El ingeniero gallego que vio crecer, hundirse y resucitar Silicon Valley

Desde que aterrizara en California en 1996, Juan Carlos Sánchez Agrelo ha vivido la eclosión de un valle que, si fuese un país, sería el segundo más rico del planeta


Redacción / La Voz

Cuando Juan Carlos Sánchez Agrelo (Carballo, 1971) aterrizó en California en 1996, Facebook no era siquiera una idea en la cabeza de Mark Zuckerberg, Sergey Brin y Larry Page rumiaban en la Universidad de Stanford cómo dar forma a ese motor de búsqueda que tiempo después bautizarían como Google y Pierre Omidyar se afanaba en proyectar un bazar online llamado eBay que había puesto en marcha un año antes. Cuando este brillante ingeniero de telecomunicaciones gallego llegó a Los Ángeles como becado para estudiar un máster, Silicon Valley vivía sumido en una suerte de entropía, una etapa de ebullición y desorden que acabaría por estallar con el cambio de milenio. Aquello pasó a la posteridad como la burbuja de las puntocom. «Cuando me fui a la bahía de San Francisco fueron los dos últimos años del bum; una locura. Las empresas pensaban que nunca se iba a acabar, que cada semana iba a ser una fiesta... Había gente que en lugar de ir a trabajar se dedicaba a ver cuándo se hacía pública la OPV de una determinada startup para invertir, pero aquello explotó porque tenía que ocurrir y hubo una especie de drenaje», relata.

Sánchez Agrelo ha sido mucho más que un espectador privilegiado de la transformación de la bahía de Oakland en la meca de la economía mundial, en el centro neurálgico de la revolución tecnológica actual. En realidad, ha sido uno de los miles de ingenieros, físicos y matemáticos que han protagonizado el cambio. Un vasto contingente de talento internacional que, proyectados por un ecosistema enfocado en la creación de riqueza, ha convertido este valle en lo que es hoy: la segunda economía del planeta. Y es que si fuera un país, sería el segundo más rico del mundo después de Qatar, con un PIB per cápita anual de 128.647 dólares.

Cuenta este ingeniero de Cisco Systems que Silicon Valley se ha erigido en lo que es por una conjunción de factores alineados en una única dirección: una concentración de riqueza y empresas tecnológicas de éxito sin parangón, conocimiento que se retroalimenta, talento por arrobas y al alcance de la mano, una exacerbada cultura del emprendimiento, inversores ávidos de sacar la chequera para financiar buenas ideas, un entorno legal muy favorable... «Allí ?explica? hay dos universidades, Berkeley y Stanford, muy importantes que son la cuna de estas empresas: Cisco fue creada por dos estudiantes de Stanford, Google también... No solo la gente que trabaja en la industria alimenta este tejido, sino también los estudiantes que salen de las universidades, muchas veces en asociación con los mismos profesores, que no tienen la limitación de enseñar únicamente. Hay un ecosistema pensado para crear riqueza, una cultura preparada para afrontar riesgos y mucha gente dispuesta a arriesgar su dinero para apoyar».

A las puertas de Stanford, continúa, se concentran buena parte de los venture capital más importantes del mundo, con lo que los estudiantes tienen al alcance de la mano la posibilidad de conseguir financiación para hacer realidad sus sueños. La guinda que completa este círculo virtuoso es una tolerancia al fracaso que marca la diferencia respecto de una cultura empresarial como la española, por ejemplo. «En tu currículo no figura como una penalización el que lo hayas intentado y no haya salido bien. Igual si toda tu carrera es así puede haber un patrón, pero se mira más allá: qué es lo que hiciste bien, qué es lo que falló...»

Esa ebullición que vive el valle genera un volumen de oportunidades que permite a los profesionales del universo tecnológico reformular sus carreras con una velocidad endiablada. «Aquí la gente cambia mucho de trabajo, de dos a cuatro años normalmente porque suele haber muchas oportunidades». Sánchez Agrelo es, sin embargo, una rara avis en la bahía de Oakland. Lleva 20 años en la misma empresa, Cisco Systems, uno de los grandes conglomerados tecnológicos mundiales, con unas ventas anuales próximas a los 50.000 millones de dólares. «Soy un caso atípico por allí porque nunca he aceptado otras ofertas; contactan desde Linkedin, reclutadores, pero por ahora no las he tenido en consideración», admite.

El factor familia

¿Las causas? «Pues una combinación de circunstancias profesionales y personales, en algún momento la necesidad de conciliar y enfocarnos en los críos, otras que estaba en proyectos muy interesantes en Cisco...», argumenta. El ingeniero de Carballo ha pasado por buena parte de los departamentos estratégicos de la compañía en estos dos decenios hasta convertirse en lo que en la compañía se conoce como «líder técnico» de uno de los grupos de desarrollo. «Básicamente, lo que hacemos es proveer de consultoría a todos los ingenieros del grupo».

Como a todo buen gallego, la idea de volver al terruño le ha rondado la cabeza en varias ocasiones, pero cada año que pasa esta posibilidad está seguramente un poco más lejos que el anterior. «El proyecto de retorno está más complicado; nunca cierras la puerta del todo, pero logísticamente todo es más difícil». Entretanto, seguirá siendo uno de esos protagonistas anónimos de ese milagro llamado Silicon Valley.

Una solvente competencia técnica, un abismo en la cultura empresarial

La carrera profesional de Juan Carlos Sánchez Agrelo es anómala por su fidelidad a Cisco, pero su historia es la de tantos ingenieros españoles. «Me fui para un año... Y ya llevo más de 20». En Silicon Valley conoció a su mujer («que por supuesto es de Celeiro» [risas]), una química con la que ha formado una familia y con la que tiene dos pequeños. Sobre la posibilidad de replicar a pequeña escala en Galicia un ecosistema como el de la bahía de San Francisco, insiste en que la competencia de los ingenieros gallegos y españoles está fuera de discusión («no hay un problema de formación para nada»), pero sí visualiza una sensible distancia en materia de cultura empresarial, de mentalidad o disposición al riesgo y al fracaso. «Son muchos elementos, si fuera tan fácil copiar el modelo...»

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