A la escuela lo que es de la escuela y a casa lo que es de casa


Dada la situación en que nos encontramos, de reclusión en la vivienda, es un buen momento para replantearnos muchas cosas, unas de organización inmediata de la vida familiar, pero otras tienen que ver con la organización de nuestra sociedad y con cuestiones que de una u otra manera nos afectan a todos. Una de ellas, la educación.

Con ocasión de la nueva reforma educativa y de los debates que en torno a ella se suscitan, todos deberíamos aportar algo, y poner a prueba nuestra capacidad de innovación, tanto profesores, como padres y expertos.

Como punto de partida, me voy a referir a una reciente decisión de las comunidades autónomas de Galicia y Madrid sobre el aumento del horario de Educación Física de las dos horas actuales, a tres horas semanales, en la Enseñanza primaria y secundaria obligatoria; el cambio se justifica en términos de salud, tal como el índice de obesidad infantil. Este anuncio concitó rechazo por parte de algunos padres y algún profesorado que ve afectado el horario de su asignatura. En general, se discute el valor de la Educación Física en el currículo escolar. «no vale para nada», «no es eficaz», «no le va a ayudar a encontrar un trabajo a mi hijo», son frases que se oyen, y que evidentemente no comparto.

Parece obvio que el profesorado abogue por el valor de su propia asignatura, y también que hay mucho otros conocimientos que no están actualmente en los currículos escolares, y que parecen necesarios para entender la sociedad en la que vivimos.

Planteado así el problema, parece insoluble, pues cada vez surgen nuevos conocimientos, ámbitos, y necesidades, y el tiempo escolar es limitado.

En mi opinión, deberíamos tener, primero, un debate sobre las funciones de la Escuela en nuestra sociedad. Está claro que la Escuela es el lugar de transmisión y adquisición de la cultura. Pero esto sería solo una escuela reproductiva y hoy nos enfrentamos a otras cosas. La función más arriesgada y dramática de la escuela, hoy, es preparar a nuestro alumnado para lo desconocido, y para una sociedad cambiante (líquida), con herramientas, muchas veces obsoletas, por eso es fundamental entrenarles en habilidades de aprendizaje, de crítica y de innovación. Debemos diferenciar entre la escuela que heredamos, propia de una sociedad estática, y una escuela progresiva, propia de una sociedad dinámica como la actual.

La mayoría de las reformas educativas se centran, por una parte, en la organización del currículo y, por otra, en cuestiones de tipo político. Me parece que la innovación debería tener otros puntos de vista, como es la propia organización de la escuela, de sus tiempos y espacios, dentro del contexto social actual. Tenemos una escuela con la misma organización de hace un siglo, cuando la organización de la sociedad ha cambiado tanto.

Deberíamos centrarnos en analizar, críticamente, algunas contradicciones que se mantienen en nuestra escuela. Por ejemplo, hay una primera contradicción entre el aumento de conocimientos y el horario escolar, que cada vez se concentra más en una sesión maratoniana: ¿en beneficio de quién, de los padres, de los profesores? Creo que es lo menos beneficioso para los alumnos.

Pero la incoherencia más importante es querer mantener una escuela casi con la misma organización del siglo pasado cuando la sociedad no es la misma y sobre todo no está organizada de la misma manera. Como sabemos, el índice de padres y madres trabajadores es muy alto, y su presencia en casa está muy limitada, con la consiguiente falta de atención a los niños y adolescentes. ¿Qué hacen los niños, por la tarde, cuando no están sus padres? Los más pequeños suelen estar con los abuelos o con cuidadoras, pero los adolescentes quieren ser más autónomos y organizarse su vida, cuando todavía no tienen los recursos necesarios para ello.

Este es el sector que me parece más desasistido y donde el estatus social-económico marca las diferencias, con una desigualdad evidente entre los de abajo y los de arriba.

Hoy, la escuela debe cumplir más funciones que las clásicas de aprender a «leer, escribir y contar», aunque sea con toda la amplitud y tecnología actual. No se trata de convertir la escuela en una guardería, como dicen algunas voces autorizadas, pero todavía ligadas a lo que parece haber funcionado siempre. Evidentemente hoy no nos funciona, basta señalar el alto índice de fracaso y abandono escolar. ¿Será que la escuela no responde a las necesidades individuales y sociales?

