De Standard Oil a Google: más de un siglo de canibalismo empresarial

Nunca en la historia hubo tanto poder concentrado en las manos de tan pocos


redacción / la voz

«La competencia es una reliquia histórica», se llegó a sincerar Peter Thiel, el «padrino» de Silicon Valley, en uno de sus libros. La mano que mece la cuna detrás de las más exitosas startups tecnológicas está lejos de ser un visionario. La receta de su éxito empresarial es muy vieja, tan vieja como los monopolios.

Thiel, Mark Zuckerberg (Facebook) o Jeff Bezos (Amazon) son la imagen actualizada de los viejos magnates que dominaron la economía, como John Davison Rockefeller. El amo y señor del mercado del petróleo a principios del siglo XX llegó a controlar la extracción, el refinado y la distribución del combustible en Estados Unidos. Su compañía, Standard Oil, no tenía rival. Nadie podría progresar en su negocio, ninguna industria podía mantener la actividad sin el oro negro de Rockefeller. Lo consiguió a base de destrozar a la competencia, no compitiendo, como se suele repetir. De ello dio buena cuenta la justicia estadounidense, que en el año 1911, y bajo la Ley Sherman de 1890, ordenó la fragmentación de la firma en 33 empresas distintas. De ella nacieron Exxon y Chevron.

Aunque este es el caso más paradigmático en la historia de los monopolios, hay otros muchos, en la larga tradición estadounidense -en Europa las empresas eran más pequeñas-. El mismo día en que se disolvía la compañía del hombre más rico del mundo, la justicia procedía a trocear en cuatro firmas la American Tobacco Company, que llegó a regalar cigarrillos para expulsar a competidores más pequeños que no disponían del colchón financiero para resistir. Los años 20 fueron tiempos de fusiones. La Ley Sherman no se desempolvó hasta después de la Segunda Guerra Mundial para obligar a la farmacéutica alemana IG Farben -colaboradora del régimen nazi- a dividirse en tres empresas, alumbrando a Bayer. Paramount Pictures corrió la misma suerte y también tuvo que partir su negocio en dos. La protagonista de los años de oro de Hollywood fue hallada culpable de monopolio.

Algo más de suerte tuvo Alcoa porque, aunque fue acusada de actuar con mala fe para agrandar su monopolio sobre la producción de lingotes de aluminio -el juez apuntó que desde el 1912 «no se ha producido ni una libra de lingote en los Estados Unidos por ninguna otra firma»-, la creación de competidoras durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a equilibrar la balanza y reducir su poder del 90 % al 51 %. Solo se le aplicaron «remedios».

El último gran monopolio disuelto por orden judicial fue el de la compañía de telecomunicaciones AT&T en 1984. Los consumidores se quejaban continuamente de la mala calidad del servicio, la falta de alternativas y los precios excesivos, así que ese año la empresa se dividió en siete.

El retorno de los monopolistas

Desde hace 30 años ha desaparecido cualquier celo sobre la voracidad de los gigantes empresariales. Las concentraciones han progresado de forma paralela a las desigualdades. Y no solo en el ámbito tecnológico: en la fabricación de aviones, en los bancos, en la televisión por cable y los grandes almacenes. En España, salvo el período de privatizaciones de los 90, también han progresado las adquisiciones en los últimos años. El 70 % del mercado bancario está en manos de cinco entidades. Los períodos de auge de monopolios conducen siempre hacia un crecimiento económico menor, sostiene el experto analista Jonathan Tepper en su libro  El mito del capitalismo. Lo más paradójico es que acuerdos como el que sellaron el Gobierno estadounidense y Microsoft para abrir el paso a la competencia y evitar ser troceada a principios de los 2000 han dado lugar a los amos tecnológicos que conocemos en el 2020: «Se trata de una de las grandes ironías de la historia: Google y otros gigantes solo existen porque Microsoft tuvo que frenar», explica Tepper, quien sostiene que las tecnológicas ejercen un poder sobre nuestras vidas que nunca tuvo Standard Oil.

