Nadie quiere las cabinas telefónicas

Desierto, otra vez, el concurso para prestar el servicio universal, que seguirá en manos de Telefónica


redacción / la voz

Iconos de otra época, protagonistas incluso de uno de los hitos del cine de terror patrio, las escasas 15.500 cabinas telefónicas que pueblan aún las calles del país (no llegan al millar las que hay en Galicia) caminan inexorablemente hacia la extinción. Prácticamente nadie las usa. Y tampoco nadie las quiere. Ninguna operadora de telecomunicaciones quiere hacerse cargo de ellas. Es lo que refleja el Boletín Oficial del Estado de ayer, donde se declara -otra vez- desierto el concurso para prestar el servicio universal de telecomunicaciones. Ese que, además del mantenimiento de las cabinas, garantiza el acceso a la red telefónica pública fija desde cualquier ubicación geográfica a una velocidad de conexión de al menos 1 megabit por segundo (Mbps), entre otros servicios mínimos.

En manos de Telefónica

Y como no hay voluntarios, seguirá siendo Telefónica la que tenga que prestarlo, mal que le pese. La operadora lleva toda la vida encargándose de ello y lo lógico es que el Gobierno lo deje en sus manos. Así que no le quedará otra que seguir cumpliendo esa misión. El servicio le cuesta a la compañía 4,5 millones de euros al año, y tendrá que continuar prestándose a pesar de que la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia publicó hace dos meses un informe, elaborado a petición de la Secretaría de Estado para el Avance Digital (SEAD), en el que recomendaba suprimir las cabinas como parte del servicio universal. Entre otras cosas, porque cada vez hay más en desuso y porque la gran mayoría de ellas no son rentables, De las 15.500 cabinas que hay repartidas por todo el país, 12.000 provocan pérdidas. La mitad de ellas no realizó ni una sola llamada en el 2018. Cifras estas que contrastan, y mucho, con las que se manejaban hace 20 años. En 1999, año en el que más cabinas llegaron a estar operativas, había 55.000. Pero llegaron los móviles. Y comenzó el declive.

Aun así, Telefónica está obligada a ofrecer una cabina en cada municipio de más de 1.000 habitantes, y a añadir una más por cada 3.000 habitantes más que haya.

En cualquier caso, y aunque la compañía que pilota José María Álvarez-Pallete presta tradicionalmente el servicio universal de telecomunicaciones, todas las operadoras con ingresos por encima de los 100 millones de euros pagan proporcionalmente su coste.

¿Último año de vida?

Con todo, puede que el 2020 sea el último de la vida de esas cabinas, símbolos en su día de la modernidad de un país que ya nos las necesita. Cuando el Gobierno decrete al fin su muerte, correrán distintas suertes. La mayoría acabarán desguazadas. Alguna, más afortunada, puede que termine en un museo para recuerdo de muchos e incredulidad de no menos. Y las más venturosas conseguirán seguir en activo, pero reconvertidas en antenas para mejorar la cobertura móvil.

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