Volviendo al comienzo de este escrito, y porque, además, es mi campo de especialización pedagógica, ¿cómo podemos innovar en el currículo de Educación Física, sin restarle horario a otras materias? En principio, nadie debería oponerse a esta medida, muy bien argumentada, en la necesidad de ejercicio físico en nuestros niños y adolescentes, dado el alto porcentaje de niños obesos y con sobrepeso. Aunque, por supuesto, los beneficios sobrepasan el control del peso, ya que son aprendizajes que influyen en otros aspectos de la salud no menos importantes, como la salud ósea y muscular, la educación de la postura corporal, o las técnicas de relajación tan importantes para el reconocimiento de nuestro propio cuerpo, y la lucha contra el estrés, por no citar el bagaje de habilidades y funcionalidades del organismo ante cualquier circunstancia.

El problema se plantea cuando hay que repartir el horario escolar. Para incrementar una hora de Educación Física, o bien aumentamos el horario escolar, o bien se la restamos a alguna de las materias curriculares actuales. ¿A qué asignatura le reducimos el horario?

En mi opinión, no haría falta aumentar el horario actual, que sería suficiente para conocer las bases teórico prácticas del ejercicio físico. Pero, para paliar la falta de actividad física de nuestros adolescentes establecería, como obligatoria, la práctica de un deporte por las tardes. Al alumno se le exigiría que completase una serie de créditos deportivos para poder aprobar la asignatura de Educación Física.

Esto requiere una reorganización del profesorado de Educación Física. No se trata de aumentar el horario de trabajo del mismo, sino de reorganizarlo o, en todo caso, de reforzarlo, pues su presencia es necesaria en la práctica deportiva, por lo menos como director y coordinador de deportes y dejar su desarrollo a otros técnicos deportivos.

Otro de los cambios sería la disponibilidad de los espacios deportivos en los centros escolares por las tardes, lo que exigiría el aumento de recursos para los empleados necesarios en su mantenimiento.

Si fuéramos capaces de interesar al sistema educativo en un buen proyecto deportivo en los centros, lograríamos una mayor identificación del alumnado con los mismos a través de clubes deportivos, en cuya organización podrían colaborar los propios adolescentes y jóvenes. De esta forma, quizá algunos no quisieran abandonar los estudios antes de tiempo, porque hay algo del centro escolar que es suyo.

Creo que en nuestro país no se están aprovechando los valores del deporte, quizá porque falta educación deportiva y todas las energías se las lleva el deporte espectáculo.

El deporte escolar debería tener su propia federación, como tiene por ejemplo el deporte universitario, y debe responder a los objetivos de la escuela, regularse según sus propias normas y no mimetizando el deporte federativo. Pero esto sería objeto de otro artículo específico.

Es obvio que no podrá hacer deporte todo el alumnado a la vez, por falta de espacios deportivos y personal, pero podría aprovecharse para dar otra vuelta de tuerca a la organización escolar. Por ejemplo, organizando tutorías obligatorias para el estudio y realización de deberes por las tardes, para algunos cursos, mientras los otros hacen deporte.

Repito que no se trata de cargar al profesorado con más trabajo, sino de organizarlo de otra manera. No sería tan difícil.

Y, aunque tuviese más dificultad, siempre merecería la pena intentarlo. Ayudaríamos a nuestros hijos y a los padres, que se pasan el día corriendo y llevando a los hijos a hacer actividades extraescolares, actividades que, por otra parte, deberían ser también escolares, para que pudieran ser disfrutadas por todos, y no solo los que pudieran pagarlas.

Es de justicia que todos tengan las mismas oportunidades, incluso para estudiar y hacer deberes en un ambiente de calidad que no siempre tienen en sus casas. Las diferencias sociales están en las familias y en sus casas, no hagamos también en la escuela otro espacio de desigualdad.

Seguramente habría en las familias un tiempo de mayor calidad para todos, pues no siempre se llevarían más deberes a casa. El profesorado debe entender que la vida familiar no es, necesariamente, una prolongación de la vida escolar.

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