La tragicomedia de Mariano Rajoy


Una parte importante de España ha dimitido de la información política seria y sosegada de los diarios, de los debates televisivos instalados en el hierro candente, de las redes sociales que menean las bufandas de los partidos y de los programas que levantan noticiones históricos que se disuelven como azucarillos a la hora del café. Cuando esa vibrante actualidad se va apagando, una legión de humoristas, cómicos, periodistas con salero y lucidos guionistas se esfuerzan por buscar la otra cara de las noticias y las van desgranando en programas de radio y televisión vespertinos, arrancando superficiales sonrisas en el áspero páramo de la vida pública, en la que los argumentarios han sellado la boca de los piquitos de oro.

Solo ese nutrido clan de ciudadanos que ya solo se alimentan de memes, de imágenes montadas de forma surrealista y de monólogos con algunas perlas brillantes saben con certeza que «es el vecino el que elige el alcalde, y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde». La memorable frase solo es simpática porque la dice un señor de Pontevedra que, de ordinario, era adusto en sus valoraciones hasta que resolvía una situación tensa apelando al sentido común o se iba de una rueda de prensa porque estaba «un poquillo cansado». El mundo de la comedia se llenó de latiguillos que, igual que ocurrió en Estados Unidos con el actor Alec Baldwin y las imitaciones de Donald Trump, acabaron por humanizar al personaje. Por eso, además de los cómicos, hay una parte de España que ya echa de menos la mesura y el reposo que le daba a las decisiones Mariano Rajoy, el presidente que sorteó la crisis, que dudó con Cataluña y que cayó con estrépito por la corrupción. A las tres «c» que marcaron con suerte desigual su itinerario ha sumado una cuarta: Casado.

En el congreso de julio, en sus últimos minutos como presidente del PP y horas antes de conocer el resultado de las votaciones, envió un valioso mensaje con recado: «Seguiré a la orden de quien elijáis. Y a la orden es a la orden, con lealtad». Así, con ese entrañable tic que le hacía abrir mucho los ojos, le aguantó la mirada a un pasado plagado de dobleces de José María Aznar, que primero apuntó su nombre en una libreta azul y después le acusó de haber descuartizado el monolito que heredó.

De entre todos los referentes que tenía, Casado ha escogido a uno del que ya solo se hacen bromas por su bigote invisible, material pobre para los canallas del humor, y ha preferido no coincidir en Galicia con su antecesor, a pesar de mitinear con una leve diferencia horaria en el mismo fin de semana. Solo le mueven los afectos, dicen desde Génova, donde no aprecian que su talla como expresidente ha crecido desde el silencio, por pasiva. Será en Pontevedra, su penúltimo sarcasmo, porque el que es su alcalde, sí, ese al que escogen casi todos los vecinos menos él, lo nombró persona non grata.

Dos apuntes

Marcas que dicen todo lo contrario

El esfuerzo de los escindidos de En Marea (Esquerda Unida y Podemos) por acaparar marcas es insaciable. Incluir oficialmente en el nombre las palabras común, unidas y podemos, y coronarlo con dos conceptos repetidos, izquierda unida y mareas en común, refleja exactamente lo contrario. De sentido común, poco, y unidos, menos.

El voto canario y la broma de Feijoo

Feijoo se reunió esta semana con el presidente canario, con el que tiene cierta afinidad. «Yo no te puedo votar a ti, pero tú sí podrías votarme a mí», le vino a decir en broma el gallego al líder de Coalición Canaria. Y así podría ser... en Madrid.  

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