«No país que nos tocou vivir sempre hai un responsable de que todo vaia de mal en peor. Non é nin o PP, nin o PSOE, nin Fraga, nin Feijoo. Para todos, incluído boa parte do BNG, o único responsable é a UPG. É isto certo?». Esta era la carta de presentación de una célebre bitácora sobre el nacionalismo denominada precisamente así, A culpa é da UPG, que estuvo activa hasta que Xosé Manuel Beiras se marchó del Bloque dando un portazo, tras la asamblea de Amio del 2012.

La Unión do Povo Galego (UPG), el partido comunista fundado en los años sesenta por Bautista Álvarez, Méndez Ferrín o Celso Emilio Ferreiro, entre otros, impulsó dos décadas después una carcasa política más amplia, el BNG, donde la llamada U se reservó siempre para sí una importante cuota del poder interno con el fin de decidir en cada momento la hoja de ruta a seguir por la organización.

Esa gran influencia que la U tuvo siempre sobre el BNG es lo que empujó a sus críticos a crear el mito. Si había un revés electoral: «A culpa é da UPG». Una decisión polémica: «A culpa é da UPG». Por supuesto también cargó con buena parte de las culpas de la escisión del BNG, pues solo un mes antes Beiras acusó a la cúpula de la U de actuar como «plantas carnívoras» que solo buscan su propia supervivencia.

La ruptura de Amio precipitó el adelgazamiento del Bloque, pero también ayudó a soldarlo internamente bajo el liderazgo de Ana Pontón, la primera portavoz nacional de la UPG. El ruido se trasladó al otro lado. A las escaramuzas de Anova, que no tardó en sufrir la escisión de Cerna y la Fronte Obreira Galega (FOGA); se fue a la coalición AGE, que sufrió la fuga de tres diputadas antes de ser sepultada; y también a En Marea, enredada casi desde su fundación en una guerra fratricida promovida por Podemos, Esquerda Unida y los alcaldes de A Coruña, Santiago y Ferrol para intentar derribar a su líder orgánico, Luís Villares.

En Marea es ahora otro juguete roto. Y la culpa no es de esas «plantas carnívoras» de la U a las que repudiaban por aspirar a vivir con el sueldo de un liberado, sino más bien de las zancadillas que se pusieron entre Anova, Podemos y Esquerda Unida por las sillas, los cargos o simplemente por colocar a un par de liberados que miraban al rupturismo político con los ojos de quien observa el letrero de una ETT.

Cada uno intenta ahora salvarse como puede. Un escaño para Gómez-Reino y para Yolanda Díaz es el principal objetivo de En Común Unidas Podemos o «Yolanda en Común», como denominan maliciosamente a esta formación estatal algunos de sus detractores. En Marea, por su parte, intenta preservar la marca y un proyecto que no esté subordinado a Madrid, mientras Anova se quedó descolocada en la escacharrada y decidió hacer eso que se hace cuando no se sabe qué hacer: no hacer nada. No concurrirán a las generales y supeditan todo el proyecto a intentar salvar la alcaldía de su comandante, Martiño Noriega. Si cae, Anova desaparece. Y la culpa, a lo mejor esta vez, no es de la UPG.

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Al final la culpa no era de la UPG