El referente más aparatoso de la anticuada educación que recibían nuestros padres era la supercalifragilística lista de los reyes godos que ellos recitaban años después de haberla aprendido para demostrar que la memoria es un territorio extraño en el que sobreviven nociones inútiles y se extinguen otras fundamentales. Ataúlfo, Sigerico, Walia y Teodoredo... Aquel jeroglífico lingüístico fue la antorcha que utilizó la pedagogía progresista para reclamar una nueva forma de enseñar que prescindiera de la retentiva inútil, tan explícita en aquel rosario de nombres imposibles esculpidos a fuego en algún lugar recóndito del cerebro de toda una generación. Anda ahora el Gobierno otra vez con la memorística a vueltas, porque de los godos no queda ya rastro en las escuelas, pero las crías siguen chapando como toda la vida de dios. Qué confortable resulta esa música vespertina que se escucha en las casas en las que habitan seres humanos en proceso de formación y que es algo así como el pentagrama de la memoria, una melodía cuya letra puede ser la regencia de María Cristina o las obras completas de Rosalía y que los estudiantes aplicados repiten hasta que queda bien labrada en sus elásticos hipocampos.

Existe un desprecio intuitivo hacia la memorística que ahora se quiere trasladar al plan de estudios con la intención de avanzar en el razonamiento y la lógica. La reforma llega en el que quizás sea el momento de la historia en el que tenemos el fichero de datos mental más vacío, y hablo de esos datos puros que antes de Internet formaban parte de cualquier agenda cerebral del montón y que hoy han sido devorados por la amnesia digital. Números de teléfono, la tabla del nueve, la conjugación del verbo saber, matrículas de coche, fechas de cumpleaños, actores secundarios, recetas de cocina que antes aparecían a base de rebuscar en la cabeza y hoy los custodia un móvil que en cualquier momento se puede quedar sin batería. Es más probable recordar el teléfono fijo asignado a tu casa de los años setenta que el número del smartphone de tu hija.

En realidad, y a riesgo de emerger como una perfecta antigualla, memorizar tiene algo de mágico. Supe, supiste, supo... Chindasvinto, Recesvinto, Wamba. 

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