Lleva razón. Solo la capitalización bursátil de Apple superó este año 1,68 billones de euros. Es más de la riqueza que produce España en un año. Los inversores prefieren resguardar su dinero en monopolios. Porque son imprescindibles y no tienen competencia. Son rentables. No solo contra la materia prima -los datos-, también establecen las reglas en Internet.

«No excluiría las particiones, sería un golpe tremendo»

El gran gigante monopolístico de nuestros tiempos es Google. Empezó siendo un simple motor de búsqueda, pero hoy controla casi el 90 % del mercado y sabe si hemos dormido bien, dónde trabajamos o cuál es nuestro restaurante preferido. ¿Cómo ha llegado a controlar nuestras vidas? Engullendo otras empresas. En la última década, Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft han comprado cerca de 500 firmas. Se gastaron 31.000 millones en adquisiciones solo en el 2017. Si sigue el actual ritmo de concentración, los expertos calculan que en el 2070 solo habrá una empresa en cada sector.

Esta es una situación que preocupa a las autoridades europeas porque, si a principios del siglo XX el petróleo era el combustible de la economía, ahora lo es Internet. Que el dominio de esta materia prima esté en manos de cinco gigantes ha obligado a Bruselas a rediseñar sus marcos jurídicos. Hasta este año, ni siquiera la legislación permitía trocear una multinacional si actuaba de forma monopolística, pero las nuevas leyes de mercados digitales sí lo contemplan. La UE ha tomado la delantera. Las multas ya no son suficientes. Ahora bien, ¿es realista pensar en la disolución a la antigua usanza de estas empresas? «No lo excluyo [...] Creo que no le temblaría el pulso, sobre todo mientras Vestager (la comisaria de Competencia) esté al frente», asegura el experto de Derecho de la Competencia de Ontier, Francisco Cantos, al hablar de Google. La Comisión podría intentar dar marcha atrás a la compra que hizo Facebook de Instagram y WhatsApp, muy criticada porque la empresa de Zuckerberg ya controlaba el 80 % del tráfico en las redes sociales. ¿Puede haber partición al otro lado del Atlántico? En EE.UU. ya hay tres denuncias en curso contra Google y también se ha pedido la disolución de Facebook, por concentrar de forma ilegal el poder: «Puede derivar en particiones y una oleada de reclamaciones de los afectados por prácticas que declaren ilegales. Puede ser un golpe tremendo», sostiene Cantos, aunque cree que antes de destruir a un «monstruo» suyo, el Gobierno se lo pensará dos veces.

Expertos alertan de la dependencia de Google ante el riesgo de otra caída global

M. Pérez

La situación perjudicó a numerosas empresas en teletrabajo por la pandemia

Desde no poder enviar un correo electrónico, tener que anular una reunión, no poder acceder a un documento o que fuese imposible llegar a su destino porque no funcionaba Google Maps. Millones de personas sufrieron el pasado lunes las consecuencias de la caída global de Google lo que dejó patente la casi completa dependencia que tanto para cuestiones profesionales como de ocio, existe de la gran tecnológica.

¿Es posible que se repita la situación? ¿Qué se puede hacer para limitar esta dependencia? Los expertos no descartan que la caída de Google, la segunda en los últimos seis meses, sea la última y ven prácticamente imposible acabar a corto plazo con esta situación. Fernando Pérez González, catedrático del departamento de Teoría de la Señal de la Universidad de Vigo y miembro de la Real Academia de Ciencias gallega explica que «han sido muy hábiles y en particular Google, muy brillante para conseguir que poco a poco nos vayamos pasando a todas sus aplicaciones. Es verdad que nos ponen la vida mucho más cómoda, pero al final nos están atrapando y dependemos de todas esas aplicaciones de una única compañía. Eso es lo que es peligroso y se puso de manifiesto el lunes».

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