Los debates que incomodan al PPdeG

El partido en Galicia reivindica la gestión política, que choca con la campaña emocional que ha emprendido Casado

Casado y Feijoo, la semana pasada en Vilagarcía
Casado y Feijoo, la semana pasada en Vilagarcía

santiago / la voz

El PPdeG de la era Feijoo asiste por primera vez en su historia reciente a la difícil tesitura de seguir siendo distinto, que es una de las claves de la única mayoría en España, y al mismo tiempo leal a la casa matriz. Ese elemento diferenciador, basado en el pragmatismo político, funcionó como un engranaje suizo con Mariano Rajoy como líder de la oposición atrincherado en Génova, y más tarde como presidente ocupado con una gravísima crisis, pero se ha desdibujado con un Pablo Casado que, sin poder, o se mete o lo empujan de forma recurrente al fondo de charcos que se mueven más en el ámbito de lo emocional.

«Nosotros tenemos que gestionar, no podemos estar todos los días hablando de Cataluña o del aborto», argumentan los populares gallegos, que ya han detectado la estrategia de la izquierda orgánica y mediática, que busca ensalzar el perfil más moderado de Feijoo para desgastar al candidato a través del contraste entre ambos. Pero en Galicia niegan la mayor y descartan que se haya producido un giro a la derecha o una radicalización del mensaje de fondo. La irrupción de Casado ha supuesto «otras formas, más categóricas», admiten, pero en ningún caso existen cambios ideológicos.

«Temos unha traxectoria de corenta anos. O PP sempre defendeu a familia, as mesmas cuestións, pero o contexto é diferente», justificó ayer la diputada Paula Prado al ser preguntada en el Parlamento por los debates que han protagonizado la precampaña y las dificultades para transmitir en positivo su anunciada ley de maternidad sin que a continuación se hable del aborto.

El PPdeG sufre tangencialmente el descontrol que demuestra el partido ante cuestiones que trascienden a la gestión política y sobre las que ni siquiera tienen competencias. Y también ha comprobado que cuando sí hay responsabilidades, se utilizan como arma arrojadiza. La recentralización de la gestión educativa o la obligatoriedad de demostrar conocimientos de los dos idiomas cooficiales en las oposiciones han sido banderas que Casado ha querido levantar pensando en las comunidades del Mediterráneo.

Sacó los temas con el altavoz de medios afines en Madrid, pero se vio obligado a recoger cable por los reparos gallegos en el caso del idioma e incluso de otros barones populares más discretos. Estos desajustes públicos han sido aprovechados por el líder de la extrema derecha, Santiago Abascal, que ha tomado por costumbre atacar a Casado a través del presidente gallego, del que está reinventando con escaso éxito un perfil de rebelde próximo a la izquierda que tiene difícil venta en Galicia pero que puede estar calando en los sectores conservadores del electorado español menos informado.

El protagonismo de Aznar

Existe otro elemento lejano pero distorsionador que empieza a incomodar al PPdeG. La reaparición de José María Aznar se interpreta en clave electoral para contener la fuga de votos hacia Vox que hace tres y cuatro años fueron, con total seguridad, para el PP. Pero lo que no se comparte es que para cerrar esa vía de agua haya que tirar por tierra el trabajo de Mariano Rajoy. Es público y notorio que Feijoo tiene dos referentes políticos en la España democrática. Uno es el pontevedrés. El otro, Adolfo Suárez. Padre, claro.

Feijoo apoyó a Casado, pero no para esto

Gonzalo Bareño

El presidente gallego respaldó al nuevo líder popular para renovar el partido, no para dar el claro giro derechista que ha impuesto

Fue cuestión de tiempos. Poco después de que Pablo Casado fuera elegido como nuevo líder PP, Alberto Núñez Feijoo me explicó que, aunque había sopesado si optar o no la presidencia del PP nacional, la premura con la que Rajoy planteó el congreso del partido, dejándole solamente quince días para presentar su candidatura, le facilitó la decisión de mantenerse en Galicia para completar su mandato, tal como había prometido. Sin asomo de crítica en sus palabras, había cierto tono de amargura en su explicación de que dejar abandonada la Xunta en dos semanas sin organizar su relevo y una renovación tranquila en el PPdeG habría sido una traición a los suyos.

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