Vivienda, gas y electricidad se disparan a niveles nunca vistos en los últimos 20 años

Cristina Porteiro
c. porteiro REDACCIÓN / LA VOZ

ECONOMÍA

Santi M. Amil

Las empresas asumen el coste de la subida del IPC a la espera de que la economía se estabilice

25 may 2021 . Actualizado a las 17:19 h.

El coste de llenar el carro de la compra y disfrutar del ocio, en la medida en que lo permiten las restricciones, no ha sufrido grandes cambios en Galicia en los últimos meses, y, sin embargo, desde marzo pasado, a los gallegos les cuesta mucho más llegar a final de mes. El índice de precios de consumo (IPC) se ha disparado, pasando de un crecimiento anual nulo en febrero a un 2,7 % en cuestión de 60 días (un 2,2 % en el resto de España).

La comunidad ya es la cuarta de todo el país donde más aumentaron los precios desde el inicio de la pandemia (3 %). Y la culpa no la tienen ni la ropa ni la alimentación o las facturas del teléfono, sino el transporte (8 % anual) y la vivienda y la energía, que se han disparado hasta encarecerse un 11,8 % anual el pasado mes de abril. Se trata de la mayor subida de los últimos 20 años en Galicia.

La inflación, una «ilusión»

«Estamos viendo un espejismo, una ilusión, con empresas con una economía edulcorada con las ayudas. Trabajadores que estarían en paro, hoy están en ERTE», señala el profesor y economista de OBS Business School, Albert Givernau, quien cree que habrá que esperar hasta el final del verano para ver qué tendencia real seguirán los precios. Todo dependerá del ritmo de recuperación del turismo, de cómo se logre contener el desempleo y de que se cumplan las optimistas expectativas del Gobierno. Hasta entonces, los ciudadanos seguirán perdiendo poder adquisitivo: «Al tener un nivel de paro tan elevado no hay incentivos para que las empresas suban salarios. Este es el gran drama, que los salarios no suban tanto como suben los precios», sostiene.

¿Cómo es posible que los precios prohibitivos del transporte, la vivienda y la energía no hayan repercutido todavía en la cesta de la compra? Al fin y al cabo, cuando se encarecen los costes laborales o de producción, el impacto acaba trasladándose a la etiqueta final de venta. Pero esa ecuación no se está cumpliendo por ahora. El crecimiento del precio de los alimentos ha sufrido un frenazo desde su pico de abril del 2020 (4,1 %) hasta el 0,6 % anual al cierre de abril de este año. El calzado y la ropa despidieron el mes encareciéndose apenas un 1,2 %. El precio de las comunicaciones sigue hundido, con una caída anual del 4,6 %, en niveles de la anterior crisis. El precio de los servicios en bares y restaurantes también se ha desinflado hasta tocar suelo, en niveles de crecimiento (0,3 %) que no se veían desde el 2002, a pesar del levantamiento progresivo de las restricciones y la mayor afluencia de los últimos dos meses.

¿Qué está pasando? Givernau apunta que las empresas están alimentando esa «ilusión» de recuperación: «En estos momentos prefieren asumir el coste del aumento de la energía y del transporte para abaratar el resto de los productos, pero a largo plazo es fácil que, si la situación económica se estabiliza, empiecen a repercutir estos aumentos en los productos finales que adquieren los consumidores», alerta.

En cualquier caso, los expertos creen que no moverán ficha hasta septiembre u octubre, cuando puedan hacer balance de la campaña estival y se empiece a atisbar el impacto estructural de la pandemia en la economía con la retirada progresiva de las ayudas públicas y moratorias. Solo entonces los precios de la cesta de la compra empezarán a moverse. Givernau no tiene claro que sea al alza. Entre otras cosas, porque cree que «la recuperación pinta mal» y se está generando «cierto optimismo con los fondos europeos, que podría generar cierta frustración, deprimiendo la economía».

Sea o no una ilusión, lo cierto es que las familias, ahorradores y fondos de inversión ya están sufriendo en sus bolsillos esta subida estelar del IPC.

Pérdida de rentabilidad

Cuando suben los precios, nuestro dinero vale menos, nos cuesta más esfuerzo hacer la compra. Y eso también está afectando a quienes han metido parte de sus ahorros en fondos de pensiones o de inversión. Aunque hay algunos que han blindado sus rendimientos frente a la inflación, la gran mayoría están perdiendo rentabilidad. Y eso puede tener un efecto colateral en el IPC: nuevas subidas. Al perder valor de forma progresiva, la gente estará dispuesta a gastar con más rapidez porque dentro de dos meses su dinero valdrá menos. Eso podría empujar al alza la inflación.