«Pediré el ingreso ese, no quiero lujos, solo ir al súper y comprar verdura»

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

ECONOMÍA

Silvino vive con su madre, un hijo mayor de edad y una hermana
Silvino vive con su madre, un hijo mayor de edad y una hermana Ramón Leiro

Con 57 años, Sivino sobrevive gracias a la pensión de su madre, de la que dependen también su hijo y una hermana

30 may 2020 . Actualizado a las 13:32 h.

Silvino, con 57 años y algunas arrugas en el alma, camina despacio hacia la sede de la Xunta en Pontevedra. Lleva papeleo bajo el brazo. Y va con la ilusión de siempre: de que en algún rincón perdido del sistema aparezca una oportunidad para él, que lleva tiempo con cero ingresos. Siempre batalla con la burocracia, con el «en esta ayuda no entras», con el no permanente. Está más que enterado de la aprobación del ingreso mínimo vital. Y a esa puerta también tocará: «A ver si me dan el ingreso ese, no pido lujos, solo ir al súper y comprar verdura. Los macarrones, que son más accesibles en las casas donde el dinero anda justo o que es lo que más consigues que te den, a veces te salen por las orejas. En nuestra casa, la gran fiesta es el día que se puede comer un jamón asado o un embutido. Ese es el gran lujo».

A Silvino la vida se le fue poniendo en contra poco a poco. Recuerda que con veinte años trabajó recabando información por las zonas rurales para el catastro. También ayudó en un negocio de carpintería familiar y tuvo otros empleos. El problema es que muy pocas veces lo hizo con todas las de la ley: «En total, a los 57 años, tendré diez cotizados. Trabajé mucho en negro, eso es lo peor», señala.

«En total, a los 57 años, tendré diez cotizados. Trabajé mucho en negro, eso es lo peor»

Llegó a ser también taxista en la ciudad de Pontevedra pero, por circunstancias de la vida, acabó perdiendo esa vía de ganarse el pan. Su último trabajo, hace ya años, fue en Tragsa, en los montes. A partir de ahí, con los 50 años ya cumplidos, todo se le hizo cuesta arriba. Y no volvió a topar trabajo. ¿Cómo subsiste? «De milagro», dice él. Vive con su madre, con un hijo mayor de edad y con una hermana. «Pero el único ingreso que entra es la pensión de mi madre, que es de algo más de 600 euros. Y 350 se nos van en pagar el alquiler», indica. Su padre, que vive en un municipio cercano, a veces ayuda llevándoles comida. La historia de Silvino la conocen en entidades benéficas como Boa Vida, formada por personas en exclusión social. Allí creen que merece el ingreso mínimo porque «é a típica persoa que queda sen axudas, para que non hai emprego... parece invisible para o sistema».