¿Qué ha pasado en la Consellería de Educación?

El vuelco en San Caetano prevé traer sobre todo nuevo talante

Imagen de archivo de Núñez Feijoo y Román Rodríguez
Imagen de archivo de Núñez Feijoo y Román Rodríguez

¿Qué ha ocurrido para que el presidente de la Xunta haya cambiado el área de Educación a tres días del inicio del curso escolar más difícil en muchos años? ¿Cómo se explica la caída no solo de la titular de la cartera, Carmen Pomar, sino del grueso del equipo directivo (Oitavén, Corredoira y Pinal)? Y, sobre todo, ¿qué va a pasar ahora?

La gestión de la educación gallega en la pandemia fue objetivamente mala: las normas decididas se revelaron insuficientes y no hay un solo sector que no esté enfadado con la Xunta. Galicia tiene una educación excelente, pero todo lo dinamitó la pandemia. Primero, porque no hubo medidas realmente importantes hasta julio, cuando 36 horas después de ganar las elecciones Feijoo, Educación presentó un protocolo que estaba muy lejos de atender las necesidades de las aulas en esta pandemia: los grupos burbuja de 25 niños en primaria y el metro de separación en secundaria era como decir «seguimos como si nada hubiese pasado»; y Feijoo preguntaba si no podía usar los 93 millones que le corresponden a la educación gallega de los fondos covid en otros ámbitos. En segundo lugar, todo el proceso desde marzo se vivió con una terrible sensación de desamparo en la comunidad educativa, donde solo los directores de centros públicos tuvieron contacto constante con la consellería (reunión todos los miércoles por la tarde), mientras que el resto de los colectivos (sindicatos y familias, principalmente) fueron convocados a un par de reuniones muy encorsetadas, que más que un diálogo suponían una retahíla de monólogos.

«As administracions poidemos facelo mellor»

Todo esto lo resumió Núñez Feijoo en su discurso de investidura (el 1 de septiembre en el Parlamento) al decir «que as familias afronten o inicio de curso con preocupación, é inevitable, que o fagan con confusión é un feito lamentable polo que temos que pedir disculpas e temos que resolver» para añadir enseguida que «as administracions poidemos facelo mellor». Fue una pista que puso en alerta a todo el mundo en la Consellería de Educación, pero que venía seguida de dos reflexiones: una, cómo va a echar a la conselleira a diez días del inicio de este curso; dos, y más importante, la obviedad de que las decisiones políticas de calado tienen el visto bueno de Monte Pío, y mantener a 25 niños en un aula o dejarlos a 1 metro de distancia son decisiones de muchísimo calado (económico). Pero contra esos razonamientos, Carmen Pomar fue cesada cinco días más tarde. 

La decisión de Feijoo dejó con la boca abierta a media consellería. Fue una jugada maestra, porque llamar a Román Rodríguez era la solución perfecta: servía de cortocircuito entre una consellería tan criticada y la Presidencia de la Xunta, pero a la vez no dejaba a la educación sin norte, ya que Rodríguez estuvo tres años (del 2015 al 2018) al frente del departamento. Y además, conseguía algo tan importante como llevar a la cartera a un hombre que es capaz de rebajar la tensión hasta en Oriente medio. Es probable que con la llegada de las mamparas y la teledocencia la Xunta eluda gastar mucho dinero (un solo profesor cuesta 35.000 euros al año, que son casi mil mamparas), y con la mano izquierda de Rodríguez se calmen las protestas de la comunidad educativa porque aumentará (un poco) las plantillas. Curar las heridas emocionales no va a ser fácil, pero Rodríguez ya ha empezado: lo primero que hizo (después de fulminar a Oitavén, según fuentes bien informadas) fue convocar al Consello Escolar (no citado en seis meses), llamar personalmente a miembros destacados del sector y ampliar el presupuesto para que las AMPA puedan atender los comedores urbanos (sin ayuda, que les negó la anterior consellería, poner mamparas o más monitores las arruinaría). Como anécdota, hubo un malentendido con las AMPA (la Xunta vendió como solucionado el conflicto cuando solo empiezan a negociar, y las AMPA pusieron el grito en el cielo), y enseguida se rectificó y pidieron disculpas desde San Caetano por el lenguaje utilizado, cortando de raíz un enrarecimiento del ambiente.

¿Por qué Pomar no fue capaz de liderar al sector? Profesora de universidad experta en altas capacidades, Carmen Pomar se estrenó en el puesto en septiembre del 2018 y no pudo hacer nada con ese curso, pero enseguida centró sus decisiones en los temas que más le preocupan: la gestión emocional y la integración real de todo el alumnado. A pesar de su breve mandato, en ese campo se ha adelantado mucho, con convenios y protocolos que aúnan el esfuerzo de muchas entidades y ponen a la educación gallega en la senda correcta, y se ha reforzado considerablemente la Orientación. ¿Por qué alguien con esa sensibilidad no actuó con empatía hacia la comunidad educativa en la pandemia? Entra en el terreno de la especulación saber qué ha pasado, pero es probable que el perfil de los altos directivos -Corredoira es sobre todo un tecnócrata y Oitavén es una persona de trato muy seco- no ayudase a tomar las decisiones correctas. También la autoexigencia de Pomar por hacerlo bien pudo haberle impedido reconocer sus limitaciones y compartir su frustración con profesores, sindicatos y familias, una terapia necesaria durante la pandemia.

La siguiente pregunta obligada es qué va a pasar. Rodríguez entró en la consellería con la lección aprendida y ha optado por una política muy inteligente: borrar a la anterior cúpula le permite ser libre de tomar decisiones (sus segundos han sido nombrados por él) pero contando con la experiencia de un José Luis Mira que lo ha sido todo en educación (director general en Santiago y Madrid durante una década, diseñador de la FP gallega, por ejemplo) y con el apoyo de Manuel Vila, con quien lleva cinco años trabajando codo con codo. La gestión en los próximos quince días será clave: debe conseguir dotar de suficientes profesores a los institutos (y colegios concertados) a la vez que mantiene las cuentas del departamento bajo control (con las mamparas y la teledocencia). Si logra desinflamar el conflicto y soslayar la huelga (o neutralizar sus efectos) el resto del camino será (casi) de rosas. Solo queda una duda: ¿Hasta qué punto puede contar con la Inspección, cuya reforma lleva años aparcada, para esa política de mano izquierda?

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