiciones más claras que las actuales y garantizando todos los derechos: en primer lugar, el de los ciudadanos, para que podamos emitir un voto informado; después, el de los partidos políticos y los candidatos, para explicar y defender sus propuestas y rebatir las de sus adversarios; y por último, el de las empresas y grupos de comunicación, que en estos acontecimientos se juegan prestigio, credibilidad, audiencia y, en el caso de las emisoras privadas, cuenta de resultados.

Como nadie se atrevió a dar ese paso legislativo, pasa lo que pasa: que no hay campaña electoral donde los debates no se conviertan por unos días en asunto polémico central, en detrimento de las ideas. Lo que debía ser una saludable costumbre democrática degenera en algo excepcional que tensa las relaciones políticas, obedece a la estrategia de los comités de campaña y deja demasiado poder al albedrío y al interés del presidente del Gobierno de turno: si ese presidente se niega a un cara a cara, el cara a cara no se celebra. E incluso el debate a cinco de Atresmedia no se hubiera ni planteado si el señor Sánchez lo hubiera rechazado desde el inicio.

Pero lo que está ocurriendo en estas elecciones bate todos los récords. Tras la decisión de la Junta Electoral Central, el presidente del Gobierno puede encontrarse solo en el plató de TVE porque sus adversarios se han ido al plató de Antena 3. Lo que comenzó siendo una pelea de corte legalista es ahora una pelea de todos contra el presidente (pulso político), una gresca entre dos televisiones (pulso mediático), una discrepancia de pareja (Irene Montero aplaude que el debate se haga en TVE y Pablo Iglesias se apunta a Atresmedia), para terminar siendo una cuestión de orgullos heridos: a ver quién es el jefe de Gobierno que a diez días de las elecciones transmite la imagen de que se deja dominar por sus contrincantes y a ver si estos se doblegan ante las exigencias del presidente.

No descarto, y además deseo, que haya una solución entre la redacción de estas líneas y su publicación. Pero, mientras esa solución llega, el espectáculo roza lo pintoresco por la parte política. Suena a contienda de tramposos a ver quién deja en ridículo a quién. Demuestra lo poco que hablan entre sí para no escandalizar al país cuyo voto reclaman, porque si hubieran hablado habrían evitado, al menos, el conflicto mediático. Y a este cronista le dejan un interrogante: si no se entienden para un debate, ¿se van a entender para repartir el poder y gobernar?

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