La era del dinero mágico

La pandemia da alas al gasto público de los poderosos y santifica el déficit


FOREIGN AFFAIRS

Las crisis pueden impulsar cambios, pero a veces se necesitan dos para consolidar una transformación. Por sí sola, la Gran Depresión marcó el comienzo del New Deal, casi triplicando el gasto federal de EE.UU. Pero fue necesario sufrir la Segunda Guerra Mundial para disparar el gasto federal, consolidando el papel del Estado en la economía estadounidense.

Actualmente, los países desarrollados están experimentando la segunda ola de un doble shock especialmente potente. Tomadas individualmente, la crisis financiera del 2008 o la pandemia del 2020 habrían sido suficientes para cambiar las finanzas públicas, impulsando a los Gobiernos a crear y pedir dinero prestado. Combinadas, estas dos crisis están preparadas para transformar el poder adquisitivo del Estado. Una nueva era de Gobierno asertivo y de señales expansivas. Llamémosle la era del dinero mágico.

Esta doble conmoción cambiará el equilibrio de poderes en el el mundo, porque sus efectos variarán a través de los países, dependiendo de la credibilidad y de la cohesión de las instituciones económicas de cada uno de ellos. Japón, con una larga historia de baja inflación y un banco central competente, ya ha mostrado que puede solicitar y gastar mucho más allá de lo que se hubiera esperado, dados sus altos niveles de deuda pública. El Reino Unido, que cuenta con un preocupante déficit comercial pero una sólida tradición de finanzas públicas saneadas, debería ser capaz de manejar una expansión del gasto sin tener que afrontar consecuencias adversas. La eurozona, una complicada mezcla entre federación económica y disputas de Estados, lo tendrá más complicado. Su reacción será más lenta a la hora de explotar las nuevas oportunidades. Las economías emergentes, que resistieron la crisis del 2008, entrarán en una fase complicada. Y los Estados más débiles, sucumbirán ante las crisis de deuda.

Lo que sea necesario

La crisis financiera del 2008 dejó una marca en el mundo, aumentando el poder de los bancos centrales en las economías avanzadas. Tras la quiebra de Lehman Brothers, la Reserva Federal emergió como una suerte de superministerio económico, y a finales de ese mismo año ya había invertido 1,3 billones de dólares en combatir la crisis.

La respuesta del Banco Central Europeo se hizo esperar ante la resistencia de Alemania y otros Estados miembros ros estados miembros del norte, pero en el 2015 se unió a la fiesta. En conjunto, los cuatro grandes bancos centrales del mundo (sumados los de Inglaterra y Japón) inyectaron cerca de 13 billones de dólares en sus economías en el decenio posterior a la crisis financiera.

La tormenta generada por el nuevo coronavirus los ha envalentonado más todavía. Y están dispuestos a hacer lo que sea necesario, como diría Mario Draghi.

Pero, la pandemia ha demostrado que no son los únicos que pueden crear dinero de la nada; los ministerios de Finanzas también pueden hacer magia. Si los legisladores lo autorizan y cuentan con el respaldo de los bancos centrales, los Tesoros nacionales pueden endeudarse y gastar sin límite, burlando las leyes de la gravedad económica.

La clave de este nuevo poder radica en la extraña desaparición de la inflación. Desde la crisis del 2008, los precios en las economías avanzadas han aumentado menos del objetivo deseado de alrededor del 2% anual. Como resultado, uno de los principales riesgos del déficit presupuestario ha desaparecido, al menos por el momento. En el mundo anterior al 2008, los Gobiernos que gastaban más de lo que recaudaba creaban un riesgo de inflación, lo que a menudo obligaba a los bancos centrales a elevar los tipos de interés: por lo tanto, como estímulo, los déficits presupuestarios se consideraban contraproducentes. Pero en el mundo posterior al 2008, con una inflación inactiva, las autoridades presupuestarias pueden generar déficits sin miedo a que los bancos centrales los contrarresten.

Los Gobiernos están reduciendo los impuestos y aumentando el gasto, financiando los déficits resultantes mediante la emisión de bonos. Luego, los bancos centrales compran esos bonos a los inversores. Debido a estas adquisiciones, el interés que los Gobiernos deben pagar para pedir dinero prestado disminuye.

Con todo, la era del dinero entraña un serio peligro. Los shocks del 2008 y del 2020 han desatado el poder adquisitivo de los Gobiernos de los países ricos, particularmente el de EE.UU. Han hecho posible imaginar inversiones públicas que podrían acelerar el crecimiento, suavizar la desigualdad y abordar los desafíos ambientales. Pero una cantidad demasiado grande, aunque sea de algo bueno, podría acabar desencadenando una crisis del dólar que se extendería por todo el mundo.

Los países emergentes, en clara desventaja

A medida que las economías fuertes del mundo se endeudan para combatir los efectos económicos de la pandemia, las frágiles descubren que esta opción está fuera de su alcance. Lejos de aumentar poder aumentar su deuda, se encuentran con dificultades para mantener la que ya tienen. Y eso porque, ante el primer indicio de una crisis, sus acreedores se niegan a renovar los préstamos. Durante los primeros dos meses de la pandemia, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), unos cien mil millones de dólares pusieron pies en polvorosa de los países en desarrollo. El resultado: más de 90 Estados han solicitado asistencia al FMI. En gran parte del mundo en desarrollo, pues, no hay magia, solo austeridad.

Mientras que las principales economías han disfrutado de una ventaja inesperada con el retroceso del interés que han de pagar por los bonos que emiten, algunos países emergentes han visto cómo las rentabilidades que se les exigen para darles crédito se mueven en la dirección opuesta.

Así, entre mediados de febrero y finales de abril, la rentabilidad del bono indonesio a diez años pasó del 6,5 al 8 %. En el caso de Sudáfrica escaló del 9 a más del 12 %, aunque bien es cierto que desde entonces se ha atemperado esa subida.

Más influencia que nunca

En la actualidad, las finanzas tienen una a influencia sobre los países y las personas que nunca antes habían tenido. A pesar de la crisis financiera y la percepción generalizada de que el peso de Estados Unidos en el mundo ha disminuido, casi dos tercios de las reservas de los bancos centrales todavía están compuestas de dólares. En la era del dinero mágico, esta ventaja será potente. En momentos de estrés, EE.UU. atraerá nuevas inversiones, aunque la Fed reduzca los tipos de interés, lo que provocará que el dinero sea abundante y barato. Mientras tanto, otros países serán tratados de manera menos generosa por los mercados. Y algunos serán penalizados con la exigencia de intereses más altos en el momento menos oportuno para ello.

(c)2020 Consejo de Relaciones Exteriores, editor de Foreign Affairs Distribuido por Tribune Content Agency, LLC. Traducción, Lorena Maya

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