¿Una renovación verde?


Como ha destacado recientemente el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, la crisis del covid-19 le brinda a Estados Unidos la posibilidad de «reconstruirse mejor», una vez superada la pandemia. Para muchos observadores, esas palabras suponen una invitación para a empezar a invertir en una economía de bajas emisiones contaminantes. Existe un creciente coro que exige una respuesta al cambio climático que se compara con la ambición y la escala de la movilización por la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, el cómo de una movilización para combatir el cambio climático será tan importante como el qué. El fiasco de A123 nos recuerda otro notable fracaso del paquete de estímulos del 2009: Solyndra, un fabricante de paneles solares que recibió 535 millones de dólares en garantías de préstamos federales de Estados Unidos antes de declararse en quiebra en el 2011.

Sin duda, estos fracasos han sido compensados, en parte, por el éxito de otro beneficiario de los estímulos: Tesla. Pero el daño ya estaba hecho. Lo que vino después no fueron más inversiones y esfuerzos por innovar, sino una tormenta mediática y recriminaciones partidistas por la intervención del Gobierno en la economía. Como resultado de ello, China, y no Estados Unidos, domina hoy la producción global de paneles solares, baterías avanzadas y otras nuevas tecnologías esenciales.

Y lo que es peor, Estados Unidos ha desaprovechado el valor de la práctica de una generación (es decir, aprender haciendo) creando asociaciones público-privadas efectivas en la frontera tecnológica. De hecho, la apropiación por parte de China de este modelo para avanzar en la innovación tecnológica es más relevante desde un punto de vista estratégico que su éxito a la hora de robar diversos elementos de propiedad intelectual.

Vale la pena recordar que todos los componentes de la revolución digital se fabricaban en Estados Unidos, porque la mayoría de la I+D relevante tenía lugar en los laboratorios norteamericanos financiados por el Gobierno de Estados Unidos. Pero igual de importante era el hecho de que varias agencias de Estados Unidos, particularmente dentro del Departamento de Defensa, funcionaban como los clientes iniciales de la industria mucho antes de que sus productos se hubieran vuelto comercialmente viables.

En otras palabras, Silicon Valley tenía lo que A123 y Solyndra no tuvieron: un cliente motivado por una misión más amplia y de largo plazo, en lugar de retornos de corto plazo. Sin un restablecimiento de la intervención estatal en el lado de la demanda para respaldar la innovación, Estados Unidos no tendrá ninguna oportunidad de liderar al mundo en la respuesta al cambio climático.

Cambio de lugar

No es accidental que la era de extrema globalización económica y financiera que comenzó a fines del siglo XX coincidiera con una deslegitimación radical del Estado como actor económico. El primer discurso del presidente de Estados Unidos Ronald Reagan, en 1981, brindó el eslogan que definiría toda la era: «El Gobierno no es la solución de nuestro problema, el Gobierno es el problema».

Cuando Reagan (y Margaret Thatcher) redujeron el papel del Estado, las multinacionales pasaron a ocupar ese vacío. De ahí en adelante, se empoderaron cada vez más para defender sus propios intereses a través de la política pública, tanto exterior como doméstica.

Al rastrear las implicaciones de estos acontecimientos en el 2018, Rodrik escribe que «en tanto los acuerdos comerciales evolucionaron y fueron más allá de los aranceles y las cuotas de importación hacia reglas regulatorias y armonización —propiedad intelectual, reglas de salud y seguridad, estándares laborales, medidas de inversión, procedimientos de resolución de disputas entre inversores y el Estado y demás—, se ha vuelto más difícil ubicarlos en la teoría económica recibida». Como resultado de ello, «en lugar de neutralizar a los proteccionistas, los acuerdos comerciales pueden empoderar a un conjunto diferente de intereses rentistas y empresas políticamente bien conectada».

En el contexto actual de renovada asertividad nacional, es razonable esperar una mayor sensibilidad y resistencia a los esfuerzos por perseguir esa búsqueda de renta bajo la pancarta del libre comercio.

Una dimensión final de la desglobalización involucra el arbitraje fiscal transfronterizo por parte de las multinacionales, principalmente los gigantes tecnológicos Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft. El hecho de que los responsables de una corporación puedan arbitrariamente trasladar las ganancias a jurisdicciones con una carga impositiva baja desde los lugares donde en realidad son generadas es una de las consecuencias más perversas de la revolución digital. No es extraño que la reacción política contra esta práctica ya esté en pleno apogeo, aunque no en Estados Unidos, donde más falta hace.

En los últimos años, tanto el Fondo Monetario Internacional como la OCDE han movilizado amplias coaliciones de actores nacionales para crear un nuevo marco fiscal internacional para gravar los beneficios de las multinacionales. Y en relación a las grandes tecnológicas específicamente, el Gobierno francés ha liderado el camino con la propuesta de un impuesto a los servicios digitales, bajo el acrónimo de GAFA (en referencia a Google, Apple, Facebook y Amazon). Estos esfuerzos bien pueden resultar en un tipo diferente de globalización, en donde acuerdos intergubernamentales fijen impuestos mínimos en base a la cantidad de ingresos —no ganancias— registrados en diferentes jurisdicciones.

Un último intento

En la retirada de la primera gran ola de globalización económica, dos guerras mundiales enmarcaron un período de hiperinflación y depresión económica. Mientras la segunda era de globalización se desinfla, debemos esperar un desenlace menos destructivo en tanto los Gobiernos lidian con las tensiones inherentes en el trilema de Rodrik. La presión para gravar a las multinacionales y —no nos olvidemos— para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero según el acuerdo de París pueden generar un equilibrio suficientemente estable para un mundo multipolar.

Pero, por supuesto, mucho dependerá de lo que suceda en Estados Unidos, que actualmente está sumido en una situación de agitación y disfunción bajo un liderazgo tristemente incompetente y completamente incoherente. El nacionalismo impulsivo del presidente norteamericano, Donald Trump, está íntimamente alineado con la desglobalización en términos más generales, y da la sensación de que su manera de tratar a amigos y enemigos por igual hará que este proceso resulte más polémico y tumultuoso.

Como escribo en la segunda edición de mi libro Doing Capitalism in the Innovation Economy, revisado para la era Trump, «ya es posible imaginar que, en retrospectiva, el legado más duradero de esta Administración habrá sido su contribución a acelerar el avance de China hacia el liderazgo global».

No es difícil encontrar evidencias de esto. Por ejemplo, las medidas unilaterales para prohibirle a Huawei, el líder global en equipos de telecomunicaciones, el acceso a tecnología estadounidense seguramente aceleren las inversiones ya masivas de China para conquistar las fronteras del diseño y la producción en todo el espectro de tecnologías estratégicas, desde almacenamiento de energía hasta aprendizaje automático. Sin embargo, estas iniciativas estadounidenses no van de la mano de algún programa comparable y positivo de inversión en la construcción de una economía norteamericana del siglo XXI. Para esos programas, como para muchas otras cosas, Estados Unidos y el mundo dependen del resultado de la elección presidencial del 2020, un punto de decisión tan estratégico como cualquier otro en las tres generaciones desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

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