La mala educación


Ya tocaba. Periódicamente se lanza al aire una propuesta o se toma una decisión con el único fin de agitar la educación española. Por si no hubiera poco con la falta de medios, los planes de estudios y los recortes ahora se les ocurre dar otra vuelta de tuerca y aceptar la propuesta, eso sí para su estudio, de evaluar el trabajo del profesorado porque, a decir del filósofo Marina, «el buen maestro no puede cobrar lo mismo que el malo», sin percatarse de que cobra lo mismo e incluso más el diputado que no situó sus posaderas sobre el escaño, que el que presentó cientos de enmiendas.

Pero es cierto que hay profesores que no dan palo al agua. Como hay periodistas y hay mecánicos. Y que es necesario poner remedio a la situación. Pero el nuestro es un país donde a la educación se le da la importancia que se le da cuando se le entrega a un señor para que la gestione al mismo tiempo que los toros, el fútbol y los espectáculos de cabaret.

Por eso hay que celebrar cualquier mejora. Incluso sería bueno que la Administración cubriese las bajas de profesorado que no cubre, que colocase profesores de apoyo, que acabara con la masificación de las aulas, que aumentara el profesorado y que el licenciado en historia no acabara dando inglés; el de francés, geografía, y el licenciado en matemáticas impartiese física. Mejor aún sería que nuestra educación no encabezara los países de la UE donde más cayeron los presupuestos, que en el 2014 sufrieron una rebaja del 16,7 %, unos 7.300 millones de euros menos.

Y una vez que arreglemos estos problemas, pues vamos con lo otro. Pero lo demás es empezar la casa por la chimenea. Como siempre hacemos.

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