La retirada de la globalización

William H. Janeway

ECONOMÍA

María Pedreda

La necesidad de garantizarse los productos esenciales ha acelerado el proceso

06 jul 2020 . Actualizado a las 10:58 h.

La economía mundial ha experimentado dos grandes olas de globalización desde el inicio de la primera Revolución Industrial. La retirada de la segunda de esas olas está hoy en curso. ¿Será una retirada ordenada a posiciones defensivas o una huida, como la retirada de Napoleón de Moscú?

La primera gran ola de globalización tuvo un pico en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Estuvo motivada por tecnologías transformadoras: vías férreas y buques a vapor, telegrafía y telefonía, que redujeron marcadamente la fricción con la que la gente, el capital y la información atravesaban las fronteras nacionales, aunque el proteccionismo de parte de Estados Unidos, Alemania y otros países restringió el movimiento de bienes.

La segunda ola de globalización, que empezó en los años ochenta y aceleró la apertura de China y el colapso del bloque soviético, estuvo impulsada por la tecnología de la información y de las comunicaciones, que nuevamente facilitó el movimiento transnacional de capital, bienes y hasta servicios como nunca antes. Si bien la revolución de la TIC no tuvo una incidencia directa en el movimiento de personas, inauguró una nueva era de externalización y de trabajo a distancia.

Ahora, esta segunda era de globalización parece estar en franca retirada en múltiples frentes. La globalización financiera fue la primera dimensión en ceder, empezando con el colapso de Lehman Brothers en septiembre del 2008. La segunda ruptura, más reciente, es la de las cadenas de suministro integradas transnacionales, que han sido destruidas por la pandemia del covid-19. Las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, y una nueva presión por parte de muchos países para garantizar el acceso a productos y materiales estratégicamente sensibles, ha intensificado este proceso de desintegración.

Otra dimensión de la actual desglobalización involucra a las corporaciones multinacionales. Muchas han hecho valer de manera arrogante su propia autonomía política utilizando tratados comerciales para influir en la política nacional, hasta llegar a invalidarla incluso, con respecto a los mercados laborales, las regulaciones ambientales y los regímenes de propiedad intelectual. También han sacado buena tajada de la movilidad institucional que permiten las tecnologías actuales para desviar ganancias a la jurisdicción con la menor carga tributaria.

Estas tendencias supranacionales han venido encontrando resistencia desde hace más de una década. Incluso antes de la crisis financiera del 2008, Dani Rodrik de la Universidad de Harvard, había advertido que la última fase de «globalización extrema» crea un trilema político. «La democracia, la soberanía nacional y la integración económica global son mutuamente incompatibles», sostuvo. «Podemos combinar dos de las tres, pero nunca tener las tres simultáneamente y en su totalidad». Pero incluso en China, Rusia u otras no-democracias donde parecería que no existe ningún trilema, los Gobiernos que quieren parecer sensibles -al menos superficialmente- ante los ciudadanos persiguen una mayor autonomía nacional para limitar la influencia de los mercados globalmente integrados.

Elija su veneno

De las distintas dimensiones de la globalización, la integración financiera fue la primera en ser cuestionada. La crisis del 2008 dejó al descubierto la fragilidad de los mercados financieros globalizados en los que los actores institucionales —entidades bancarias y bancos paralelos— dependían de algoritmos sofisticados y poder informático puro para generar un apalancamiento aparentemente infinito. Durante un tiempo, esta «ingeniería financiera» hizo crecer de manera sostenible las ganancias y los bonus. Pero con el apalancamiento a niveles tan extremos, hasta una caída modesta en los valores de los activos terminaba siendo desastrosa: un balance apalancado en una proporción de 30 a 1 podía volverse insolvente por una caída del precio de los activos inferior al 4 %.

En ese momento, la búsqueda implacable de «eficiencia» por parte de las instituciones financieras —obtener la mayor ganancia posible de sus bases de capital— generó una falta peligrosa de resiliencia, sembrando el camino para intervenciones sin precedentes de los bancos centrales del mundo (liderados por la Reserva Federal de Estados Unidos) cuando la burbuja finalmente estalló.