Universidades: yo gradúo, usted se apaña


Casi 600.000 en toda España. Ese es el número de personas que jamás han trabajado, lo que disminuye de modo sustancial sus posibilidades de emplearse. El perfil de quienes no encuentran trabajo porque no tienen experiencia y no tienen experiencia porque nadie les da una oportunidad es el de jóvenes menores de 30 años, con formación media y alta, lo que no impide que sus posibilidades de trabajar sean la mitad que las de quienes acumulan experiencia laboral.

El problema, como todos los que generan un infernal círculo vicioso, resulta extraordinariamente grave, pero la mayoría de las instituciones que deberían tratar de colaborar a resolverlo viven de espaldas a él, como si sencillamente no existiera. Por ejemplo, las universidades.

Tras la entrada en vigor del descabellado Plan Bolonia, y aun con anterioridad, los planes de estudios de las universidades españolas han estado sometidos a reformas con resultados consistentes, con frecuencia, en bodrios formidables: planes con asignaturas inútiles o absurdas y otros en los que faltan materias esenciales, casi todos distintos entres sí, en ocasiones hasta extremos delirantes. Tal situación era de esperar si se tiene en cuenta que esas reformas han estado dominadas casi siempre por el corporativismo, el amiguismo y ese mal que podríamos llamar el capillismo: cada grupo académico a lo suyo y ninguno a lo de todos.

¿Cómo extrañarse, entonces, de que siendo el problema de la experiencia laboral uno de los más importantes que afrontan nuestros graduados, no quede de el rastro alguno en la mayoría de los planes de estudio universitarios? Pues la cuestión no consiste solo en organizar cursos sobre salidas profesionales, lo que ni siquiera es general en los centros de enseñanza superior, sino en incluir dentro de los estudios de grado materias que formen a los alumnos en estrategias adecuadas para enfrentarse en las mejores condiciones posibles a la ardua tarea de la búsqueda de empleo. Ese es el primer problema de quienes salen de las universidades, pero está ausente en la mayoría de los casos de la formación de nuestros graduados. Y así, muchos de ellos no saben hacer un currículo, desconocen lo que es una entrevista de trabajo, cuales son las posibles salidas a sus estudios o cómo y dónde buscar contactos que les faciliten su inserción en el mercado.

No todo depende, desde luego, de las universidades, pero estar de espaldas, como ellas, a los problemas de un mercado de trabajo en el que no hay empleo sin experiencia ni experiencia sin empleo es una forma como otra cualquiera de dar a nuestros graduados un título devaluado por una dura realidad que raras veces penetra en las aulas, los consejos de departamento, las juntas de facultad y los claustros universitarios. Esa, aunque duela, es la verdad.

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